Caribe televisado

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Víctor R. Rivas / Especial para En Rojo

Entre tantas tramas de telenovelas que se reproducen incestuosamente para satisfacer nuestro consumo diario, se destacan aquellas que exploran la seducción de una mujer tras las vacuas verdades de un vano y vil galán. Esta exploración del falso amor y su desengaño aparenta ser la más trillada de las tramas de telenovela dado que sus variadas representaciones artísticas se multiplican ante cada caso que, de la vida real, insisten en imitar. Gozamos de su escenificación en pantallas de múltiples usos y tamaños ya que imaginamos, con cierta perversidad e ingenua certeza, que en nuestra propia cotidianidad nunca nos ocurrirían tales situaciones. ¿O sí?

El caso es que las telenovelas, además de entretenernos burdamente, nos ofrecen un asequible espejo crítico ante el cual podemos reflexionar sobre lo intrínsicamente humano de nuestras propias pasiones. Nos facilitan, también, el uso de lo que la narradora y poeta transamericana, Marisol de Luna, llama la “textura telenovelesca” para mejor aproximarnos a la reflexión crítica de aquellos eventos extraordinarios ante los cuales nos confronta la vida. Le aplicamos esa textura telenovelesca, de lo íntimamente personal y familiar de las locas pasiones, a asuntos de mayor contundencia, sean de tilde económico, legal, político, o social. Ningún tema queda sin escrutinio, especialmente en nuestra realidad caribeña. Por ejemplo, en un lugar predilecto de la diosa del mar, reina del palmar, se oye comentar:

–Mirá, qué chévere la novela de anoche. Ya se fastidió la jeva y lo que viene es un revolú.

Refiriéndonos, no al estallido de un desenlace amoroso entre amantes clandestinos, sino al vocífero desencuentro entre fanáticos políticos en la Plaza Roosevelt.

Así, a través del juego alegórico y las directas indirectas, funciona la textura telenovelesca en nuestro imaginario caribeño. Así se hace menos amargo el trago del discurso perifrasético y esotérico. Lo presumido elitesco, lo fastidioso académico, lo burocrático político, o lo nebuloso económico se hacen más entretenidos y, por lo tanto, más propicios para ser abordados y digeridos en nuestros espacios públicos. En fín, la forma y praxis del pensamiento crítico que asumimos para conversar, por ejemplo, sobre actualidades políticas, resultan más divertidas a través de la textura telenovelesca y sus tropos.

Veamos, a manera de ilustración, un tema contundente de nuestras actualidades caribeñas en términos de su textura telenovelesca, expresado como un calumnioso chisme que se oye en cada barrio y recóndito caserío de nuestra Borinquen querida.

–Comay, le tengo un bochinche. ¿Se acuerda de Peggy Rodríguez? La de Río Piedras. La que anda de chilla con aquel guapetón jincho. Esa misma que se pinta de rubia para que no la pierdan de vista los corillos de Nueva Yol cuando están en el jolgorio. Resulta que una amiga de la prima de mi vecina cuenta que la Peggy se puso dura. Así mismo como lo oye. Por fín se hartó la muchacha y, según dicen, lo está echando. Ya era hora. Aguantó mucho la pobre. El muy canalla la tenía arrinconada en su propia casita. Le daba tantas golpizas que se oían los gritos por todo el caserío. Y peor por la madrugada, cuando el muy descarado volvía de sus rondas por Cagua todo jendío para buscarle pleitos. La Peggy le aguantaba todo a ese paquetero con sus promesas de que si se iban a casar o de que si se iba a firmar la legalidad de los muchachos. ¡Diablos! Escuche Comay, dicen las malas lenguas, que a la Peggy le pusieron Peggy de sobrenombre porque se dejaba pegar ¿sabe? ¡Se dejaba dar hasta dentro del pelo! Resulta que su nombre era Taína, pero en la escuelita le decían Tina y luego la apodaron Penny, así como la mujer de Ulises. ¿Se acuerda del cuentito ese? Así mismo la llamaron, como aquella Penélope quien tanto esperó al muy fresco ese que se paseaba por medio mundo probando, como dice el dicho, que un matrimonio sin cuernos es un jardín sin flores. ¡Ay bendito! Yo sé que llevan más de un siglo juntos. Ella, como la viudita de la capital, toda ilusionada por casarse con ese buen vecino que le juró de todo para metérsele en la cama. Le dijo que no le haría falta chavos, que él se los daría para lo que quisiera. Le aseguró que trataría bien a los hijos que ella tuvo con sus otros arreglos y que cada hijo que con él tuviera recibiría todo derecho asociado a su apellido. De hecho, les permitió entrada libre a la casa grande aunque la mayoría tuvo que hospedarse en el patio trasero porque los medio hermanos legales que ya ocupaban los cuartos principales los trataban con desdén. Y ni hablar de los correazos que por tantos años llevaron esos pobres muchachos. Imagínese Comay que después de aguantarle tantas calumnias al metecabras ese que la Peggy por fin se enfogonó con él y le tiró la chancleta. Cuando se metió con él, la Peggy estaba bien dispuesta a tirarse la soga al cuello. Lo que yo no atino a dar es por qué tanto aguante. Creo que, como buena madre, lo hizo todo por el futuro de sus hijos. Para que pudieran salir a la calle con la frente erguida y saberse prole legítima del mandamás. Ellos, los Usnavy y los Usmail, entre otros tantos hijos naturales que se la pasan saltando el charco. Mire Comay, ahora resulta que la Peggy anda bien preocupada por el chorro de chavos que debe por su casita y, como si fuera poco, también le quieren joder la educación a los muchachos. Y el metiche no afloja. Así que ya se hartó la Peggy y por fin le dijo al embustero ese que si no la iba a llevar a comer pinchos con él, juntos a toda su familia y frente a sus amigos, que entonces se metiera todas esas promesas por dónde ya sabes. Así, con coraje, mientras bailaban con los viejitos en el viejo San Juan, ¡la Peggy le ha dado su galletazo y lo mandó pa’l carajo! Imagínese Comay, ¿ahora cómo será la vida de la Peggy sin ese sinvergüenza?

Y así quedamos nosotros, debatiendo el chisme y apostando que a esta no la suelta el machote quien, tras promesas de matrimonio la mantiene en ilusoria dependencia, preñada y pariendo hijos.

¿ Cómo ha de resolverse la trama de esta telenovela caribeña? Entre los posibles desenlaces esperamos lo que dicta el sentido común, y que el muy aprovechado deje de abusar. Que la muchacha logre zafarse de sus garras y vuelva a montar su propia casita, ella solita, digna y soberana. Si el bochinche se tratara de una querida mujer de nuestra propia familia, una madre, hermana, hija, sobrina, tía, prima, o una estimada amiga, la resolución deseada sería obvia. Insistiríamos en su bienestar físico, social, y psicológico, fomentando la alta autoestima y un porvenir ideal. No andaríamos con tantos rodeos, titubeando sobre otros desenlaces insensatos de tal trillada trama. Por eso lo perversamente transparente y práctico de la textura telenovelesca, porque todas nuestras pasiones se expresan sin pelos en la lengua. Así debe ser, siempre con claridad.

Publicado en Claridad
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