Paéz Vilaró y el carnaval

Por Guzmán Ramos
Foto: Del archivo de Casapueblo. A la izquierda de Páez Vilaró, Pablo Picasso.

Su persona y su obra estuvieron asociados a la inolvidable Morenada, de Juan Ángel Silva. Pero nuevos documentos en el Centro de Documentación y Archivo del Museo del Carnaval establecen que su primer vínculo con una comparsa fue con Miscelánea Negra, también del Conventillo del Medio Mundo.

Subir una empinada y oxidada escalera de hierro -donde cada peldaño representaba enfrentarse al peligro del desplome- fue uno de los rituales más importantes en la vida de Carlos Páez Vilaró, según él describió en detalle y con singular tono poético, durante una breve charla que mantuvimos junto al periodista Marcelo Fernández, en febrero de 2009.

Ese tránsito era realizado para subir a la pieza llamada Yacumenza, una sala pequeña y deteriorada del conventillo del Medio Mundo, que funcionaba de buhardilla y de dormitorio, entre carnavales, de los tambores de Morenada, la comparsa de la familia de Juan Ángel Silva.

Impregnado de un simbolismo único, casi místico, ese lugar también sirvió como espacio de creación y observación para quien decidió retratar un particular oxímoron: el que implica sintetizar y conjugar, en una imagen, las duras y frías condiciones de la vida del negro, con la cálida potencia de su música y su danza.

Inspirados desde la altura del segundo piso del Medio Mundo, los trazos de Páez Vilaró fueron la arquitectura de los maquillajes y vestuarios de la comparsa Morenada.

Y aunque las biografías no lo comentan, debe darse por cierto que sus primeros dibujos candomberos fueron compuestos para Miscelánea Negra, otra gran comparsa del Medio Mundo, de la que fue autor de algunos textos, según revelan documentos que pueden consultarse en el Centro de Documentación y Archivo del Museo del Carnaval.

Sobre finales de la década de 1940, el joven Páez Vilaró fue mimetizándose cada vez más con la negritud y su tradición.

Sus decorados pasaron a las banderas y estandartes, dos representaciones en cuyos colores se sindican las etnias y geografías africanas que definen la identidad de cada agrupación candombera.

También los tambores de Morenada portaron el sello de Páez Vilaró y sobre sus colores se deslizó el pulso dulce y cadencioso del toque del Barrio Sur, que contrasta hasta hoy con el vertiginoso y grave ritmo de Ansina, en el vecino Palermo, o con el potente y provocador acento de los repiques del Conventillo de Gaboto, cuando las lonjas encendían el fuego sagrado en las calles del Cordón.

Más tarde, su obra puso el énfasis en los personajes típicos: el bastonero o escobero, cuyo baile era un exorcismo de la mala yeta; la mama vieja, una matriarca anciana, sabia y consejera, dueña de múltiples oficios, o el gramillero, el rey brujo sanador que corteja a la dama con un aparatoso meneo enclenque, como si estuviera en un continuo trance.

Todos ellos, cubiertos de una indumentaria que parodiaba la vida de sus amos, durante la época colonial, otra de las metáforas que dejan constancia de alegría y sufrimiento.

Pero Páez Vilaró también fue un hábil maestro de la palabra.

A través de libros y gacetillas contó anécdotas vividas en el Mediomundo, narró las noches de Llamadas, describió a los personajes más importantes del candombe y estableció que la comunión con la cultura negra nació en su infancia, por más que en sus primeros años de vida ese vínculo solo fuera posible recrearlo en su imaginación.

Sus poemas escritos para Miscelánea Negra y Morenada obtuvieron múltiples premiaciones, teniendo en cuenta el destaque que obtuvieron ambas en el concurso de carnaval montevideano.

La primera fue la ganadora de los certámenes de 1947 y 1948, mientras que la segunda obtuvo las distinciones de los años 1955, 1959, 1962, 1964, 1967, 1969, 1981, 1982, 1985, 1986 y 1987, aunque no siempre tuvo una participación activa.

Uno de sus puntos más importantes de su obra literaria fue una mirada nostálgica y afectuosa sobre el conventillo demolido en 1978 por la dictadura militar, dentro de una perversa estrategia que tuvo como finalidad erradicar a los negros de las zonas costeras, de gran valor inmobiliario, según ha dado cuenta la historiadora Milita Alfaro.

Morenada se disolvió a principios de siglo, pero el vínculo de Páez Vilaró con el candombe se mantuvo intacto, al refundar su lazo y cercanía con las nuevas generaciones de la familia Silva, quienes reformularon buena parte del estilo tradicional del Barrio Sur, imprimiendo un sello muy actual y moderno a los espectáculos.

Junto a ellos se calzó un tambor y vistió con dominó de base verde para salir las noches de febrero por la calle Isla de Flores a integrarse a uno de los eventos más importantes de la cultura popular uruguaya.

Ese culto a la noche, que desarrolló hasta horas antes de su muerte, es la otra cara de una misma moneda en la vida de Páez Vilaró, si se toma en cuenta que el coloso blanco construido en los acantilados de Punta Ballena es su máximo tributo al sol.

Publicado por Calle Febrero
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