América Latina recuerda a Jorge Luis Borges

El engaño circular

Por Marcos Daniel Aguilar

Borges fue un gaucho que vivió en el siglo XIX en una quinta a la orilla del Río de la Plata y que murió al recibir una cuchillada por parte del hijo de un hombre a quien había asesinado décadas atrás. También se tienen registros de que un hombre con el mismo apellido fue un filósofo lusitano que viajó a Islandia para estudiar la poesía nórdica –los kenningars- y que en algún instante de 1778 se perdió en el bosque y nunca más se le volvió a ver. Lo que sí es seguro es que un descendiente de alguno de estos hombres nació el 24 de agosto de 1899 en la ciudad de Buenos Aires, y que se dedicó, por más de 80 años, a reescribir las historias de sus antepasados, su nombre era Jorge Luis Borges.

En su juventud, e inspirado por los movimientos artísticos que estaban surgiendo a principio del siglo XX, Borges cultivó la poesía de la vanguardia ultraísta, del verso corto y directo, y el poema de corte nacionalista que intentó reivindicar figuras míticas de la identidad argentina como el criollo citadino y el gaucho campirano.

Durante la década de 1920 entre lecturas de Stevenson, Dumas y El Quijote, conoce a Macedonio Fernández, autor de cuentos que rayan entre la realidad y la fantasía desbordada. Algunos estudiosos, hoy en día, aún se preguntan si Macedonio existió o si fue un producto de la imaginación del joven Borges. Desde temprana edad este escritor se interesó con fervor por los temas fundacionales de su país, quiere entenderlos y reinterpretarlos, se apropia en sus primeros ensayos de la figura del cuchillero, del gaucho, del compadrito porteño a la par que habla en sus primeros libros en prosa, como Inquisiciones, de temas tan diversos y fuera de tiempo como la obra de Quevedo.

Jorge Luis fue forjando su carrera literaria en polos tan dispares conforme fue acrecentando su biblioteca, la cual, es una guía de ruta para entender su obra, pues ésta comenzó a albergar Las mil y una noches y el Martín Fierro de José Hernández, los tratados de filosofía de Schopenhauer, así como los tomos de Evaristo Carriego o Estanislao del Campo. Para Borges cada libro era un universo que en las puntas se conectaban con otro universo en el que el lector podía transitar a través de su imaginación.

Al terminar su etapa ultraísta, que dejó plasmada en revistas como Ultra y Proa, y tras fundar sus propias publicaciones -algunas sin pena o gloria como lo fue Prisma- el escritor argentino inició un momento de autoexploración. ¿Qué ocurrió en Borges?, ¿habrá madurado?, ¿viajado?, ¿tal vez devorado bibliotecas? Ésta última no es una idea descabellada. Se aleja poco a poco de la escritura de tono personal, emocional, para acercarse a la escritura reflexiva; los ensayos se fueron convirtiendo en su arma fundamental para dejar un tanto relegada a la poesía.

Hacia 1930 con El idioma de los argentinos, Cuaderno San Martí, Evaristo Carriego o Discusiones, piensa que la vida es una reescritura constante, por lo que casi nada ocurre por creación espontánea. La racionalidad, antes que la exaltación, había encontrado en la mente de Borges el mejor lugar habitable.

De pronto se puede ver al poeta que camina de prisa por calles francesas, españolas e italianas; después se observa al ensayista que con paso lento, mesurado, recorre una avenida de Buenos Aires y al dar la vuelta se encuentra en un jardín laberíntico en Londres. Borges está parado y no mira hacia un lugar en específico, parece que está observando para todas partes. Justo en ese momento se da cuenta que la historia de la humanidad es sólo una reinterpretación circular de actos que pasaron hace dos mil años o que pasarán en otros nueve mil.

El escritor sabe que no es un escritor, que sólo es un lector que engaña, que funge como escribano para describir la gran coartada que significa la vida; Jorge Luis encuentra en la lectura su mejor forma de diversión, su voz poética. Puesto que todo está dicho y no hay nada nuevo por inventar -estudia con cuidado los seres fantásticos de las mitologías y se da cuenta que sólo son burdas adaptaciones de seres previamente creados, así el minotauro, así Quetzalcóatl- en 1935 publica Historia universal de la infamia, libro en el que vacía y confunde sus ideas con breves historias de Las noches árabes, de los libros de Mark Twain, de Ricardo Güiraldes, de la Biblia y el Corán. ¿Qué son estos escritos? Son reseñas, ensayos, casi son cuentos.

Su biografía afirma que antes de llegar el año 1940 Borges recibe un duro golpe en la cabeza. Al borde de la muerte, decide que se atreverá a escribir algo que nunca quiso: una historia propia. En la revista Sur –fundada por él mismo, al lado de Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo, Waldo Frank y José Ortega y Gasset- aparece su cuento “Tlôn, Uqbar, Orbis Tertius” (después publicado en el libro Ficciones, 1944), y en él se sumerge a sus profundas obsesiones. Tlón, Uqbar… no sólo es un planeta, sino un universo completo, con sus propias filosofías, idiomas, religiones y literaturas; un universo extraño, diferente a éste, y sin embargo conserva un parentesco al mundo en el que habita la humanidad. Borges lleva al lector de la mano a recorrer espacios, a viajar por el tiempo, pero de regreso a casa, el lector cae en la trampa del argentino y se da cuenta que aquel universo ficticio es el mismo y único que el hombre ha conocido desde el principio de su existencia. Al ver la reacción del lector, Jorge Luis Borges ríe.

Entonces, el autor nunca sale de la realidad, de esa razón que explica el engranaje de la vida; simplemente la amplía, acciona su creatividad para mover realidades enteras hacia otro plano; descontextualiza; mueve el tiempo como pieza de ajedrez para crear la pantalla de nuevos universos, por lo que la muerte, el amor y la estética sólo son elementos interesantes a comparación de lo verdadera y eficazmente importante. Este mecanismo falso de ficción, sin sentimientos de por medio, lo sintetiza en otros escritos como El libro de arena, Historia de la eternidad, El hacedor, El Aleph.

Jorge Luis se encuentra sentado en la biblioteca municipal que dirige. Sobre su escritorio sabe que tiene las puertas para entrar a misteriosos planetas; por un lado sostiene un caleidoscopio: es el aleph; por el otro una enciclopedia británica: la Biblioteca de Babel que contiene el catálogo de catálogos. Esta actitud contundente, y a la vez abierta, ante la vida provocó que Borges se convirtiera en un tipo conservador, es decir, de costumbres estables, por lo que su conocimiento sobre política o fútbol no fue actualizado. Por ello en alguna ocasión recibió un galardón de manos de Augusto Pinochet; por ello tal vez la academia sueca le negó el Nobel de literatura.

Aunque, probablemente, el autor de Fervor de Buenos Aires no buscaba actualizarse, sino lo contrario, buscaba que el resto de la humanidad lo hiciera a través de sus escritos, realizados a base de otros escritos. Tal vez éste sea sólo el recuerdo de un instante narrado por Borges, ya que Borges es todos los escritores de la historia del hombre encontrados en este inconmensurable viejo que poco a poco cerró los ojos.

Borges, dice un papiro hallado en el desierto africano, murió un 14 de junio de 1986.

Publicado por Agencia N22

 

Jorge Luis Borges se despide

Por Leonardo Valencia

Aunque murió hace treinta años –justo hoy, 14 de junio, se conmemora–, todavía estamos muy cerca de Borges. No sabemos cómo librarnos de él. No todavía. Y muchas veces dudo si es necesario librarnos de Borges, porque es imposible escribir como él, pero sí es posible seguir aprendiendo de él. El último gran borgiano fue Roberto Bolaño. No escribía como él, pero lo leyó mucho. Tanto que dejó constancia en un texto, Borges y Paracelso, un resumen narrado del cuento de Borges, La rosa de Paracelso. Y digo resumen y narrado porque traslada tal cual el cuento, solo que con la prosodia veloz de Bolaño, que comprime los diálogos en discurso indirecto. El tema es el mismo. La música, diferente.

La rosa de Paracelso es un cuento sobre el aprendizaje de la magia. Johannes Griesbach, un pretendiente a convertirse en su discípulo, le plantea a Paracelso que para seguirlo haga un truco de magia, que una rosa se convierta en cenizas y luego, de ellas, la haga resurgir. Paracelso duda de la honestidad del discípulo, tanto como este duda de su fama. Si no, no le pediría una prueba. Finalmente, queman la rosa y Paracelso no la hace resurgir, no hasta que el discípulo se marcha. ¿Por qué decide no mostrarle a Griesbach sus poderes? Quizá este no debió exigirle una demostración, sino escucharlo durante un tiempo y aprender. Eso sugiere Monterroso en su cuento Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges. Es maléfico seguir demasiado a Borges, dice Monterroso, tanto como pasar de largo de él. Hay que seguirlo un tiempo para ver lo que hace, espiarlo en alguna fisura, quizá porque espiar es una manera de leer intensamente.

Me explico con un rodeo. En el capítulo veinticinco del Doctor Faustus de Thomas Mann, donde el protagonista de la novela, el músico alemán Adrian Leverkühn, habla con el demonio, este hace una serie de reflexiones sobre la inspiración. Hablan sobre el tema porque el pacto fáustico de Leverkühn tiene que ver con la concesión de creatividad a cambio de su alma. El demonio le dice que solo él puede ofrecer una inspiración arrebatada, que no necesita corrección, mientras que toda creación humana siempre será perfectible. El demonio recuerda las interminables correcciones de Beethoven en sus partituras, junto a las que ponía “mejor”. Lo que dice el demonio es una cita literal de un fragmento de Nieztsche en Humano, demasiado humano. Nietzsche también descreía de la inspiración. El contexto de la escena de Mann tiene una fecha: 1912. Las vanguardias empiezan precisamente su avanzada guerrera. Son los años de Picasso y el cubismo, del Cuadrado negro de Malevich, de Duchamp abriendo el abismado campo de las instalaciones artísticas y performances, de las que hoy es más difícil salir que de los recintos borgeanos. Las vanguardias crearon con arrebato, endemoniadamente podríamos decir, y Mann señala la frontera del momento, donde más que la corrección se busca el salto permanente. Extraña coincidencia: Joseph Beuys, el gran creador de acciones artísticas, también murió en 1986.

Borges es un autor de la corrección. En algún momento mencioné el cambio que hizo de un adjetivo en un cuento suyo, El atroz redentor Lazarus Morell, que en la primera edición no era “atroz” sino “espantoso”. Por esa vía lo sigo leyendo. Solamente mencionaré una oración de su cuento El Sur, que Borges consideraba el mejor que había escrito. El protagonista, Juan Dahlmann, entusiasmado por haber encontrado un ejemplar de Las mil y una noches, de Weil, sube apresurado una escalera para ir a leer el libro y se da un golpe en la frente. La anécdota es biográfica. Borges también se dio un golpe que fue causante de su ceguera. Dahlmann no se da cuenta hasta que se cruza con una mujer que lo ve espantada. La primera versión del manuscrito decía de Dahlmann: “Y se pasó la mano por la frente y la sacó roja y pegajosa de sangre”.

Pero la versión corregida dice:

“Y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre”.

¿Cuáles son los cambios? Borges elimina dos conjunciones. Para la concisión del cuento, en efecto, hay un exceso de “y” griegas. Reemplaza el verbo “sacar” por “salir”, que es más suave, y porque pasar la mano por la frente no implica tener que sacarla. Y finalmente elimina el adjetivo “pegajosa”, quizá por demasiado física, porque trasladaría con demasiada intensidad al lector a alguna experiencia desagradable con el tacto de la propia sangre. El cuento se habría detenido en la sensación más de lo adecuado para lo que venía a continuación, explicar que “la arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida” (hay más correcciones: en el original no se dice que el batiente estaba “recién pintado” y en vez de decir “le había hecho” decía “le había ocasionado”). La versión final es modulada, fluida, se lee de un solo aliento ascendente: “Y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre”.

Por supuesto, Borges es mucho más que correcciones de este tipo. Pero quizá aquí encontremos la manera para salir de Borges, para despedirnos de él con una suave admiración y gratitud: leerlo, leerlo en detalle, no remitirnos solo a sus temas y mitologías, a sus provocadores juegos metafísicos y laberínticos, escuchar mejor la libertad con la que escribía, fuera de patrias u obligaciones. Sobre todo escuchar esa música verbal que sabe corregir a su manera. Luego de frecuentarlo un tiempo, no todo el tiempo, como dice Monterroso, cuando entendamos que las palabras piden ser corregidas no hasta la perfección, que no existe, sino hasta nuestro propio ritmo interno, Borges quedará atrás, despidiendo a discípulos que acaso entendieron que la magia de la escritura es, mal que le pese a la prisa de nuestro tiempo, una forma de la paciencia y una música secreta. (O)

Es maléfico seguir demasiado a Borges, dice Monterroso, tanto como pasar de largo de él. Hay que seguirlo un tiempo para ver lo que hace, espiarlo en alguna fisura, quizá porque espiar es una manera de leer intensamente.

Publicado en El Universo

El sueño que Borges dejó en Colombia

Por Juan Camilo Rincón*

En 1960 Jorge Luis Borges era ya uno de los escritores más reconocidos de América; para entonces había publicado dos grandes obras, El Aleph yFicciones, y nacía El Hacedor, fundamento del pensamiento borgiano. Entonces recibió una carta del escritor nortesantandereano Jorge Gaitán Durán -fundador y director de la revista Mito-, quien le pedía hacer parte de su revista y, de paso, visitar nuestro país.

Tras recibir una respuesta afirmativa por parte de Borges, se hizo una edición especial sobre el autor para noviembre de 1961, números 39 y 40. En la introducción, una carta del escritor argentino del 10 de mayo, dirigida a Gaitán Durán, y una página del manuscrito de Historia de la eternidad, en la que fue reconocido como parte del comité patrocinador. También fueron publicadas reseñas sobre su obra por parte de grandes pensadores como Rafael Gutiérrez Girardot y Pedro Gómez Valderrama. Esto acercó a Borges a la cultura colombiana y lo motivó a venir.

Visitó Colombia por primera vez en diciembre de 1963. Departió con varios intelectuales, recibió el grado honoris causa otorgado por la Universidad de los Andes, y atendió cordialmente a la prensa nacional. Entre las entrevistas que concedió cabe resaltar la de César Esquivias de El Tiempo, publicada bajo el título “Lo que más admiro de Colombia es que aquí la literatura se toma en serio”, citando a Borges.

Cabe recordar que en 1999 la emisora HJCK hizo una grabación especial para celebrar los cien años del natalicio del escritor, en la que fueron recopilados algunos poemas, una conferencia sobre Leopoldo Lugones y una entrevista grabadas en esta visita. En ellas Borges dijo: «El primer nombre que me llega y he sido censurado por haberlo mencionado, es el nombre de Caro (Miguel Antonio Caro, expresidente de Colombia) y ello bien puede explicarse porque yo conocí la versión española antes del original latino, tanto así que, cuando en 1914 emprendí el estudio del latín, tuve la impresión de estar leyendo una versión latina de una obra suramericana (…) Hay un poeta, o por lo menos hay una composición de un poeta, que siempre ha sido parte de mi vida”. Se refería a José Asunción Silva, recordando el “Nocturno”, uno de los poemas que su madre, Leonor Acevedo de Borges, le declamaba de memoria.

Regresando a 1963, el 14 de diciembre la HJCK inauguró nuevos equipos de transmisión. Para celebrarlo, los dueños de la emisora, Álvaro Castaño Castillo y su esposa Gloria Valencia de Castaño, llevaron a Borges, su madre, Guillermo Tejeiro, Ramón de Zubiría, Martha Traba y Chavela Vargas a pasar una tarde en su finca en la sabana de Bogotá. En la mitad de la celebración, la mexicana comenzó a cantar, siendo acompañada por los anfitriones y los demás invitados. Resulta hermoso pensar en la maravillosa tarde que pasaron y las conversaciones que se tejieron allí.

Durante esta visita el porteño escribió un poema que sería incluido en su libro El otro, el mismo, de 1969. En el texto “Elegía” expresaba:

Oh destino de Borges,
haber navegado por los diversos mares del mundo
o por el único y solitario mar de nombres diversos,
haber sido una parte de Edimburgo, de Zurich, de las dos Córdobas,
de Colombia y de Texas.

Fervor de Bogotá

Borges regresó a Colombia el 7 de julio de 1965 para inaugurar en Bogotá el mes colombo-argentino como parte de un conjunto de actos culturales, artísticos y deportivos. Al bajar del avión, dijo a los reporteros: “Todo me gusta de Colombia” y habló de la importancia de la relación entre Argentina y Colombia como países hermanos.

Casi una estrella de rock

Aunque pasaron casi trece años para que Borges volviera a Colombia, su relación con nuestro país mantuvo su fuerza. La tercera visita tuvo lugar cuando el alcalde de Bogotá Bernardo Gaitán Mahecha expidió un decreto en diciembre de 1977 otorgándole la Orden Civil al Mérito “Ciudad de Bogotá”. Borges pudo viajar solo seis meses después, en noviembre de 1978, siendo recibido por el nuevo alcalde, Durán Dussán. El periodista Gonzalo Silva Rivas destacó en El Espectador las palabras de Borges: “Para mí es un gran honor el título de Ciudadano Emérito que me ha concedido esta cariñosa y cordial ciudad” y luego afirmó: “La prueba de su cariño por Colombia era su más reciente publicación en prosa El libro de Arena, que compila un cuento llamado `Ulrica´, cuyo protagonista es un profesor nacido acá”.

Lindos homenajes fueron hechos al escritor el 14 de noviembre por El Tiempo y El Espectador, que comentaron sobre lo sobrio del acontecimiento en el que Borges fue laureado. En el artículo “Un maestro de la paz”, Gonzalo Silva Rivas citó al autor: “A mí esta condecoración con la que me honra la hermosa Bogotá significa todo lo que he podido vivir. Lo que humildemente he llegado a ser”. Luego el periodista Rodolfo Rodríguez comentó: “Afirma que tiene muy buenos recuerdos de Colombia y en especial de Bogotá donde el frío quema sus narices y le hace sentir nuevas sensaciones de vida”.

En su visita a Bogotá pronunció conferencias en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Javeriana, sobre el arte de escribir y la creación de lo fantástico, y en la Biblioteca Nacional. Juan Gustavo Cobo Borda, subdirector de esta última, recuerda: “Pude así recibir a Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional de Colombia en ese mismo año, en una noche feliz en que los jóvenes impacientes rompieron las grandes puertas de madera que dan a la calle 24 y detuvieron mudos su atropellado tropel ante la airosa figura del poeta ciego, del hacedor por excelencia”. Por otra parte, la conferencia que ofreció el autor en la Universidad de los Andes, motivó allí la creación de la cátedra sobre Borges.

La segunda ciudad que visitó fue Medellín, donde fue acogido por Jairo Osorio Gómez y Carlos Bueno Osorio, quienes luego escribieron un magnífico libro sobre cómo el escritor argentino recibió las llaves de la capital antioqueña. En la ceremonia, el alcalde Jorge Valencia Jaramillo dio un sentido discurso, lleno de elogios para el autor. Luego vinieron las palabras del porteño, emocionado: “Estoy muy conmovido. Me entregan estas llaves que no abren ninguna puerta, o mejor dicho, que abren todas las puertas ya que no abren ninguna, y que para mí será el símbolo de la nostalgia que yo siento, porque de algún modo yo estoy en Buenos Aires y estoy añorando esta tarde en que estoy con ustedes, en que me siento en tierra de Colombia; en donde me siento rodeado por la cóncava hospitalidad y generosidad de todos ustedes. No puedo hablar… Estoy muy conmovido… Discúlpenme”.

El siguiente paso del viaje fue registrado por el periodista Gustavo Tatis Guerra en una carta publicada en la revista Número en 1999. En ella contó cómo conoció Borges a Cartagena de Indias: Félix Turbay, un poeta que había ganado el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, le entregó en Bogotá los pasajes al escritor, dicéndole: “Allá lo esperan. Tiene usted una familia de lectores en Cartagena. No se lo imagina”.

Tatis Guerra lo recordaría así: “Félix hizo de segundo lazarillo de Borges rumbo al aeropuerto El Dorado. Le dijo que ya todo estaba coordinado en Cartagena, y que tan sólo tendría que dirigirse a la comunidad universitaria e intelectual de Cartagena de Indias. ´Hablaré de Leopoldo Lugones´, dijo Borges”. La plática comenzó con una rememoración sobre José Eustasio Rivera y La Vorágine: “Repitió para sí: `se los tragó la selva´”. Regresó a Leopoldo Lugones, poeta que ya había analizado en 1963 y que retomaría constantemente en sus textos. “Borges se aferró al brazo de María Kodama (…) y le preguntó qué color tenía el mar de Cartagena bajo la luz del atardecer. Kodama lo vio gris a través de sus gafas, y decidió mirarlo de frente en la playa de Bocagrande: ´Es casi gris´”.

A pesar de ser su último viaje a nuestro país, ese y todos los encuentros facilitaron la relación con destacados intelectuales colombianos, lo que se reflejó en constantes visitas a la casa de Maipú 994. Varias generaciones de letrados se unieron en aquel momento alrededor de Borges; escritores como Fernando Charry Lara y Danilo Cruz Vélez ocuparon el mismo espacio con nuevos autores como Manuel Hernández y Juan Gustavo Cobo Borda. El final de la década de los 70 y comienzos de los 80 representó un giro en la producción académica y de los espacios culturales, lo que permitió la consolidación de grandes creadores en la actualidad. El punto de convergencia, sin importar su posición política o su producción artística fue, sin lugar a dudas, Jorge Luis Borges.

*Periodista de la Universidad Externado de Colombia. Publicó en 2007 el libro «Manuales, métodos y regresos» con Arango Editores; en 2014 «Ser colombiano es un acto de fe». «Historias de Jorge Luis Borges y Colombia» con la editorial Libros & Letras, libro reseñado en varias publicaciones nacionales e internacionales; y en 2015 «Viaje al corazón de Cortázar». «El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas», también editado por Libros & Letras, y presentado en Colombia, México y Argentina.


Treinta años sin Jorge Luis Borges

Por Luis Roux

«Me pasé la tarde consolando periodistas», le dijo el escritor Jorge Luis Borges a un colega del diario uruguayo La Mañana, que lo había llamado al caer la tarde, una de las tantas tardes en las que el premio Nobel de Literatura había ignorado su nombre.
En aquellos tiempos era una afrenta, para todo un torrente de intelectuales, el hecho de que Borges no obtuviera «el preciado galardón». La entrevista es memorable, en parte porque era estrictamente cierto: el escritor había tratado de convencer, durante una larga serie de entrevistas telefónicas a medios de diversas partes del mundo, que dichos premios y su propia trayectoria literaria corrían en líneas paralelas. Y que estaba bien que así fuera.
Borges le explicó al periodista uruguayo que él no participaba del mito del Nobel. Que el premio estaba destinado a escritores que estuvieran comprometidos con sus circunstancias temporales. Pero que él estaba agradecido por la cantidad de premios consuelo que había recibido y la cantidad de invitaciones a tantas universidades que le habían ofrecido, como desagravio.
A la hora de despedirse, le dice al periodista: «Por favor, no deje de llamarme el año que viene».
Es pertinente destacar, a 30 años de su muerte, que el argentino es considerado en la discusión de «escritor más importante del siglo XX» con mucho más fuerza que ninguno de los laureados con el Nobel desde 1901.
Con su muerte física, deja de actuar el personaje Borges, aquel tan bien delineado en el relato Borges y yo. La figura literaria de Borges, por su parte, no ha hecho más que engrandecerse en estas tres décadas.
De hecho, ha sido mucho más fácil, más claro, hablar de Borges desde su muerte –en una de sus patrias, Ginebra– que cuando el personaje provocaba polémica con sus declaraciones sobre actualidad.
La literatura de Borges no se extraña, porque está presente en la prosa de innumerables grandes escritores en diversas lenguas, y porque la relectura de la prosa y la poesía de Borges es un placer inacabable.
Yo, sin embargo, confieso que extraño al personaje. Ese que cuenta que sus primeras lecturas fueron en inglés, incluyendo el Quijote, y que cuando lo leyó en el original le pareció una mala traducción.
Una vez le dijeron que alguien había dicho que la ceguera era el telón de la mente. Y replicó: «Sin dudas ese señor exagera las ventajas de la ceguera». Me puedo imaginar una casi imperceptible sonrisa, que dijera, ‘la ceguera es muchas cosas, pero esa, precisamente, no’.
Entrevistar a Borges fue jugar y cobrar, para una infinidad de periodistas del mundo. Llegó un momento en el que el escritor tenía la rutina de recibir periodistas durante toda la mañana, todos los días. Y empezó a ejercer, en ese ámbito, una vocación que siempre tuvo: la de escandalizar a las mentes más sencillas.
Así, dijo en una entrevista en televisión argentina, que, dado que los argentinos odiaban a Inglaterra, «qué raro que no le censuren su mayor pecado, que es la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol».
Me doy cuenta de que recordar estas minucias en lugar de recordar sus páginas memorables, es como preferir el gol con la mano de Maradona contra los ingleses en vez del otro que hizo en el mismo partido, cuando eludió al cuadro entero y la tocó suave. Lo que quiero decir es que el Borges inmortal sigue vivo, ¿no? A ese nadie lo extraña porque sigue ahí.
El que ya no está es el anciano ciego que encandilaba con su lucidez, que convertía cualquier pregunta trivial en una ocasión para una reflexión agudísima.
Para muchos, que no podían sufrir esa presencia que sentían –equivocadamente– que era de una pedantería insoportable, la muerte del personaje Borges los liberó para disfrutar de su obra sin distracciones.
El personaje Borges estaba de acuerdo y lo decía de esta manera: «Cometí la indiscreción de vivir muchos años».


Nobel eterno

Por Ernesto Carlín

Muchas personas que no han leído al autor de El aleph, fallecido hace tres décadas en Ginebra, lo conocen por su ironía y el sinnúmero de frases afiladas que soltó a periodistas y contertulios varios. También hay varios que lo recuerdan por “Instantes”, poema de mensaje motivador que nunca escribió, idea que tal vez no le hubiera molestado del todo.

El camino trazado

Para varias generaciones de escritores – latinoamericanos y no latinoamericanos–, Borges es un referente constante. Su influencia va más allá del estilo.

Como lo señalara Alan Pauls en su libro, La herencia de Borges: “La literatura argentina actual no tiene escritores borgeanos. Busquen el estilo, el tono, la prosa, el programa narrativo, los temas que hicieron célebre al maestro y no los encontrarán en ningún lado”

Aunque tuvo interés en la poesía, involucrándose en sus inicios más en este género, se le recuerda más por su legado en el campo del cuento.

Las explicaciones que daba de por qué no se aventuraba al formato más largo, como la novela, siempre fueron provocadoras. Las excusas del argentino iban desde que en ese género se pecaba de dar mucho relleno o que él era muy holgazán para embarcarse en un proyecto extenso, pasando por consideraciones como que si una idea se podía contar en pocas palabras no había motivo para hacerlo distinto.

Pero la brevedad de su prosa no es sinónimo de trivial. Quienes han leído su cuento “Las ruinas circulares” recordarán que esa frase tan inocua con la que empieza –Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche– esconde significados que recién se revelan al final del texto. Y ejercicio similar se podría repetir con toda la obra de este escritor.

El héroe y el autor

Su amor por los libros hizo que afirmara que prefería ser lector a escritor. También, que sus cuentos hicieran conocidas obras que de otra forma solo la recordarían los eruditos. Incluso, a la manera de Miguel de Cervantes Saavedra en Don Quijote de la Mancha, entre cita y cita menciona libros que nunca se han escrito.

Fue director de la Biblioteca Nacional de Argentina en 1955, época en que, ironías de la vida, empezó a perder la vista. Como señaló en un poema famoso, Dios le “dio a la vez los libros y la noche”.

La sombra de su figura se puede percibir en la obra de otros autores. Es conocida por ejemplo la confesión del hace poco fallecido Umberto Eco, autor de El nombre de la rosa, que bautizó al antagonista de su popular novela en honor al argentino. El personaje: Jorge de Burgos, bibliotecario ciego de origen español.

Otro homenaje es el cuento El gaucho insufrible del chileno Roberto Bolaño. En él, da vuelta a varios temas borgeanos con ese extrañamiento propio del estilo del autor de Los detectives salvajes.

Pero, siendo aguafiestas, no hay que olvidar que Borges tuvo su lado polémico en las ocasiones que abordaba el tema político. Para muchos de sus admiradores es difícil entender sus alabanzas a regímenes dictatoriales como el de Augusto Pinochet, en Chile, y Jorge Videla, en Argentina.

Ya han pasado tres décadas de su desaparición, pero al releerlo pareciera que no ha pasado el tiempo.

DATO

Fue condecorado con la Orden del Sol por parte del Gobierno del Perú. El mismo reconocimiento recibió su bisabuelo, héroe de la batalla de Junín.

“No he recibido el premio Nobel porque la Academia Sueca está compuesta de personas sensatas”
Publicado en El Peruano

Jorge Luis Borges, un clásico moderno en su 30 aniversario luctuoso

Por Juan Carlos Talavera

A 30 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges (1899-1986), el crítico literario y especialista en literatura latinoamericana Julio Ortega, y el traductor, narrador y editor Alberto Manguel, conversan con Excélsior sobre tres aspectos fundamentales en la obra del argentino que cambió el rostro de la literatura universal: la vitalidad de su poesía, su creación más valiosa y la actualidad de su prosa.

Ortega, que hace unos días publicó el libro Borges y el arte de leer, define al autor de El Aleph como nuestro gran clásico moderno, una fuente imparcial de sabiduría literaria y un autor cuya obra poética merece nuevas lecturas y más lectores.

Mientras que Manguel, que ahora mismo viaja a Argentina para convertirse en director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires –que Borges ocupara en algún momento–, lo define como un poeta que excede el horizonte de sus lectores contemporáneos y un narrador que planteó todas las posibilidades de la literatura para los escritores del futuro.

Fallecido el 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza, Borges reinventó la ficción y el ensayo en libros como Ficciones, El libro de arena, El informe de Brodie, Inquisiciones e Historia de la eternidad, hoy será recordado en Argentina con conciertos, recitales de poesía, exposiciones y la publicación del libro El tango. Cuatro conferencias editado por Penguin Random House.

¿Por qué la obra de Borges parece haber resistido el tiempo con tanta dignidad?, se le inquiere a ambos especialistas en la obra del escritor argentino. Primero responde Ortega: “Borges es nuestro gran clásico moderno. Es una fuente imparcial de sabiduría literaria. Todos tenemos nuestro propio Borges. Ha despertado en cada lector un espacio de imaginación, una relación con el lenguaje, una  inteligencia del mundo que es fantástica y analítica a la vez”.

Y completa Manguel: “Porque es como todos los clásicos: una literatura que siempre excede el horizonte de sus lectores contemporáneos. En sus escritos nos reveló lo que no sabíamos que sabíamos: el poder lector frente al texto, el poder de Pierre Menard para transformar todo texto en contemporáneo y atemporal. Él trajo la última campanada de la literatura, donde propuso todas las variaciones posibles que un escritor puede acometer”.

¿A 30 años de su muerte, los lectores se han apropiado de su obra o se ha vuelto inaccesible? “Cada época, cada generación, redescubre la obra de Borges y se apropia de ella. No es la misma obra, es la de nuestro tiempo de lectores. Por eso, es mejor leerlo de joven, cuando despertará en su lector un lenguaje creativo y riguroso”, expone Ortega.

“Ése es el destino que sufren los clásicos. Todos conocemos a Dante, Shakespeare y Homero… y no son tantos los que lo han leído. Con Borges sucede lo mismo: él es importante aun para quienes no lo han leído”, apunta Manguel.

¿Cuál es el personaje literario más entrañable de su literatura? “Mi personaje favorito es Pierre Menard, del cuento Pierre Menard, autor del Quijote, que decide escribir otro Quijote y termina escribiendo el mismo libro de Cervantes. Este cuento es una parábola de la lectura. Nos dice que al leer una gran obra la volvemos a escribir y la hacemos nuestra. Y que cada lector es el autor de lo que lee”, apunta Ortega.

“Pierre Menard es esencial porque después de él la literatura no es la misma. Ya no podemos leer ni escribir igual. Y si Borges tuviera que sobrevivir por un solo texto, sería éste”, añade Manguel.

¿Por qué la poesía borgiana pareciera menos valorada y reconocida que su prosa? “Es verdad que su obra poética merece nuevas lecturas y más lectores. En la prosa Borges es más imaginativo, en la poesía es más riguroso y formal. Creo que su poesía es un monumento a la memoria. Primero porque Borges componía de memoria, apoyándose en la rima, que tiene una función, en efecto, nemótica. Y segundo porque su poesía es la documentación emotiva de su vida. En su poesía el lenguaje adquiere una verdad y una claridad notables. Todo parece más cierto en esos poemas”, comenta el crítico peruano.

“Borges pensaba que era, ante todo, poeta. Uno de sus libros esenciales es This craft of verse, que contiene las conferencias que dictó en Harvard, donde define su misión poética. Borges como poeta es narrador. Borges como poeta es ensayista. Borges como poeta es lírico. Borges es un gran poeta y pienso que sobre todo en su poesía vemos ese lado poco conocido, el del poeta interesado por las emociones humanas, por el amor, la melancolía, la tristeza, la imposibilidad o la posibilidad de la felicidad”, asegura el traductor argentino.

¿Cómo definiría a Borges? “Lo descubrí el primer día de clases en la Universidad, cuando el maestro nos leyó el fragmento de la simultaneidad en El Aleph y tuve la revelación del lenguaje literario, de su poder de encantamiento y novedad. Fue un verdadero bautismo en la literatura. Borges es eso: una revelación de lo mucho que puede hacer la literatura como la inteligencia del lenguaje para rehacer el mundo y hacerlo más lúcido, creativo y nuestro”, recuerda Ortega.

“Borges es, sobre todo, un lector. Él mismo lo dijo y a través de sus textos lo demuestra. Por ejemplo, en el cuento Tema del traidor y el héroe, donde explícitamente se propone distintos modos de narrar un texto, como también lo hace en Examen de la obra de Herbet Quain o en Las ruinas circulares”, concluye Manguel.

Publicado en Excelsior

Documentário sobre Jorge Luis Borges refaz trajetória do escritor

Para os 30 anos de morte de Jorge Luis Borges, que se completam nesta terça (14/6), a viúva, Maria Kodama, prometeu uma série de homenagens em várias partes do mundo. Talvez não saiba que uma delas ocorre aqui mesmo, no Brasil, e sob a forma de um filme. O cineasta Cristiano Burlan preparou Em busca de Borges, um singelo e tocante documentário que será apresentado dia 17, às 21h, no Cinesesc, no Festival do Cinema Suíço, em São Paulo.

E por que a Suíça? Ora, como se sabe, Borges escolheu Genebra para passar a fase final da vida, já na companhia de Maria Kodama. Tinha, com a cidade, uma relação estreita, pois lá vivera parte da juventude e, como gostava de dizer (e escrever), lhe parecia a cidade onde se podia ser mais feliz. Lá morreu, há exatos 30 anos, e lá está enterrado. Portanto, se o filme de Burlan é uma viagem, esta deve procurar os vestígios do escritor em especial em Genebra, mas passando também por Buenos Aires, Lausanne, Zurique e São Paulo, de onde parte o personagem (Henrique Zanoni) em busca de Borges.

De certa forma, o filme não busca «explicar» Borges, já que este encerra dose considerável de mistério em seus textos labirínticos e também em sua vida «sem acontecimentos», como ele dizia. Borges pode ser objeto de estudos – e estes à uma distância de 30 anos de sua desaparição física – que se multiplicam como diante de um espelho de mil faces. Mas sempre sobra um resto por explicar, algo na sombra ou imerso no mistério. E, portanto, o filme a ele dedicado faz a paráfrase de um dos seus contos mais conhecidos, Em Busca de Almotássim, no qual o percurso parece muito mais significativo do que a chegada.

Ouvem-se pessoas, vai-se a livrarias, anda-se pelas ruas de uma Genebra gelada, mas a emoção maior é quando o acaso brinda o cineasta com uma cantora argentina, também ela no cemitério, diante da lápide de Borges. Este não desgostaria de ouvir a canção medieval para ele entoada na fria tarde suíça: Honte, Paour, Doubtance, de Guillaume de Machaut, ano 1370.

Borges mudou-se com sua família para a Suíça em 1914. Lá estudou, e depois os Borges foram para Madri, só regressando à Argentina em 1921.

Neto de avó inglesa, o escritor era fluente nessa língua. Sua longa vivência no exterior e o caráter universal dos contos que começou a escrever, estabeleceram a imagem de escritor cosmopolita e internacional. As duas obras talvez mais famosas, Ficciones (1944) e O aleph (1949), ajudam a construir essa imagem. Seus temas são espelhos, labirintos, o tempo, o duplo. A linguagem límpida, clássica, à inglesa, também reforçava a estampa de «escritor do mundo». O boom da literatura latino-americana, nos anos 1960, ajudou Borges a se tornar internacionalmente conhecido. No entanto, ao contrário do que acontecia com outros autores, como Gabriel García Márquez, Manuel Scorza e outros, sua prosa de Borges não era vinculada a regionalismos ou a exotismos. Soava europeia até a medula – o que não lhe valeu poucas críticas.

No entanto, sua conterrânea, a ensaísta Beatriz Sarlo, restabelece o quanto a literatura de Borges dialoga com certa argentinidade. Em Borges, un Escritor de las Orillas (aqui traduzido como Borges, um Escritor da Periferia), ela procura mostrar como a originalidade de Borges está em justamente se situar nessa borda (uma das traduções possíveis de «orilla») entre o ser argentino e o ser de todo o mundo.

«Busco a figura bifronte de um escritor que foi, ao mesmo tempo, cosmopolita e nacional», escreve. E que encontra sua voz universal ao situar-se nessa fímbria.

Em seu percurso pela obra borgeana, Sarlo mostra como o jovem escritor, ao voltar da Europa, busca recuperar sua cidade de nascença imaginada. Que não era mais aquela que ele reencontrava, mas a que conservava em sua memória. Assim, transfigurada, e em forma poética, ressurge a capital em Fervor de Buenos Aires. Este também é o Borges de contos como O Homem da Esquina Rosada e O Sul. O mundo dos cuchilleros, dos valentões de faca na mão. Ou dos escritores de periferia, como Evaristo Carriego, a quem dedica um dos seus ensaios.

Diferente de Tolstoi, para quem se deve cantar a aldeia para ser universal, Borges preferia ficar com um pé na argentinidade e outra no cosmopolitismo. E escrever desse fio de navalha a obra original que nos desafia até hoje.

Publicado en ZH

 

A 30 años de su muerte: seis curiosidades de Jorge Luis Borges que quizás no conocías

A Jorge Luis Borges se lo recuerda como un escritor obsesionado con el tiempo, la eternidad, el infinito, el destino, los espejos, los laberintos…

Al cumplirse 30 años de su muerte este martes, en todo el mundo hay homenajes al autor argentino que superó su ceguera alumbrándose con la imaginación.

Suele hablarse mucho de sus grandes obras como «Ficciones» y «El Aleph», de su profundidad filosófica, de la vista que lo abandonó.

Pero también de sus polémicas posturas políticas, de su relación con quien fuera su joven secretaria literaria, María Kodama, y del premio Nobel de Literatura que nunca ganó (y que algunos dicen que merecía).

No obstante, hay aspectos menos conocidos de la vida y la obra de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986), y en BBC Mundo te contamos algunos.

1. No nació ciego

Jorge Luis Borges
 

Borges se quedó ciego como consecuencia de la enfermedad congénita que había ya afectado a su padre.

El hecho no fue repentino, según se lee en la correspondencia de su madre, Leonor Acevedo de Borges: «Se ha extendido desde 1899 sin momentos dramáticos, un lento crepúsculo que duró más de medio siglo».

Los ojos de Borges se apagaron en sus tardíos 50.

«La vista de Georgie [tal era uno de los sobrenombres del escritor] no mejora y lo peor es que él se está convenciendo de eso», escribía en 1956 Leonor, también resignada al destino de su hijo.

Sin embargo, la ceguera no le impidió a Borges seguir con su carrera de escritor y conferencista, además de estudiar nuevas lenguas.

Tampoco abandonó la lectura: hacía que le leyesen en voz alta.

2. Nunca escribió una novela

Jorge Luis Borges
 

Borges era un escritor enraizado en la tradición literaria del siglo XIX. Le interesaban la filosofía, la teología, la matemática, la mitología.

De su pluma salieron cuentos, poemas, ensayos y crítica literaria. Siendo un autor minimalista, eludió la novela porque se le antojaba un género «subalterno» e incluso «despreciable».

Según él, para escribir este tipo de relatos era necesario introducir muchos elementos que resultaban ajenos a la trama esencial.

«Creo que si yo empezara a escribir una novela, me daría cuenta de que se trata de una tontería y que no la llevaría hasta el fin», expresó en una oportunidad.

3. Fue traductor desde niño y dejó obra en inglés

Jorge Luis Borges
 

La abuela materna de Borges era inglesa y su padre, Jorge Guillermo Borges, se crió hablando la lengua de William Shakespeare.

De modo que el escritor tuvo contacto desde temprana edad con ese idioma.

A los 9 años tradujo al español «El príncipe feliz», de Oscar Wilde.

Aunque en realidad podría decirse que lo reescribió, porque Georgie siempre encaró la traducción con suma libertad. Pensaba que el producto final podía superar al original.

Además, Borges dejó obra en inglés. Ejemplo de ello son los poemas On His Blindness y Two English Poems.

4. Odiaba el fútbol

Fútbol
 

Borges opinaba del deporte más popular de todos: «El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos».

O: «Es popular porque la estupidez es popular».

O bien: «El fútbol en sí no le interesa a nadie. Nunca la gente dice ‘qué linda tarde pasé, qué lindo partido vi, claro que perdió mi equipo’. No lo dice porque lo único que interesa es el resultado final. No disfruta del juego».

5. Se reunió con Pinochet el mismo día que asesinaron a Letelier

Jorge Luis Borges

El 21 de septiembre de 1976 (el mismo día en que asesinaron al excanciller chileno Orlando Letelier en Washington) Borges recibió de manos del gobernante de facto Augusto Pinochet el doctorado honoris causa de la Universidad de Chile.

En un discurso del que años después se arrepentiría, dijo: «En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte (…) Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada».

Luego se reunió con Pinochet, a quien calificó de «excelente persona».

6. Fue una gran inspiración para «El nombre de la rosa»

 

No es un secreto que el fallecido pensador y escritor italiano Umberto Eco admiraba la obra de Borges.

De hecho, Eco reconoció públicamente que el asesino de su novela más famosa, «El nombre de la rosa», es un guiño al escritor argentino.

Esto es notorio desde el nombre de su personaje hasta su condición: se llamaJorge de Burgos, es un anciano de enorme erudición einvidente, que controla la biblioteca de la abadía donde ocurre una serie de crímenes.

Jorge Luis Borges se quedó ciego en el último tramo de su vida y desde 1955 fue director de la Biblioteca Nacional de Argentina por 18 años.

Su cuento «La biblioteca de Babel», que forma parte de «Ficciones», claramente inspiró la biblioteca secreta que describe Eco en su libro y que acaba consumida en llamas.

Allí Borges dice: «El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales».

Cuando le preguntaron a Eco por qué el alter ego del autor argentino era malvado, él respondió: «Me gustaba la idea de tener un bibliotecario ciego y le puse casi el mismo nombre de Borges. Pero cuando elegí el nombre no sabía que iba a quemar la biblioteca».

María Kodama
Publicado en T13

 

 

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