Latinoamérica homenajea al escritor argentino Ricardo Piglia

No se puede escribir de Ricardo Piglia

Por Camila Builes

Ricardo Piglia era bestial. Un pequeño hombre encorvado que se la pasaba con la mano en la boca y con la mirada perdida. Un hombre que recordó durante toda su vida el día en el que la literatura rompió su corazón, es decir, el día en el que sintió algo por primera vez: una tarde en la cocina de su casa, en Adrogué, provincia de Buenos Aires, cuando leyó por primera vez a Hemingway. La luz entró por la ventana como un rayo en medio del mar: rompiéndolo todo. Y en ese momento en el que Piglia estaba ridículamente feliz, por coincidencia o destino, o porque siempre Hemingway hacía lo mismo, el final fue triste. Recordaba la habitación abarrotada de trastos viejos reflejando el sol que entraba por esa ventana, tan pequeña y tan nada, y los árboles medio muertos por el calor infernal enmarcados por la madera vieja. Se quedó parado frente al lavaplatos con los ojos tan abiertos como las farolas de un tractor, sintiendo el dolor, ese monstruo que siempre nos convoca. Sus días se volvieron feroces: arduas jornadas de lectura en ese mismo cuarto, frente a la misma ventana. A los 16, en 1957, tuvo que abandonar esa casa. Aunque la casa nunca le importó; lo que quedó atrás fue esa ventana, esos pedazos de aluminio en los que a veces comía papas salteadas. Su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de odios furibundos en Argentina, decidió que era más seguro escapar. Se marcharon a un sitio donde pudieron inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles.

“Nunca pasa nada. ¿Y qué podría pasar? Es como si hubiera estado todo el mes de julio bajo el agua. Sentado en el patio frente a una mesita baja, el sentimiento de siempre: las grandes luchas por venir (…) Mantengo en secreto por ahora mi decisión de convertirme en un escritor”.

Durante mucho tiempo los kilómetros que separaban a Buenos Aires con Mar del Plata parecieron suficientes. Sin embargo, Ricardo Piglia, ese niño que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de piedra, en alguna de las habitaciones de la casa, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -“3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)”- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.

“Lo difícil no es perder algo, sino elegir el momento de la pérdida”

Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario: «Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más», Pavese había permanecido vivo una semana más. “El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento Un pez en el hielo- Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (…) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total”. Piglia fue uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton. Un narrador de la cotidianidad, sobre todo.

“Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo”.

Luego, de grande, creó a Emilio Renzi (Usó su segundo nombre y segundo apellido), el personaje que aparece reiteradamente en sus libros, es su alter ego: un escritor y periodista al que le gustan las pelirrojas. La voz que le sirvió para denunciar una verdad a voces.

“Podría por ejemplo contar mi vida a partir de la repetición de las conversaciones con mis amigos en un bar”.

Comenzó a ser reconocido por Respiración artificial (1982), una de las primeras novelas que denunció la dictadura argentina, y en la que aparece su brillo como narrador. Una conversación entre personajes solo masculinos copada, cada frase, cada capítulo, de reflexiones. Después de eso todo fue una avalancha: más libros, más historias, más verdades que nadie quería escuchar. Menos opulencia, menos actitud de escritor famoso. Se convirtió en una leyenda.

En septiembre de 2013 Piglia fue diagnosticado con con ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), una enfermedad que, para ponerlo simple, produce una parálisis muscular progresiva pero no afecta en absoluto las facultades mentales. Desde entonces, su estado de salud se deterioró pero su capacidad de producción hizo un movimiento inverso: publicó más de tres libros, dictó clases magistrales y estuvo en congresos de literatura: en Colombia, por ejemplo, en el Hay Festival de 2014. Piglia se mantuvo, con una actitud animal, en su voluntad por seguir escribiendo. En Argentina durante algún tiempo le fue suspendido el medicamento que controlaba su enfermedad llamado GM604, que fabrica un laboratorio radicado en Estados Unidos, Genervon, y que parecía muy efectiva en el tratamiento de personas con ELA. Luego de algunas denuncias que se hicieron por el caso aprobaron el medicamento para el escritor argentino.

Ayer murió. Sin aspavientos: como su escritura. Y todo lo que uno escriba de Ricardo Piglia se queda corto. Porque no hay más que decir que no digan sus libros, sus diarios. Mejor recordarlo como un fusil disparado, aún sacudido y humeante. Vaciado entero frente al papel.

Publicado por El Espectador (Colombia)

 

Murió Ricardo Piglia, una revolución literaria por sí mismo

Por Danny Brenes

¿Hay una historia? Si hay una historia empezó hace 75 años y se acabó ayer: falleció Ricardo Piglia, uno de los mayores referentes de la literatura argentina –e hispana, la verdad sea dicha– de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.

El diario El Clarín , primero en reportar su fallecimiento, informó que su muerte fue provocada por un paro cardíaco. Su salud, sin embargo, venía sufriendo una degeneración prolongada.

Sufría ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), una enfermedad neuromuscular, desde hacía unos tres años, lo que le limitó a permanecer en su casa, en la ciudad de Buenos Aires, donde finalmente murió.

Tenía 75 años.

Raíces literarias.

Nació en Adrogué, ciudad ubicada a mitad de camino entre Buenos Aires y La Plata. Optó por estudias Historia en lugar de Letras porque temía que la academia le negara el amor por la literatura. El tiempo, sin embargo, corregiría su marcha: sería profesor de la Universidad de Letras.

También enseñó Literatura Latinoamericana en Princeton, en Estados Unidos; entre sus pupilos se cuenta el escritor costarricense Carlos Fonseca, publicado por la prestigiosa editorial Anagrama, de Cataluña.

En su juventud ocurrieron dos momentos cumbre.

El primero fue a los 16, cuando tomó un cuaderno y comenzó a escribir sus diarios. Aquel sería el proyecto de su vida: durante más de medio siglo mantuvo paciencia y constancia religiosas para apuntar los eventos y las reflexiones de su cotidianidad; esa sería la columna vertebral de su literatura.

Cuando saltó a la fama, sus diarios se convirtieron en una leyenda: todo el mundo sabía de ellos, pero nadie los había leído. Eso cambió en el 2011, cuando publicó algunos fragmentos en el suplemento Babelia , del diario español El País . “3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver”, escribió en la primera entrada de la bitácora, horas antes de que su familia se mudara a Mar del Plata.

El segundo evento fundamental fue el primer encuentro, a los 18, con los libros de William Faulkner, el ícono literario estadounidense. Pronto le siguieron obras de Borges y Roberto Arlt.

Todo lo anterior –los diarios, la mudanza familiar, el descubrimiento de sus grandes referentes– confabuló para que Piglia se dedicara, con ferocidad y sin descanso, al la literatura.

Cuenta El País que en Mar del Plata conoció a Steve Ratliff, un norteamericano a quien llamaban “ El Inglés”, que trabajaba en una compañía exportadora de pescado. Hizo migas con Piglia; le introdujo a más libros de Faulkner, a Scott Fitzgerald, a otros autores norteamericanos. También le impulsó a escribir sus propias ideas.

Ya no hubo vuelta atrás, en la cabeza de Piglia solo había un camino por seguir: ser escritor.

Pluma monumental

“Yo ya leía, pero sin método”, le contó a su compatriota Leila Guerriero, una de sus herederas en el trono de la liteartura argentina, en el 2010. “Había tenido una novia en Adrogué, de familia de anarquistas; leían mucho. Íbamos caminando y ella me dijo: ‘¿estás leyendo algo?’. Yo había visto, en una librería, La peste , de Camus. Le dije: ‘Sí, La peste ’. Me lo pidió prestado. Me da vergüenza contar esto, pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer”.

Las librerías del mundo hispanoparlante no hubieran sido las que son hoy sin esa novia, sin ese momento vergonzoso.

Jaulario , su primer libro, es una recopilación de nueve cuentos que se publicó por primera vez en 1967 y recibió una Mención especial del Premio Casa de las Américas.

Desde entonces y hasta el final de sus días, Piglia construyó un curriculum artístico caracterizado por los cambios de estilo, por la libertad en los registros y, sobre todo por la versatilidad: su bibliografía está llena de cuentos, ensayos, guiones de cine, críticas y novelas. La primera de ellas, Respiración artificial , de 1980, causó conmoción en la tradición argentina por su estilo metaliterario y por la aparición de Emilio Renzi, álter ego de Piglia en varias de sus obras.

Tanto así que, hace dos años, se comenzaron a publicar sus diarios –ya hay dos tomos en librerías– bajo el título de Los diarios de Emilio Renzi (alias compuesto por el segundo nombre y el segundo apellido del escritor).

Acumuló docenas de premios –destacan el Rómulo Gallegos en el 2011, el Casa de las Américas en el 2012 y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en el 2013–; su obra fue traducida a más de 15 lenguas e incluso fue adaptada al cine.

Su partida deja una huella insoslayable en la literatura latianomericana. Sin embargo, su muerte puede marcar su consagración absoluta; así lo propuso su colega, el nicaragüense Sergio Ramírez, quien en Twitter publicó: “La muerte no hará sino confirmar a Piglia como el clásico de nuestra lengua que ya era en vida”.

Publicado por La Nación (Costa Rica)

 

Un mundo sin Piglia

Por Erika Bucio

Casares se enteró de la muerte de Borges, comprobó con asombro que daba sus primeros pasos en un «mundo sin Borges». Es el vacío que deja Ricardo Piglia, se duele Juan Villoro.

El escritor argentino falleció ayer de un paro cardiaco en Buenos Aires a los 75 años. En septiembre de 2013, Piglia se enteró de que padecía esclerosis lateral amiotrófica. A pesar de la terrible enfermedad, ataja Villoro, su amigo, no dejó de leer ni de escribir, dando una lección ética ejemplar.

«Ricardo Piglia fue un autor indispensable. Gran lector de Borges, pero también de Arlt, unió dos polos de la literatura argentina. Sus cuentos y novelas le debían mucho a la vida de barrio y a la cultura popular, pero también a la reflexión sobre la forma en la que se cuentan las historias», apunta el escritor mexicano.

Piglia creía que la literatura era una forma privada de la utopía.

Una biblioteca y el acto de leer eran su primer recuerdo. Era él tomando un libro, salir a la calle y sentarse en la banqueta pretendiendo leer. Hasta que un adulto que pasa por allí le dice que está al revés. Tenía cuatro años.

Así arranca la primera entrega de la trilogía Los diarios de Emilio Renzi. Su alter ego, escritor y periodista, que reaparece en sus libros. Un juego de espejos con el nombre completo del escritor: Ricardo Emilio Piglia Renzi. Un diario de vida que empezó a los 16 años.

«No hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida, sin embargo, estoy convencido de que si no hubiera empezado esa tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa», le dijo Piglia al cineasta Andrés di Tella en el documental 327 cuadernos.

Empezó a escribir cuando su familia dejó Adrogué, tras el derrocamiento de Perón, y se mudó al Mar del Plata. Lo vivió como un destierro.

Escribió cinco novelas: Respiración artificial, La ciudad ausente, Plata quemada, Blanco nocturno y El camino de Ida; los cuentos Nombre falso, La invasión y Prisión perpetua; y los ensayos Formas breves, Crítica y ficción, El último lector y Antología personal.

«Mi ilusión literaria ha sido intentar escribir cada libro como si fuera un escritor distinto», decía.

Un clásico en vida, lo define Sergio González Rodríguez, pero con una virtud adicional: una persona de gran cultura y trato gentil, siempre abierto, preocupado por dialogar con sus alumnos, colegas y todo aquel que se acercaba a él.

«Es uno de los escritores superiores en lengua española del siglo 20 y lo que va del 21», apunta.

Novelas como Respiración artificial, La ciudad ausente y Plata quemada transformaron para siempre, añade, la forma de narrar ficciones en ésta y otras lenguas.

«Ya que pudo ensamblar lo literario y lo político con exactitud y elegancia intelectuales, además de potenciar las posibilidades imaginativas a partir de explorar el relato policiaco o de corte especulativo», opina González Rodríguez.

Villoro destaca que sus cuentos y novelas le debían mucho a la vida de barrio y a la cultura popular, pero también a la reflexión sobre la forma en la que se cuentan las historias. Nos recuerda que se formó como historiador y en Respiración artificial puso en tensión los discursos de la verdad y la ficción.

El crítico Julio Ortega lo pinta como un narrador de aliento «cuyos primeros cuentos son productos de un laboratorio analítico, donde la ficción y la historia se funden como metáforas fronterizas de la nación en construcción».

Tan atinado como autor fue como lector, según Carmen Boullosa, jurado del Premio Rómulo Gallegos, que Piglia ganó con Blanco nocturno. Un premio obvio: Piglia era Piglia.

«Sabía cuando estaba escribiendo que no dejaba de ser lector, por eso eran tan buenas sus novelas».

Y es que, según Villoro, una de sus convicciones más arraigadas fue que lo que define el hecho literario es la lectura.

«Ningún libro puede ser considerado como un clásico por su contenido intrínseco. Es la mirada de los otros la que lo convierte en una obra fundamental. Entre sus libros de ensayos, El último lector se ocupa en forma muy sugerente de la forma en que las obras cambian gracias a sus lectores», argumenta Villoro.

El más metafísico de los lectores latinoamericanos, lo define Martín Solares.

«Nos harán falta todas las formas de su escritura y la calidad de su trato».

Un ejemplo a seguir de cómo ser escritor de principio a fin en tiempos aciagos, según González Rodríguez.

«Me cuesta trabajo pensar que no esté entre nosotros», sentencia Villoro.

Narrador nato

Aunque también cultivó el ensayo, es la narrativa, de corto y de largo aliento, la que dio a Piglia un lugar imperativo en las letras latinoamericanas. Entre sus obras, destacan:

– La invasión (1967, cuentos)
– Nombre falso (1975, cuentos)
– Respiración artificial (1980, novela)
– Prisión perpetua (1988, cuentos)
– Cuentos morales (1995, cuentos)
– Plata quemada (1997, novela)
– Blanco nocturno (2010, novela)
– El camino de Ida (2013, novela)

Publicado por El Norte (México)


Ricardo Piglia: ‘Los lectores son una sociedad secreta’

Por Santiago Estrella

Este viernes 6 de enero de 2017, el autor de la obra ‘Respiración artificial’ Ricardo Piglia falleció a los 75 años, tras varios años luchando contra una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Ante la coyuntura, rememoramos una entrevista que el artista brindó a El COMERCIO en el 2008. En ese año, el escritor argentino reflexionó sobre La Feria Internacional de Libro de Buenos Aires y sus fascinaciones como lector.

¿Cuál es el espacio del lector?

Me interesa el tema individual del lector. La lectura es personal, es una experiencia íntima. Me parece pertinente discutir sobre el lector en un plano personal, que nos saque del debate melancólico de si hay más o menos lectores.

¿Y el espacio?

Los hay tradicionales, como la biblioteca… o la isla desierta (se ríe). Los medios preguntan a los escritores qué libro llevarían a una isla desierta. Es una metáfora de lo que piensan de la lectura: algo que uno haría si es un náufrago. Pero el espacio del lector es algo que se puede discutir: la cama, la silla, el bar, el tren, los colectivos.

¿Qué lugar prefiere?

Soy un lector nómada, sin lugar específico. Leo mucho en los bares, pero me parece que el espacio del lector es el libro mismo, en donde se construye una relación de intimidad.

¿Qué tiene de particular la Feria de Buenos Aires?

Esta es una ciudad constituida por la literatura, por el tango, por las palabras, por lo que dijeron de ella Jorge Luis Borges y Roberto Arlt. La Feria abre una serie de mesas redondas y discusiones que no son de editores y agentes, sino de escritores y lectores. La idea de la gente circulando entre libros es algo que valoramos. Esta Feria (la FIL de Buenos Aires del 2008), aunque multitudinaria, no garantiza una buena venta.

¿Cómo explicar esa paradoja?

Me parece importante la sociabilidad que rodea la cultura. La feria rememora la idea de caminar entre los libros.

¿Qué efecto posterior tiene eso?

Nunca lo sabremos, pero sí sé que los lectores somos como una sociedad secreta que se encuentra e intercambia libros. Y de esa multitud de jóvenes que van, algunos formarán parte en el futuro de la sociedad secreta. Uno de los espacios más interesantes de la Feria es el festival de poesía, el género literario que menos se compra pero que más se escibre… La poesía influye sobre los que leemos y escribimos, es el alma de la literatura, en donde se sostiene. Todos somos deudores de la experiencia de los poetas. Cuando digo todos, hablo de los narradores, los ensayistas. Es en la poesía donde está mejor dicho todo.

¿Cómo influye la tradición en los géneros?

Chile genera tanto poeta extraordinario… Y parecía imposible después de Neruda… Chile me recuerda a Irlanda: cómo puede ser, está toda la literatura de lengua inglesa ahí (Swift, Stocker, Wilde, Shaw, Yeats, Joyce, Beckett, Heaney). Es una cuestión de tradiciones.

¿Hay una tradición argentina?

La de los hijos de inmigrantes: Saer (sirio), Arlt (alemán), Walsh (irlandés), Puig (catalán)…

¿No es muy europea?

Los que pertenecemos al Río de La Plata padecemos de eso. Cortázar era exigido a ser más latinoamericano. La cultura argentina ha creído ser autosuficiente, que tenía un público, una tradición. Eso nos ha puesto un poco al costado de América, pero ha producido seres extraños, como Marechal…

Publicado por El Comercio (Ecuador)

 

Piglia siempre supo ser sorprendente

Por Santiago Rivas

Ricardo Piglia fue un tipo importante porque leyéndolo era más fácil entender los mecanismos del género policíaco; los tiempos, contextos, motivaciones y giros que obsesionan a quienes buscan buena literatura, tanto a quienes leen por entretenimiento solamente.

Pero no fue un escritor común y corriente, ante todo por su acercamiento a la naturaleza humana. En sus propias palabras, su secreto era «no juzgar a los personajes». Sostenía que, así como nadie es exclusivamente lo que hace (nadie es solo arquitecto, o solo escritor), nadie puede ser tampoco «solo criminal». De esta forma, su acercamiento curioso a las motivaciones y respuestas de los seres humanos, lo convierten en un escritor mucho más complejo y profundo de lo que la gente espera. Piglia siempre supo ser sorprendente.

Ahora que ha muerto, vale la pena hacerle el mejor homenaje de todos: lea sus escritos, busque sus entrevistas. Disfrute el legado de Ricardo Piglia. El mundo de las letras está triste, pero por los grandes escritores no podemos menos que estar agradecidos.

Publicado por Caracol Radio (Colombia)

 

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