María Fernanda Espinosa, poeta ecuatoriana: “No olvidar es un modo de soñar el futuro”

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Por Silvina Freira

“La política necesita de más poesía”, dice la poeta y actual canciller ecuatoriana María Fernanda Espinosa, invitada internacional al IX Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro, que se realizará desde hoy hasta el próximo domingo en el Centro Cultural de la Cooperación y en el Museo Etnográfico (ver aparte). Espinosa, Premio Nacional de Poesía 1990, ex ministra de Defensa del gobierno de Rafael Correa y autora de Caymándote, Tatuaje de selva, Loba triste y Geografías torturadas, subraya que la poesía es “una forma de belleza” en la entrevista con PáginaI12. Además de Espinosa, el encuentro contará con la presencia de los siguientes invitados extranjeros: Javier Bozalongo (España), Norberto Codina (Cuba), Lía Colombino (Paraguay), Alfredo Fressia (Uruguay), Felipe García Quintero (Colombia) y Marcia Mendieta Estenssoro (Bolivia).

–A propósito de su poema “Poética”, ¿qué implica que el pasado permanezca “empoemado”?

–La construcción de la memoria está marcada por una narrativa poética. Todo recuerdo, toda memoria, todo dolor, es menos si aparece en forma de poema. La poesía tiene la misión de recuperar la memoria y el pasado, y darle forma para que permanezca para siempre.

–“Olvidar es no ser/ me enseñaste que la memoria es como andamio/ como canasta de vigas que nos sostiene”, se lee en “Matilde”. ¿Por qué en algunos de sus poemas se explicita una tensión entre memoria y olvido?

–Esa es la gran dicotomía de la vida; no solo de la poesía sino de la vida. No olvidar es una gran manera de soñar el futuro. A veces hay que olvidar por supervivencia, pero reconstruir la memoria con la ayuda de la poesía es una garantía para poder soñar.

–Quizá en el plano íntimo-individual sea necesario cierta dosis de olvido para poder seguir viviendo, pero en el plano social el olvido es inadmisible, ¿no?

–Yo digo que el olvido puede ser selectivo. Por ejemplo, olvidar los desgarramientos y los dolores más profundos a veces es un recurso de supervivencia, pero en la sociedad y en la política es preciso no olvidar para no repetir los mismos errores. Es preciso no olvidar para que no tomemos las decisiones que han llevado a nuestros países a que sufran innecesariamente.

–“Nuestros dolores se repiten/ y aparecen nuevos cada vez”, escribe al final de un poema. ¿Por qué los dolores de muchos países de América Latina se reiteran?

–El tema del olvido no es solamente una decisión individual sino que también se la construye socialmente. Los medios de comunicación, la propia literatura, cómo se escribe y se construye la historia están orientados a que la gente, nuestros pueblos, olviden. De esa manera  se busca perennizar a las grandes élites y grupos de poder en el control de las sociedades, en la expoliación de las sociedades, en las nuevas formas de colonialismo.

–¿Cómo explica el hecho de que en varios de sus poemas aparezca la selva como paisaje y ambiente?

–Es imposible que la poesía no sea autobiográfica; en mi caso, mi vida en la selva fue transformadora, y es imposible borrar la línea entre naturaleza y cultura. Y más bien, hay toda una epistemología en torno al maridaje indisoluble entre las culturas amazónicas y el profundo conocimiento de la selva.

–Ha dicho que en un mundo caótico y deshumanizado se necesita cada vez más la poesía. ¿Qué aporta la poesía en estos tiempos?

–La poesía es una forma de dignificación de la palabra, yo creo que esa dignificación alimenta a los seres humanos. El derecho a la belleza es revolucionario y la poesía es fundamentalmente una forma de belleza.

–Todo poeta tiene un relato sobre cómo empezó a escribir, un relato vinculado con el origen. ¿Qué desgarramientos, desajustes o sufrimientos la empujaron a escribir poemas?

–Hay varios motivos, razones y varios momentos; pero es importante un elemento: de niña tenía muy mala memoria. Estudié en un colegio francés, en donde le daban mucha importancia al aprender de memoria los textos de los poetas clásicos franceses. Pero en cambio soy muy buena para recordar imágenes y metáforas. Cuando tenía la audacia imperdonable de olvidar un poema de Nerval o de Baudelaire y decirlo a mi manera lo que significaba el poema, eso -obviamente- era tomado como una irreverencia imperdonable. Pero finalmente dije: si yo puedo reescribir o reinterpretar lo que escriben esos poetas franceses, quiere decir que podría hacer mis propios textos. Y así, desde muy niña, quizá por influencia de mi madre o de mi abuela, quienes amaban la poesía, mi primer contacto con la poesía fueron los versos de Victor Hugo y otros poetas franceses. Así aprendí a escribir mi propia poesía. Y tengo que decir que no hay un poema mío que recuerde de memoria, tampoco.

–El poeta es un ser sensible por antonomasia, en cambio en la militancia política, en el ejercicio de una responsabilidad pública, quizá haya que “negociar” sensibilidades porque el bienestar una amplia mayoría tiene su correlato en el rechazo de minorías intensas. ¿Qué conflictos se producen entre la sensibilidad de la poeta y la sensibilidad de la militante política y canciller?

–Yo diría que no hay conflicto; el único podría ser la falta de tiempo, de horas en el día, porque el trabajo político y el ejercicio de gobierno requieren muchas horas. A pesar de ello, siempre, aunque sea dos minutos, me doy tiempo para leer un poema, corto o largo. Lo que sí se sacrifica es la capacidad de crear, de poder sentir suficientemente para poder crear, y ese es el conflicto. Yo creo que la política es el alimento fundamental de mi poesía. La voluntad de participar en un proceso de transformaciones es alimento para mi poesía.

Publicado en Página12
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