Indicios: una voz que espera la muerte

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Indicios (2015) es el último poemario de Julio Pazos Barrera (Baños, 1944). A los 72 años, el autor escribe versos en los cuales reflexiona sobre la vejez y la muerte; latentes y sugeridas quedan las consecuencias de lo que conlleva el final del poeta. Julio Pazos Barrera es uno de los más importantes poetas ecuatorianos. Su trayectoria incluye galardones de la talla del Primer Premio de Poesía de la Fundación Conrado Blanco de Madrid (1973), el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit (1979), el Premio Casa de las Américas (Cuba, 1988), el Premio Único de Poesía Jorge Carrera Andrade (1988), las distinciones Juan León Mera y Juan Montalvo de la Ilustre Municipalidad de Ambato, entre otros.

Desde sus comienzos en la poesía, con Ocupaciones del buscador (1971), Pazos ha incursionado en el tema de la muerte. Indicios no es la excepción. Es, precisamente, ese testimonio último: la lucha contra el tiempo y el final de la vida; como si el poemario mismo estuviera conformado por versos rescatados de la tumba y la pérdida, rescatados del olvido. El primer recuerdo que tengo de Julio es como un profesor apasionado y erudito, entregado a la cátedra. Dictaba la materia de Apreciación del Arte en primer semestre.

Esta cercanía con las artes plásticas se puede rastrear en varios de sus textos poéticos: Oficios (1984) y Mujeres (1988), por mencionar poemarios completos, pero también en algunos poemas de Indicios o Levantamiento del país con textos libres (1982). Otro recuerdo de la Facultad de Letras es cuando, para la clase de Lírica, había que aprender y recitar de memoria tres poemas: de Vallejo, Machado y Medardo Ángel Silva. Así sembraba la poesía en los que estaban atentos. Indicio es lo que no se manifiesta completamente; el secreto guardado. Entre las estrofas del poemario se percibe un silencio enigmático y sugerente como tiene que ser la buena poesía.

La primera sección del libro, ‘Hendeduras’, muestra la espera resignada de la muerte por parte de la voz poética, un final que no llega, pero se lo siente cercano. La voz parece ser la misma en todo el poemario, como si se tratara de un personaje narrativo, el poeta “pasado de moda” que no deja de escribir y repite como ejercicio automático lo que hizo durante toda su vida. Algunos de estos versos exponen el descontento de la voz con ese rumbo repetitivo, sin innovación, estancado en el pasado, en la gloria antigua. A pesar de ello, el poeta no desfallece, convencido de la (in)utilidad de su oficio: “Se compara con el titán que sube la piedra sin finalidad”; la piedra es la poesía.

En el poema ‘Sin ahorros’, Pazos menciona, como un llamado de atención a sí mismo, lo siguiente: “Por qué te aferras a esas oscuras comparaciones”, una pregunta que no tiene respuesta más allá del sinsentido que obliga al artista a apostarlo todo sin certeza de ganancia. La voz poética espera la muerte (la sentencia) con valor, pero sin desechar totalmente la preocupación. El yo recoge sus pasos en galerías y escenarios, en sombras de álamos y torres y repite las palabras que tanto le asustan, que tanto le conmueven. La espera es “mirar el tono durazno del cielo”, especie de solaz temerosa y resignada, como ese Borges que confiesa: “¡Qué bien se ve la tarde/ desde el fácil sosiego de los bancos!”. La vejez y la muerte invaden el poemario. Para el escritor Carlos Aulestia, estudioso de la poesía de Pazos (y otro alumno de sus alumnos), son dos las líneas que este ha trazado en su poética: los recuerdos y las visiones; caminos incursionados, también, en su último poemario. La voz se pregunta si sus descendientes seguirán el mismo sendero absurdo, “sin dinero”, emprendido contra todo.

El trabajo y cuidado de las palabras interesa a pocos; estas son el instrumento del poeta, su más valioso tesoro:

Un día llegarán sus imágenes certeras y plenas,

pero se hundirán en el lago espeso del silencio.

El mundo está lleno de poesía, sin embargo requiere de la visión particular del poeta y de su trabajo con el lenguaje para que pueda existir el testimonio.  Al final, la voz poética aparece como un pegaso muerto e inservible.

Dicen que cuando uno muere mira toda su vida en un segundo. No solo la suya, sino la de sus familiares en un tiempo detenido e infinito. En eso consiste el resto del poemario de Pazos, en el que se muestran obsesiones y placeres de esta voz muerta. “Como si se tratara de una exposición de impresiones poéticas”, menciona Aulestia sobre los poemarios anteriores a Indicios. Una especie de caos y remembranza, poemas colectivos de imágenes, inquietudes y recuerdos que vienen desde el más allá.

Después de tantos siglos, en otro lugar y sin pretensiones filosóficas,

exponemos una lista de placeres:

torta de harina de ocas que no empalaga,

frescura de adolescentes maquilladas,

arroz con gallareta que insinúa fiestas sin pensamiento y con solo el torbellino de cabelleras,

blusas azules y requiebros.

Todo confluye como un “Pacto” del universo, las letras, los cangrejos, las jirafas, la cocina y la pintura, la poesía y la muerte del poeta.

En ‘Nubes de oro’, la poesía continúa siendo una lucha contra el olvido:

Leemos el mapa de sueños en largas sesiones.

La tinta de sus signos se desvanece y renovarlos es el motivo de existir.

El poeta (o la voz) necesita más tiempo, pues con su muerte se irán todos sus versos potenciales.

Publicado en El Telégrafo

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