«Radio Paranoia» estética rockera y negra para contar la familia feliz (Bolivia)

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Por Daniel Cholakian – NodalCultura (desde Tres Arroyos) / Foto: Mauricio Borzone

“La primera idea básica era contar la pasión de una persona sobre algo o sobre alguien. En este caso es sobre un ídolo de la radio. El primer impulso era pensar la misma respecto de un político y desde allí trabajar la diferencia de edad. Por eso está abordado desde la erotomanía de la hija respecto a este personaje, que es ‘el Gran H’. En el caso de su padre está conectado con la idea de la verdad a pelo suelto que enuncia el conductor de Radio Paranoia. De todos modos, en el resumen del trabajo no es algo que se haya terminando consolidando totalmente en la obra, sino que las relaciones filiales comienzan a tomar mucho sentido”, cuenta a Nodal Cultura Enrique Gorena, el autor y director de la obra “Radio Paranoia”, propuesta del grupo boliviano «La Cueva», que se presentó en la primera jornada del Festival Latinoamericano de Teatro CTL.

Aunque no estuvo en la intención del autor ni de los miembros del grupo boliviano Teatro La Cueva, desde la presentación de “el gran H”, un locutor radial que promete desde una ética rockera incólume sostener la verdad aunque lo persiguen y le cancelen la señal, “Radio paranoia” remite a cierta estética de la narrativa sucia estadounidense de los últimos 30 años. Esa misma estética que puede encontrarse en el film “La radio ataca” o en la novela “La conjura de los necios” y que, atravesada por el filtro de la moralina y la licuación de conflicto en EEUU devino sitcom y problemas de familias “disfuncionales” pero siempre ajustadas al sistema.

“Radio Paranoia”, para suerte de todos los espectadores, se instala en el corazón mismo de la comedia negra, donde lo moral se borra, la empatía cambia de personaje a cada instante y la perversión establece un diálogo con el espectador que con ese simple gesto devela toda la potencia subversiva del hecho estético.

Hector (que se convierte en“Gran H” frente al micrófono) está en pareja con Helena. Tienen una relación intensa, erótica, en la misma clave rockera que instala la puesta. Hacen en el amor y beben delante de la adolescente Mori, que incorpora la exterioridad de este modelo, pero no su sentido. ¿Cuánto del deseo de Mori por Héctor está relacionado con el lugar de su madre y cuánto con el mítico “Gran H”? Este triangulo fantasiado por Mori, tiene una particular situación en espejo.

Teo, el padre de Mori que abandonó la casa hace 13 años, es “Chico puntual”, un solitario oyente fanático del “Gran H”. Él también proyecta su deseo sobre el ídolo. Y retorna a la casa familiar para encontrarse con él. Pero también con su hija con la bella Helena. ¿Cuánto de ese deseo de Teo por el “Gran H” será deseo por recuperar el cuerpo de Helena?

Teo es de algún modo aquel amenazante Ignatius Reilly, solitario, urbano, tímido, perverso. En este sentido la obra se ahorra todo silencio sobre lo real. Lo expone crudamente, de modo caótico y juega con lo cotidiano llevándolo a lugares que para algunas cabezas algo conservadoras hasta suena moralmente condenable.

“En Bolivia, y creo que en América Latina también, estamos acostumbrados a la ambigüedad de las respuestas, la dificultad de plantear las cosas transparentemente por temor a herir sentimientos o por diplomacia. Me pareció interesante entonces proponer esta idea del ídolo que propone romper eso, pero lo hace más en el discurso que en la práctica”, continuó Gorena.

Los personajes tienen una fuerte definición, están muy trabajados desde el lenguaje, lo corporal, la personalidad ¿esto es propio del texto original o ha sido una construcción que surgió del trabajo grupal?
“El texto es previo y esos roles muy claros estaban allí”, explica Miguel Ángel Estellano, que compone al ‘Gran H’, “Obviamente el texto sufrió muchos cambios con el trabajo, pero yo creo que esto es parte de ambos procesos. Hemos trabajado mucho tiempo con la obra y los personajes han ido tomando mucha fuerza. Algo que a mí me parece maravilloso es que Mori, que es adolescente, es una actriz adulta, entonces allí aparece un juego algo delirante entre que ella es grande, pero hace de adolescente y de algún modo ese contraste evidente entre el rol y la actriz funciona como parte de la paranoia de todos esos personajes”

Mori es una adolescente urbana casi universal. ¿Hay un específico de la urbanidad paceña en la construcción de Radio Paceña?
“Yo creo que la obra está dentro de lo que podríamos pensar como un código específico global”, afirma Gorena.
“De hecho la obra les encanta a los chicos jóvenes”, agrega Piti Campos quien encarna a Helena, la madre. “Los jóvenes disfrutan más esta comedia medio negra, su perversidad. No se preguntan si esto es o no una violación, no tienen juicios de valor. La obra, desde mi punto de vista, atraviesa esos lugares, como para ‘pegarle’ al público. Dependiendo de la edad y de lo que ha vivido cada quien se agarra de algunos de esos lugares que recorre”

La obra tiene un trabajo escénico sumamente creativo, espacios que son tres, pero se reconvierten en uno según las situaciones, sin que medie ninguna operación que los integre o los separe. Los actores por momentos coreografían sus movimientos y lo real y lo imaginario se confunden. “Gran H” y “Chico Puntual” dialogan a la distancia y el escenario parece expandirse. Cuando el teléfono se integra a la casa, todo se comprime.

“En el proceso de creación me gusta trabajar la atmósfera, creo que de ahí sale lo musical contundente. Dentro de esta atmósfera creo que hay códigos actorales que han ido acompañando y ellos han ido asimilando y ellos han hecho su construcción y su propuesta”, señala Gorena.

“Desde el principio que Kike había planteado respecto de que la calle y la casa se mezclan, y el lugar público y el lugar privado de Gran H son uno. El cruce de esa línea estaba desde el origen de la obra”, afirma Estellano.

Teo, el extraño Woody Allen como lo menciona en algún pasaje el Gran H, es interpretado magníficamente por Pedro Grossman, que construye a ese personaje desde un ingenuo hasta un amenazante perseguidor.

“Yo partí de la idea de la búsqueda de la verdad de Teo proyectada sobre Gran H”, explica Grossman, “pero el termina sintiéndose más verdadero que el mismo Mesías. El sufre esa decepción al darse cuenta de la falsedad de su héroe”.

Teo se convierte en un doble perverso, se construye como tal. Se imagina como H y se propone, como dice el texto, que ambos terminen unidos por los lazos familiares. ¿La sangre los unirá?

“Ese el pretexto del personaje para entablar una relación con Gran H., por en realidad la familia no tiene ninguna importancia para él. En ese retorno va tomando fuerza la locura de Teo”, completa Grossman.

La obra se encamina profundizando el registro oscuro, perverso, amoral a la reinvención del orden. En esta suerte de final de familia feliz, que lejos de consistir en una reconstrucción del modelo conservador es una fuga brutal hacia lo sórdido y lo oculto, se despliega una clave de lectura crítica, no solo de las tradiciones, sino también de las miradas. Los enojos de cierta crítica teatral con la obra y con la puesta, devela que también la mirada del espectador es posible de ser repensada.

“Radio Paranoia” es ejemplar para ejercitar una crítica de nuestra mirada.

 

 

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