Argentina se movilizó con las consignas #NiUnaMenos #VivasNosQueremos

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«Hoy volvemos a gritar «Ni Una Menos», por todas, por todos. Reclamamos por las mujeres violentadas, por las golpeadas, por las abusadas, por las amenazadas. También por las que no pudieron gritar, por las que no pudieron salvarse, por los hijos que el femicidio deja sin madre. Exigimos Justicia y un Estado que luche activamente, cada día, contra la violencia machista. Desde el año pasado, algunas cosas empezaron a cambiar y muchas siguen pendientes. El 3 de junio de 2015 fuimos cientos de miles en las calles. Este año nos sentimos más fuertes, y volvemos a reclamar.»

Con esa consigna, hoy a las 17, en la Plaza del Congreso, el colectivo #NiUnaMenos convoca a una marcha, a un año de aquella que movilizó a unas 200.000 personas. Frente al Palacio Legislativo será el punto de encuentro en común, y después de las 18 algunas de las distintas agrupaciones reunidas allí caminarán hacia la Plaza de Mayo.

Este año se suma una nueva consigna que apuesta a la vida y se resume en la frase #VivasNosQueremos, y a los reclamos ya existentes se agregan otros. Se busca la creación de Índice Nacional de Violencia Machista. Para lograrlo, recurrieron a un largo cuestionario que incluye preguntas sobre las distintas formas de violencia (social, física, psicológica, obstétrica, simbólica, económica, sexual y reproductiva). La idea e investigación del proyecto está a cargo de la periodista Ingrid Beck y de Martín Romeo, director estratégico de Es Viral. Durante 90 días el cuestionario estará disponible en www.niunamenos.com.ar.

En el documento actual, se destaca como un logro el nombramiento de Fabiana Túñez al frente del Consejo Nacional de las Mujeres, que trabaja en la elaboración del Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia machista, previsto por ley.

También reclamarán que se les garantice el acceso a la Justicia; concretamente, que se reglamente de una vez la ley de patrocinio jurídico gratuito; la unificación de causas en los fueros civil y penal; la protección de los hijos de las mujeres asesinadas; la capacitación de fiscales y policías para atender denuncias sobre violencia de género; la protección de las víctimas de violencia con el monitoreo electrónico de los victimarios, y que se garantice la educación sexual integral con perspectiva de género en todas las escuelas del país.

El 14 de mayo pasado, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, y como parte de las reuniones abiertas previas a la marcha, se realizó una convocatoria plural en la que se unieron agrupaciones de un amplio arco político, organizaciones sindicales, estudiantiles, de mujeres y de periodistas, que plantearon nuevas problemáticas.

«El ajuste, el tarifazo, los despidos masivos, el fin de la moratoria previsional que desprotege sobre todo a las mujeres que dedicamos nuestras vidas al cuidado de los otros y las otras sin que nuestra tarea sea rentada, y el escandaloso achique del Estado golpean sobre todo a las mujeres, recortan nuestra autonomía, nos dejan más inermes frente a la violencia», expresa el texto «El grito en común».

Otras organizaciones, por su parte, marcharán hoy por los derechos de la mujer para exigir la despenalización del aborto.

Publicado por La Nación

Marta Dillon: “El movimiento que despertó el #NiUnaMenos no tiene vuelta atrás”

Editora del suplemento Las 12, del diario Página/12 e integrante del colectivo organizador del Ni una menos, la periodista y escritora Marta Dillon dialogó con Notas de cara a la convocatoria de este viernes, al cumplirse un año de la masiva movilización del año pasado.

-¿Con qué expectativas llegás al viernes?
-Tenemos muchísimas expectativas. Creemos que va a ser una marcha masiva, con mucho contenido político y social. Con muchas rebeldías juntas. Haciendo honor a las consignas que estamos proponiendo. Tanto al “ni una menos” como al “vivas nos queremos”. Y también a lo que implica la denuncia de que “el Estado es responsable”. Así que tenemos mucha expectativa, porque no solamente es demandar políticas públicas y estar en la calle el viernes, sino también empezar a diseñar, a habitar el espacio público de la manera en que queremos habitarlo: sin miedo, con libertad, pensando y deseando cómo queremos vivir.

-Hace un año nos preguntábamos cuáles eran las implicancias de la movilización del Ni una menos. Evidentemente no fue solo una movilización. Hubo un eco importante que caminó todo este año. ¿Sentís que hubo un cambio en buena parte de la población a partir de lo que pasó el 3 de junio de 2015?
-Creo que hubo una instalación muy fuerte en la agenda pública, social, educativa y política. Ya no hay una sola persona que no sepa de qué se trata cuando se dice “Ni una menos”. Puede tener más o menos complejidad, pero se sabe que estamos hablando de la violencia machista, de una violencia que resta cuerpos de mujeres, travestis, trans y lesbianas año a año y que merece una atención urgente. Esta misma semana que va a ser la marcha aparecieron tres nenas muertas, lo que nos da la pauta de lo que está pasando. Ahora ya no es un tema de policiales, es un tema de toda la sociedad.

-Hay una búsqueda, cuando uno quiere impactar y modificar situaciones sociales, en este caso la violencia machista –y de hecho poner en discusión el patriarcado- que tiene que ver con cómo sostener la potencia de un hecho que, en principio, impactó por novedoso y masivo, pero que corre cierto riesgo de volverse parte de las fechas, de los clichés. Por lo tanto hay que volver a pensar en cómo volver a impactar y generar algún tipo de simbronazo social. ¿Es temprano para empezar a pensar cuáles son las mutaciones, las derivaciones que debe tener el Ni Una Menos para seguir impactando?
-Como decía recién, creo que ha habido una inflación importantísima del tema dentro de la agenda pública. Pero también hay muchas otras formas de resistencia que se dan cotidianamente. Dentro de los centros de estudiantes, en las redes sociales cuando se comparten relatos en primera persona, cuando se reacciona como se hizo dentro del ámbito del rock.

Más allá de que haya un solo evento del que puedan participar muchísimas personas, lo que sucede con este movimiento es que encuentra expresión. Algunas expresiones son más novedosas, otras menos, pero no tiene vuelta atrás. No se si es pensar qué vamos a hacer con el 3 de junio. El 3 de junio para mi es una ganancia que se incorpore al calendario feminista. Pero después cotidianamente va a resurgir de múltiples formas. Y los movimientos feministas están cada vez más creativos, cada vez hay más chicas y varones jóvenes que pueden aportar muchísimo.

-El 3 de junio ha logrado también federalizarse, va a haber convocatorias en 80 puntos del país, tocando puntos neurálgicos para la violencia de género como el norte del país.
Está todo el país atravesado por el NiUnaMenos. En muchos casos en memoria de alguna víctima en particular, en otros porque quieren sumarse a las propuestas y no quieren que haya más víctimas. Y sí, se dan en todo el país. Tanto en los lugares más conservadores y retrógrados, en relación a los derechos de las mujeres como en otros que no lo son tanto.

Publicado por Notas – Periodismo popular

[Infografía] El #NiUnaMenos se instala en América Latina

 

Bolivia

El Observatorio Manuela, del Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (Cidem), reportó en el lapso de dos años y medio, de marzo de 2013 a octubre de 2015 – período de vigencia de la Ley Integral 348 para Garantizar a la Mujeres una Vida Libre de Violencia- 270 feminicidios. El 25 de noviembre de 2015, en Cochabamba, cientos de mujeres marcharon para acabar con la violencia en su país.

Chile

En el transcurso de los primeros cuatro meses de 2016, se pudieron contabilizar 13 femicidios registrados. Según datos del Servicio Nacional de Mujeres (Sernam), fueron 45 los perpetrados durante el año pasado. “En Chile, cada año mueren cerca de 40 mujeres por esta causa”, determina el organismo, en la mayoría de los casos las víctimas ya habían realizado denuncias por violencia de género.
El 3 de junio del 2015 tomando también como propia la consigna de #NiUnaMenos decidieron realizar una movilización de la que participaron organizaciones como Pan y Rosas, movimientos feministas y activistas.

Brasil

Brasil ocupa la incómoda quinta posición en el ranking global de homicidios de mujeres entre 83 países investigados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Es lo que muestra el «Mapa de la violencia 2015: homicidio de mujeres en Brasil”. En 2013, del total de la tasa de muertes registrada cada 100.000 habitantes el 4,8 % correspondía a femicidios. En 2013, 4.762 mujeres fueron muertas violentamente: 13 víctimas fatales por día.
El Mapa, realizado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso Brasil), señala un aumento del 21% en el número de femicidios en el país, entre 2003 y 2013, cuando 13 mujeres fueron muertas por día en Brasil. La mayoría de esos asesinatos son cometidos por personas del círculo íntimo de las mujeres, y por sus parejas o ex parejas.
Pero en Brasil, además se suman los femicidios de mujeres negras. El escenario es alarmante. La década 2003-2013 tuvo un aumento del 54,2% en el total de asesinatos en este grupo, saltando de 1.864 en 2003 a 2.875 en 2013. Aproximadamente mil muertes más en 10 años. En contrapartida, hubo una disminución del 9,8% en los delitos que involucran a mujeres blancas, que cayó de 1.747 a 1.576 entre esos años.
La victimización de mujeres negras –la violencia contra ellas, que puede no haberse concretado como homicidio–, creció un 190,9% en la década analizada. «Algunos Estados llegan a límites absurdos de victimización de mujeres negras, como Amapá, Paraíba, Pernambuco y Distrito Federal, en los que los índices pasan del 300%», se observa en la investigación.

Uruguay

Durante el año 2015 datos brindados por la Organización de Mujeres de Negro indican que se produjeron 25 femicidios. Una cifra que supera por una muerte a las registradas en el año 2014. En ambos casos, la mayoría de los homicidios fueron cometidos por las parejas de las víctimas.
Los datos divulgados por el Observatorio de Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior asegura que en el primer semestre de 2015, que registraba 16 muertes hasta el mes de junio, 13 de ellas fueron cometidas por parejas o exparejas y tres ocurrieron en manos de familiares de las víctimas.
También este país decidió sumarse a la marcha #NiUnaMenos, realizando una marcha desde la plaza Cagancha hasta la plaza Independencia.

Argentina contra la violencia de género

De acuerdo al Observatorio de Femicidios de la ONG La Casa del Encuentro, entre 2008 y 2014, 1808 mujeres fueron víctimas de femicidios. Solamente en el 2015, 286 mujeres que se enfrentaron a la violencia machista perdieron la vida a manos de un varón que las creyó de su propiedad.
El rango etario está entre los 19 y los 50 años. En 121 casos el femicida era esposo, pareja o novio y en 52 de esos casos ya habían dejado de serlo. Con lo cual se ratifica que en la mayoría de los casos las mujeres son asesinadas por un miembro del entorno más íntimo.
Y justamente este grado de proximidad da como resultado que 66 mujeres fueran asesinadas en sus casas y 72 de ellas en la vivienda que compartían con el femicida.

Un dato alarmante es que en 27 casos las mujeres fueron atacadas en la vía pública, lo que demuestra la impunidad con la que actúa la violencia machista.

En el 2015, los diputados nacionales Nicolás del Caño y Myriam Bregman del PTS en el Frente de Izquierda presentaron como proyecto de ley en el Congreso Nacional un Plan de Emergencia contra la violencia hacia las mujeres que incluye un régimen de subsidios a las víctimas; la creación inmediata de refugios transitorios y un plan de vivienda a corto plazo, basado en la creación de impuestos progresivos a las grandes fortunas y corporaciones inmobiliarias; un régimen de licencias laborales para las mujeres víctimas de violencia que tienen empleo y de licencias y pases educativos para las mujeres que estén en el sistema educativo, así como la creación y coordinación de equipos interdisciplinarios para la prevención, atención y asistencia a las mujeres víctimas de violencia.

Los números que brindan las estadísticas muestran un aumento exponencial de los femicidios en toda América Latina, información recabada en la mayoría de los países por Organizaciones no Gubernamentales, Organizaciones de Mujeres y Movimiento de Mujeres. Esto no es un dato menor, es la prueba categórica del desinterés por parte del Estado de contar con registros precisos que permitan planificar políticas públicas en materia de género.
Este es un denominador común en toda América Latina. Ante esta actitud de un Estado que por acción u omisión se convierte en cómplice y partícipe del aumento de violencia machista, las diferentes organizaciones de mujeres, movimientos feministas y mujeres independientes decidieron salir a la calle para visibilizar esta violencia a la que se enfrentan miles de mujeres.
La contundencia de estas movilizaciones dejan en evidencia que de la única forma que se puede cambiar la realidad es con la lucha, y es a través de la construcción de un gran movimiento de mujeres que se podrán alcanzar los derechos que aún están pendientes.

#NiUnaMenos, todas a las calles

El impulso y la viralización mediática que tuvo la marcha que se realizó en Argentina en contra de la violencia de género generaron una amplia empatía. Desde la agrupación de mujeres Pan y Rosas llamamos a retomar las calles nuevamente el viernes 3 de junio a las 18 horas en la Plaza de Congreso.

Este año, además de mantener la lucha por #NiUnaMenos, se agrega como consigna imprescindible la necesidad de reclamar por el aborto legal, seguro y gratuito

Publicado por La Izquierda Diario

#NiUnaMenos: Con la sangre como tinta

La feminista boliviana María Galindo analiza el femicidio como crimen de Estado. Es un concepto teórico basado en una experiencia concreta: el colectivo Mujeres Creando, que fundó e integra María, acompaña el proceso judicial del femicidio de Andrea, la hija de una de sus integrantes. Y con ese dolor ha bordado una bandera de lucha bajo que cobija a muchas víctimas que reclaman justicia. ¿Cómo lograrlo? Es la pregunta que inspira esta reflexión parida en la trinchera.

Escribo estas reflexiones con la escalofriante sensación de estar escribiendo con la sangre de las mujeres como tinta. La sangre derramada en el asfalto de Andrea, la sangre derramada sobre la chacra que cultivaba Verónica cuando fue asesinada, la sangre de ella; de la de 50 años, de la 30, de la de 44, de la de 18.

Está ya claro que cuando hablamos de femicidio estamos hablando del “derecho universal” de todo hombre de disponer de la vida de una mujer, inclusive al punto de eliminarla, derecho que caracteriza a la sociedad como una sociedad patriarcal estructuralmente.

Sí, has leído bien.

No hay error en lo escrito: el femicidio visibiliza un derecho masculino de tomar la vida del “otro”, que somos nosotras, y disponer de esa vida a su antojo.

Cuando hablamos de femicidio estamos hablando de una figura penal introducida en nuestros códigos de forma muy reciente (quizás Bolivia es uno de los últimos países de la región en haberlo hecho). Una figura penal introducida, que ha sustituido la anterior figura del “crimen pasional” en la cual todo hombre podía decir -frente al femicidio de su pareja-, que sufrió de una emoción violenta, que sufrió de un impulso del que no era responsable.

Cuando hablamos de femicidio estamos hablando del derecho de sustituir una mujer matándola, el derecho de desechar a una mujer matándola, el derecho de frenar la libertad de una mujer matándola, el derecho de sobreponer el poder del macho sobre una mujer matándola: es eso lo que representa el femicidio.

Por eso es un crimen contra la libertad de las mujeres.

Porque es la libertad de ellas, de nosotras, lo que el femicidio ha querido frenar.

Así se entiende que muchísimas veces el femicida, en su relato criminal, no se reconoce como un asesino porque no se reconoce en el deseo de matar a una mujer, sino en el derecho de impedir, frenar, condicionar tal o cual comportamiento de ella.

Esto es muy importante porque nos permite entender que el femicidio no es la tragedia personal de una mujer que condujo mal su relación afectiva con un hombre o que se topó con el hombre equivocado en el momento equivocado. El femicidio es un arma patriarcal contra la libertad de las mujeres que consiste en eliminarlas.

El femicidio es hoy un problema estructural grave en las relaciones hombre-mujer en todas nuestras sociedades, porque representa una forma de respuesta violenta frente a un proceso de rebelión subterránea que estamos enfrentando las mujeres en los horizontes de vida personal que nos hemos planteado. Tenemos decenas de casos que nos hablan de escenas de femicidio donde es la mujer que quería cobrar la cuota alimentaria, o es la mujer que quería divorciarse, o es la mujer que quería terminar la relación. El femicidio es un relato sangriento de respuesta de disciplinamiento del conjunto de las mujeres a través de la eliminación y la muerte de algunas de nosotras.

El femicidio funciona socialmente como un de castigo patriarcal contra “la mala mujer”, por eso la insistencia en convertir todo femicidio en una suerte de juicio moral de la mujer asesinada, donde es ella -que ya está muerta- la que tiene que dar cuenta de su vida a la medida del relato del feminidad.

Este mecanismo del femicidio como castigo y del femicidio como derecho masculino universal sobre toda mujer, no funciona explícitamente, sino que es un mecanismo subconsciente colectivo frente al cual en la sociedad hay una negación neurótica. La sociedad no reconoce que es así, por lo tanto, para negar neuróticamente esta realidad, se desata en torno del femicidio una suerte de normalización de la muerte de las mujeres, de rutina necrófila, de consumo de la noticia de la muerte de las mujeres. Por eso se da pie y paso en los medios de comunicación, al interior del aparato judicial y policial al relato del femicida que no se reconoce como asesino y que, inclusive con muchísima frecuencia, se victimiza frente al “comportamiento” de la muerta.

El feminicidio no se mide en cifras

Esta reflexión nos lleva también a entender que el femicidio no puede ser medido en cifras. No es un crimen horroroso por la cantidad de mujeres. Es un crimen horroroso por el valor social que este crimen tiene, por la inmensa justificación social que carga el asesino, por la gran protección mediática con la que cuenta, por la presunción de inocencia que se convierte en una presunción de impunidad.

Las cifras son alarmantes, sí.

Actualmente en Bolivia estamos hablando de que cada 3 días se asesina a una mujer en un contexto de femicidio. Sin embargo, esa cifra es menor a la realidad porque son muchos los femicidios que se consigue tapar como suicidios, como accidentes o que simplemente ni siquiera se denuncian. Se mata a la mujer, se la entierra y se la sustituye por la siguiente en el pueblo, en el barrio, en la familia, en la facultad, en la comunidad o en el trabajo.

El femicidio se convierte en un castigo social porque funciona como mensaje para el conjunto de las mujeres que rodean a la muerta; para las amigas, las vecinas, las hijas y las parientas.

Casi me molesta tener que decirlo: no se trata de convertir a la mujer muerta en virtuosa porque ha muerto, no se trata de convertirla en mártir. Nosotras amamos la vida y de la salvación por la vía del martirio estamos históricamente agotadas. Lo que acontece es que la mujer asesinada ha sido asesinada debido al ejercicio de su libertad, debido al antagonismo entre sus decisiones personales y las de su pareja sentimental.

El mensaje que deja impreso el femicidio en el subconsciente social es: para salvar tu vida, para proteger tu vida, tienes que someterte. Que no se entienda que partimos de la necesidad de convertir a la mujer muerta en una falsa heroína porque eso sería hacerle el juego a la tesis de la salvación por el martirio.

La mujer muerta es aquella despojada de todo su valor social.

La mujer muerta es aquella que estaba en la lucha personal por su libertad personal individual.

Es la sustituible, es la incómoda, es el estorbo, es lo desechable.

Ese es el contenido político que el Estado le da a la víctima, y en ese contexto es que funciona como mensaje de castigo social sobre todas nosotras.

La consigna del Ni Una Menos -que no me gusta y que ha ido recorriendo varias movilizaciones contra el femicidio (en varios países)- nos habla de esa percepción colectiva que las mujeres, quizás de forma muy intuitiva, tenemos. Es la confirmación de que la colectividad de mujeres recibimos el mensaje de que cuando se mata a una mujer, hay por detrás una suerte extraña de aniquilamiento y sustitución de nosotras. Por eso sin pensarlo gritamos: “NI UNA MENOS”.

Más que una protesta, es una aceptación en el fondo de la muerte por femicidio como un aniquilamiento de la libertad de las mujeres.

Es una aceptación tácita del femicidio como una guerra física, violenta e ideológica contra las mujeres.

Cada muerta funciona como un espejo.

Cada muerta funciona como una lápida que cargamos sobre nosotras.

Cada muerta es un mensaje de castigo.

¿Son femicidio los crímenes contra las trans?

Los asesinatos contra las mujeres trans, por la vía del odio social o del machismo de sus parejas, por supuesto que forman parte del fenómeno del femicidio. Me parece que debiera ser obvio, sin embargo quiero explicitarlo.

Cada mujer trans no deja de ser mujer por ser trans. Es más: deja de ser un hombre y se convierte en una mujer. Sin embargo, no se convierte simplemente en una mujer sino que carga sobre sí otra forma de odio patriarcal. Ella está sujeta a un examen machista de tener que demostrar si es mujer o no. En muchos casos acepta formas de condicionamiento en sus relaciones heterosexuales que una mujer -biológicamente vista como tal- no aceptaría, porque en una sociedad patriarcal una mujer trans no tiene la “legitimidad de serlo”.

Una mujer trans, además, carga tras de sí el odio de haber renunciado, impugnado, no deseado o no aceptado una supuesta condición de ventaja social como es la de “pertenecer al universo del macho” y por ello la misoginia que se desata contra ella tiene una gran carga violenta. Hay un gran deseo de aniquilarla.

Separar los femicidios a las mujeres trans de los femicidios a las mujeres biológicamente conceptuadas como mujeres es debilitarnos, es hacerle el juego a la homofobia, al machismo y al propio patriarcado. Porque ellas comparten la cuestión de ser mujeres que no están cumpliendo con el “concepto de ser mujeres”, y en ese contexto el femicidio de cada una de ellas suma a los femicidios cometidos contra las mujeres, contra nuestra libertad y como parte de la misma masacre.

El femicidio de una mujer trans se suscita bajo las mismas reglas de juego de poder patriarcal que el conjunto de los femicidios. Eso deberíamos comprenderlo nítidamente. Es la misma violencia machista y misógina de control del cuerpo y de la vida que se desata en un femicidio contra una mujer trans que el que se desata contra una mujer no trans.

Y si de femicidas se trata, los actores de unos y otros femicidios, actúan bajo el mismo código del “derecho de disponer la vida de otro”, cuya vida vale menos que la suya o cuya vida tiene el derecho de controlar.

Lo que si queda claro es que para entender el asesinato de una mujer trans como femicidio es necesario entenderlo dentro un marco feminista de análisis de ese crimen, y es eso lo que ni el Estado ni tampoco el movimiento Gelebetoso (GLBT) que se apropia de estas muertes quiere hacer.

La responsabilidad del Estado

¿Formamos las mujeres parte de la Humanidad?

Imagínense ustedes si los crímenes cometidos por las dictaduras en América Latina se convirtieran, en un abrir y cerrar los ojos, en un problema individual del asesinado porque se comportó mal.

Imagínense ustedes si de pronto los genocidios que la Humanidad juzga como crímenes de lesa humanidad porque dañan a la Humanidad se convirtieran en un problema personal, individual, de cada uno de los muertos.

Imagínense si borraríamos el Holocausto nazi contra el pueblo judío, o si borráramos los crímenes del colonialismo como fallas de los conquistados por no haberse sometido.

El femicidio -si bien ha sido tipificado en el Derecho Penal y recibe en la teoría la pena máxima- sigue siendo considerado por nuestro Código Penal y por los códigos penales a escala mundial crímenes individuales y no colectivos.

No se los juzga como crímenes contra las mujeres, ni como crímenes contra la Humanidad, sino que se ha colocado el femicidio al interior del Código Penal como un caso de crimen que se suma a los asesinatos, y a todas las otras formas de crimen de un individuo contra otro.

Entonces la primera operación que convierte al femicidio en un crimen del Estado patriarcal es en la forma teórica como ha sido conceptualizado dentro del Derecho Penal. No tiene conceptualmente el carácter de crimen contra la Humanidad, no se lo compara con el genocidio y el Estado, en esa medida, no lo reconoce como un crimen contra las mujeres en un orden social patriarcal y, en ese contexto, no asume de forma directa el Estado ninguna forma de responsabilidad.

El femicida atenta contra la vida de una mujer y no contra la vida de las mujeres como parte de la Humanidad; eso cambia completamente el relato de la tragedia en un relato personal, donde lo que se examina es la vida de la mujer y no la del femicida. El relato jurídico de un femicidio no trasciende el caso de un hombre concreto que ha matado a una mujer concreta, por razones particulares, en contextos particulares.

El Estado, al no asumir ninguna forma de responsabilidad ni de reconocimiento del femicidio como un crimen análogo al genocidio, no asume la pérdida de las mujeres, ni asume la defensa de la vida de las mujeres, en cuanto mitad de la Humanidad. Y en ese contexto se convierte en una suerte de cómplice tácito del femicida, convirtiendo al femicidio en un crimen de Estado.

Si entendemos el femicidio como efecto de una sociedad patriarcal, lo estamos reconociendo como un problema social estructural y no como un tipo de crimen -de uno cualquiera- que se comete contra otra cualquiera.

El clima que tenemos que enfrentar cuando tenemos un caso de femicidio en ese contexto es un Estado que nos restriega en la cara todo el tiempo, como gran avance y logro, la incorporación de la figura del femicidio en el Código Penal. Y pareciera que debiéramos aplaudir y agradecer de rodillas semejante avance cuando, en realidad, se trata de una suma de confusiones conceptuales muy importantes.

No soy abogada, ni aficionada al Derecho, por lo que pido que estas reflexiones se entiendan desde el contexto de la reflexión política y filosófica que es anterior a la reflexión conceptual jurídica.

Despojar de su contenido de crimen de lesa humanidad al femicidio no ha sido la única operación que convierte al femicidio en un crimen de Estado.

La segunda operación ha sido la de aislar un caso del otro. Cada mujer que sufre un femicidio aparece como una historia aparte y en sí misma. Por lo tanto, cada juicio es uno, y cada madre, hermana, hija o hermano que reclama justicia se encuentra atrapada en las redes de un proceso judicial que tiene características que luego vamos a abordar. Lo que me interesa dejar claro en esto es que una víctima se encuentra aislada de la otra. No pueden luchar conjuntamente, ni establecer bases de interpretación común de los crímenes que enfrentan. Eso dispersa a las victimas e impide no sólo que el Estado reconozca el carácter de crimen contra la Humanidad que tiene el femicidio, sino que impide que las victimas mismas puedan unificarse, manifestarse conjuntamente, dibujar la magnitud del problema, sumar fuerzas y demostrar que estamos frente a crímenes de la dictadura patriarcal de la cual el Estado es parte articuladora.

Y ustedes me dirán que el Derecho Penal es así.

Repito: no soy abogada.

Pero considero que se debieron hacer operaciones conceptuales diferentes y que la tradición liberal de simple incorporación de derechos o de figuras penales dentro el mismo esquema, a las mujeres no nos ha servido cuasi para nada. Por eso, en realidad, la incorporación de la figura del femicidio ha sido parte de una rutina del “copy paste” vía oenegés y agencias de cooperación, que se ha dado de forma cuasi automática dentro de nuestra legislación porque todo el aparato no ha sentido ningún impacto ni cambio estructural en sumar una figura penal más.

Aislar a las victimas una de la otra e impedir la colectivización de los casos convierte al femicidio en un crimen del Estado patriarcal que marca la impunidad del femicida y la imposibilidad social de construir nuevas formas de consciencia colectiva sobre el valor de la vida de las mujeres.

Un torturado, perseguido y muerto por un Estado se convierte en un crimen de Estado.

Una cantidad de crímenes contra un colectivo por razones étnicas se convierte en un genocidio.

Un femicidio, en cambio, no se convierte en un crimen contra las mujeres, contra la sociedad, ni menos aún de lesa humanidad.

Se trata de crímenes aislados, de victimas aisladas, de victimadores aislados y se impide conceptual y políticamente la asociación de las víctimas por la dispersión e individualización que el propio Derecho Penal impone. Es decir, se incorpora la figura del femicidio, pero no se cambia la lógica de abordaje en ninguno de los pasos.

El relato jurídico justifica al feminicida y promueve la impunidad

El relato jurídico de un juicio por femicidio está determinado no sólo por los prejuicios o el poder del victimador, que siempre es mayor que el poder de la víctima. Sino que está dado por las metodologías del Derecho Penal: el acusado es inocente mientras no se pruebe lo contrario y es la parte acusadora que debe demostrar su culpabilidad. La parte acusadora, además, no es el Estado sino la madre o hermana de la víctima. Ahí queda sellada la garantía de impunidad, salvo en los casos en los que el femicida es atrapado infraganti o que se declara culpable, que son los menos. El juicio por femicidio, por tanto, es un interminable examen de la vida de la víctima. Es una interminable suma de las virtudes sociales del victimador y una banalización del valor central que es el de la vida. Quien dirime esos juicios es el Estado convirtiéndose en cómplice del femicida y, por lo tanto, convirtiendo el femicidio en un crimen de Estado.

La muerte de las mujeres por femicidio se diluye en la rutina judicial bajo miles de papeles y grandes confusiones conceptuales de fondo.

Sobre esto hay que añadir los prejuicios machistas de los operadores de justicia, la corrupción que en estos casos determina siempre la ventaja del victimador, porque indefectiblemente todo hombre tiene más dinero, más relevancia o más poder que su pareja asesinada, casi como un reflejo de la pirámide social en la que nos encontramos las mujeres: el obrero tendrá más relevancia que su pareja ama de casa u obrera, y el empresario tendrá más poder y relevancia que su pareja. Todo esto que es la única ventaja visible no es más que el último grupo de factores que determinan la impunidad social del femicida frente a la víctima.

Queda claro que no solo se pudieron hacer las cosas de otra manera, sino que se debieron haber hecho de otra manera.

La impunidad reproduce impunidad

Queda claro, también, que la única posibilidad que tenemos es construir plataformas colectivas, que se hacen muy difíciles porque cada caso penal no solo es un mundo, sino que es agotador: consume todas tus fuerzas. Y en ese sentido, demandar la participación de las víctimas en una segunda instancia colectiva es pedir más sangre y agotar completamente sus vidas. Si toda la plataforma tendría que asistir a todas las audiencias y analizar todas las irregularidades que se cometen -desde la autopsia hasta el proceso para impedir que se garantice la impunidad del femicidio- no nos dedicaríamos a otra cosa que no fuera eso y solo eso. Por eso nosotras hemos pedido y exigido a Gabriela Montaño, presidenta de la Cámara de Diputados, una comisión legislativa de auditoria jurídica que centralizara este trabajo y que hiciera este trabajo. Lo hicimos para que quede claro que tenemos una propuesta y que la tesis en la que nos basamos es en el hecho de que el femicidio es un crimen de Estado y no la tragedia personal de Carmen, Andrea, Julia o Verónica. Sabemos que el Estado boliviano no tiene ninguna voluntad de hacer esta comisión. Formulamos el pedido entonces como un acto político y como un horizonte de lucha, conscientes que hablábamos con una interlocutora sorda y que hablar con ella era como “hablar al sordo cielo”.

El femicidio debe recibir el tratamiento de genocidio y debería, por tanto, ser tratado por tribunales especiales, como crímenes de lesa humanidad.

Ese es el horizonte de lucha.

Esa es la base conceptual para frenar la impunidad.

Los crímenes de femicidio son análogos a los crímenes cometidos por la dictadura.

Transformando el dolor del femicidio en lucha por justicia

Aquello que tenemos en los brazos -además de los cuerpos muertos de nuestras amadas hijas, compañeras, amigas-, es entender que la justicia reproduce justicia y que la impunidad reproduce impunidad. Por eso valoramos todos y cada uno de los esfuerzos que hace cada víctima por luchar por justicia, aunque sea en medio de juicios que diluyen el delito, que ponen a las víctimas en el banquillo de las acusadas, que relativizan el valor de la vida de las mujeres, y que se pierden en la inmensidad de una tragedia mujeril de grandes magnitudes.

Entendemos, al mismo tiempo y de forma muy contradictoria, por qué descoloca los juicios en los que estamos inmersas que plantear el femicidio como un crimen de Estado es la forma más efectiva de lucha: porque simplemente al femicidio hay que crearle una base conceptual de comprensión feminista del problema.

María Galindo
La Paz, Bolivia
Junio de 2016

Publicado por La Vaca

El grito en común

El 3 de junio del año pasado dimos un grito poderoso y airado. Cientos de miles de personas nos encontramos en la calle para ser la voz de quienes ya no podían gritar, víctimas de la violencia femicida. Quienes tomamos las plazas públicas del país, formamos la trama que hizo comprensibles las palabras y carteles que nombraron lo que se sabía sin estar del todo dicho: que la violencia machista mata y no sólo cuando el corazón deja de latir. La muerte es el extremo de la violencia que busca disciplinar a las mujeres y a todas las personas que se rebelan al pacto patriarcal y heterosexual. Pero la violencia machista también mata, lentamente, cuando coarta libertades, participación política y social, la chance de inventar otros mundos, otras comunidades, otros vínculos.

Cuando nos dice cómo vestirnos y cómo actuar, mata nuestra libertad.

Cuando nos insulta o nos juzga por el modo en que disfrutamos nuestros cuerpos, mata nuestro derecho a poner en acto su inmensa potencia.

Cuando nos niega la palabra en el espacio público, la silencia o la minimiza; mata nuestro derecho a cambiar el mundo para todos y todas.

Cuando nos impone las tareas domésticas y de cuidado como si fueran un deber exclusivo y natural, mata el libre uso de nuestro tiempo.

Cuando nos niega la igualdad en los salarios aunque hagamos el mismo trabajo, mata nuestra autonomía.

Cuando avasalla o abusa de nuestros cuerpos, mata nuestra integridad.

Cuando pretende controlar nuestra capacidad reproductiva, mata nuestro derecho a elegir.

Decir Ni Una Menos no fue, ¡no es!, un ruego ni un pedido. Es plantarse de cara a lo que no queremos: ni una víctima más, y decir que nos queremos vivas, íntegras, autónomas, soberanas. Dueñas de nuestros cuerpos y nuestras trayectorias vitales. Dueñas de nuestras elecciones: cómo queremos, cuándo queremos, con quién queremos.

Decir Ni Una Menos fue y es tejer una trama de resistencia y solidaridad; contra los guiones patriarcales de la rivalidad entre mujeres y del pánico moral frente a quienes no se reconocen ni varones ni mujeres. Nosotras y nosotros sabemos que las redes de afecto, que también son políticas, nos permiten hacer visibles las opresiones, salir del círculo de la violencia, darnos fuerzas y entusiasmos para vivir las vidas que queremos vivir.

Este año el grito se renueva: 286 víctimas de femicidio en 2015 nos imponen templar las gargantas. 66 nuevas muertes en los primeros 100 días de 2016, nos exigen tomar las calles nuevamente. Una joven presa en Tucumán, condenada a ocho años de prisión por homicidio, cuando tuvo un aborto espontáneo, en una causa armada, nos obligan a actualizar la consigna “Sin aborto legal no hay Ni Una Menos” e instalarla en las plazas con más fuerza todavía. A la violencia machista y a quienes la perpetran les decimos: Ni Una Menos, contra nuestros cuerpos Nunca Más.

II

El acontecimiento del 3 de junio del año pasado fue también la creación de un espacio de hospitalidad generado por la voluntad política y transversal de cientos de miles de personas que quisieron decir “¡Basta!”. Basta de inequidad. Basta de disciplinarnos por medio de la violencia. Basta de convertir nuestros cuerpos en cosas. Basta de ser consideradas propiedades de otros. Basta de callarnos. Basta de convertirnos en criminales por querer decidir sobre nuestros cuerpos, por querer elegir si queremos tener hijos, cuántos y con quién. Ese grito que se impuso en la agenda pública y que se replicó en cada conversación produjo algunos efectos. El más poderoso: la visibilidad y jerarquización de la problemática de la violencia machista y el empoderamiento de los colectivos feministas. Todos y todas sabemos de qué se habla cuando se dice Ni Una Menos y el peso de la condena social cae cada vez más sobre los agresores. Se abrieron observatorios para generar cifras oficiales que den cuenta de cómo actúa la violencia femicida y se pusieron en práctica protocolos para intervenir en universidades, sindicatos y escuelas. Se consiguió también la sanción de una ley fundamental como la de patrocinio jurídico gratuito a las víctimas de violencia machista.

Pero también hubo otros efectos. La represión sobre el final del último Encuentro Nacional de Mujeres en Mar del Plata, en octubre del año pasado, con la detención arbitraria dentro de la catedral local de tres compañeras y las agresiones a activistas en pleno centro de la ciudad por parte de grupos neonazis bien identificados pero a la vez amparados por las fuerzas de seguridad más el travesticidio de la dirigente Diana Sacayán a pocos días mostraron que la violencia machista excede el uno a una. Ambos hechos fueron un golpe al centro de la movilización de mujeres, lesbianas, travestis y trans. El último ENM fue el más numeroso de sus 30 años de historia y recogió el grito y el entusiasmo del 3 de junio anterior, la represión a la marcha de cierre también estaba dirigida contra la fuerza que se acumulaba de unas calles a otras, del grito en común de junio hasta las complicidades y debates de noviembre. El patriarcado funciona con violencia y, aun cuando parezca que no hay planificación, reacciona para mantener sus privilegios.

III

Decimos Ni Una Menos frente a la reacción conservadora y el cambio de gobierno nos desprotegió todavía más. Los observatorios que se habían puesto en práctica dejaron de existir y programas que ya existían como el de Salud Sexual y Reproductiva empezaron a ser desguazados. Los contenidos de la ley de Educación Sexual Integral, ley fundamental por la que pedimos el 3 de junio pasado para prevenir la violencia machista, se están modificando para conformar a los sectores más retrógrados. Se puso al frente del Consejo Nacional de las Mujeres a una feminista como Fabiana Túñez pero a la vez, el ajuste, el tarifazo, los despidos masivos, el fin de la moratoria previsional que desprotege sobre todo a las mujeres que dedicamos nuestras vidas al cuidado de los otros y las otras sin que nuestra tarea fuera rentada, el escandaloso achique del Estado, golpean sobre todo a las mujeres, recortan nuestra autonomía, nos dejan más inermes frente a la violencia. Cuando la pobreza aumenta, las primeras perjudicadas somos las mujeres. Cuando el conflicto social se mete dentro de las casas, las más perjudicadas somos las mujeres. El ajuste y la inflación golpean directamente sobre nuestra capacidad de decir Basta. La ley de patrocinio gratuito no ha sido reglamentada y desde el Ministerio de Justicia ya se alertó sobre la falta de presupuesto para ponerla en práctica en una escandalosa vuelta atrás de un derecho básico para poder acceder a la Justicia. El disciplinamiento de la protesta social y el encarcelamiento de una dirigente de los pueblos originarios como Milagro Sala, habla claramente de una revancha misógina y racista que nos golpea a todas. A todxs.

IV

Este 3 de junio volvemos a inscribir nuestras libertades en la trama de las luchas por los Derechos Humanos; las historias de nuestra liberación son parte de miles de otras historias. Las que se afirman y se siguen actualizando cada 24 de marzo. También junto a las mujeres que gritan “Vivas nos queremos” en México, en Perú, y en cada territorio en donde la palabra mediática, la política pública o clandestina marcan nuestros cuerpos como si fueran sellos sobre la piel esclavizada.

Este 3 de junio tenemos que volver a la calle, alimentando un movimiento transversal y poderoso porque es la vida la que está en juego. La vida, nuestras libertades y la posibilidad de conformar una trama común que las ampare y las sostenga. El 3 de junio tiene que encontrarnos pidiendo justicia por las que ya no tienen voz, fortaleciendo las redes políticas de afecto y solidaridad, reafirmando los puntos centrales por los que hace un año salimos a las calles, para que se hagan efectivos. Para que decir “Vivas nos queremos” sea también decir nos queremos libres, autónomas, críticas y solidarias.

En las calles queremos encontrarnos, como una cita conmemorativa y alegre, furiosa libre.

¡Ni Una Menos!

¡Vivas nos queremos!

(El grito en común es el documento de convocatoria a la marcha #NiUnaMenos)

 

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