Con la pregunta sobre la identidad del Cine Latinoamericano abrió el Festival de La Habana

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura (Enviado especial a La Habana)

El teatro Karl Marx de la capital cubana es un escenario imponente, que no quedaría opacado ante cualquiera que se le compare en el largo circuito de festivales internacionales de cine del mundo. Bello en su arquitectura, imponente en su marquesina que cita la firma del pensador alemán, sin dudas el más moderno y trascendente del siglo XIX, el cine teatro tiene una capacidad para 5000 personas y excelentes condiciones de proyección.

Allí se realiza cada año la ceremonia de apertura del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Esta 39ª edición ha mostrado que sigue vivo el ritual del encuentro y la fascinación por el cine, marcado por el glamour, el abrazo de cineastas y actores que se reencuentran en estos eventos, las nuevas amistades eternas, los debates y los intercambios de recomendaciones.

El Festival de La Habana es un festival amplio en su concepción, ya que se presentan algo más de 300 películas de 41 países. Prácticamente todos los países latinoamericanos están representados. Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela.

Así como tiene un foco puesto en la programación, condición básica para un festival de cine, el FINCL tiene una mirada especial sobre el público. Es un festival masivo y popular. Suelen visitar las salas más de 300 mil espectadores en 10 días. La Habana tiene adultos mayores que sostienen la pasión histórica de los cubanos por el cine, tanto como jóvenes estudiantes del mundo que aprenden en la Escuela del Cine de San Antonio de los Baños. Las salas, por otra parte, son grandes y bellas. Con pantallas que dan a las películas el esplendor estético que se merecen.

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La gala latinoamericana

La ceremonia comenzó con una show de danzones cubanos tradicionales, interpretados por la Camerata Romeu, dirigida por Zenaida Castro Romeu. El solista Alejandro Falcón acompañó a la formación de cuerdas. El nombre de la camerata refiere al músico Antonio María Romeu que fue, a decir de la directora, el primer pianista en introducir los solos de piano en la música bailable, con un particular modo de interpretación, que al escucharse, por el color y el ritmo, puede sentirse plenamente cubano.

En el marco de una ceremonia sencilla, que rápidamente dio lugar al cine, el verdadero actor del Festival, se otorgó el premio Coral del Honor al director brasilero Carlos Diegues, recordado en todo el mundo principalmente por sus películas Bye Bye Brasil y Xica Da Silva. Cacá Diegues no pude viajar hacia La Habana por motivos profesionales y familiares, pero envío un mensaje de agradecimiento grabado, en el que contó de su primer viaje a la ciudad en comienzos de los años ’80 y recordó como estar en La Habana le daba la sensación de estar en Bahía y también en muchísimas ciudades latinoamericanas. Esa identidad de las ciudades es también parte de la identidad latinoamericana que nos convoca. Dedicó el premio a los tres grandes hombres de la cinematografía cubana, cuyo legado está presente en cada momento de este festival: Alfredo Guevara, Julio García Espinosa y Tomás Gutierrez Alea.

Luego tomó la palabra el director del Festival, Iván Giroud. En un discurso que en poco tiempo recorrió temas centrales de los debates del presente y el futuro, Giroud se preguntó sobre la identidad del cine latinoamericano, sobre los públicos y las nuevas formas de producción y consumo de productos audiovisuales.

Reflexionó sobre la identidad latinoamericano a partir de dos ejes, las condiciones políticas que constituían las narrativas y las estéticas, tanto como el nuevo sentido global, los cruces entre los jóvenes cineastas del mundo tanto como los regímenes de producción mundializados. A pesar de esto, Giroud sostuvo que no solo existe una identidad en estos también nuevos cines latinoamericanos, sino que también hay una relación con aquella tradición fundacional que tiene ya 50 años.

“Debemos crecer con las nuevas plataformas y tecnologías digitales y no contra ellas”, afirmó el director artístico, quien lejos de pensar a los cambios evidentes como una amenaza lo comprende como una realidad que no tiene sentido negar. Sin embargo Giroud no dejó de señalar que no puede dejar de analizarse el monopolio de la producción de contenidos y el avance de sistemas hegemónicos de trasmisión y exhibición.

“Ver para crecer” es el lema de esta 39ª edición. Para el director del festival es central recuperar público en las salas, el festival superaba ampliamente los 500 mil espectadores cada año, pero también acercar al público cubano de una programación crítica y novedosa, que permita promover el conocimiento del mundo y el pensamiento crítico. Sostener el cine como un espacio de debate intenso, entre un público que tradicionalmente gustó de las discusiones abiertas y generosas.

Sobre la programación destacó la presencia del cine de la República Dominicana y de Puerto Rico. Sobre este país señaló además el abandono que sufre por parte de Donald Trump, su supuesto protector.

Brasil en la apertura

Si bien el título de la película del actor y director Selton Mello es “La película de mi vida”, su título bien podría estar en plural. Claramente construido como una serie de referencias y homenajes a autores, géneros, corrientes y películas del cine mundial de los últimos 70 años, la película rinde homenaje a la frase que dice el protagonista al comienzo: “Mi padre me dijo que de las películas solo miraba el principio y el final. El principio para saber de qué se trataba, y el final, porque los finales son siempre bonitos”.

Así la película tiene un principio donde se cuenta la historia de Tony, un joven del mundo rural que va a estudiar a la ciudad y vuelve a los dos años como profesor, justo el día que su padre se va de su casa para siempre, para regresar a su Francia natal. En medio las escenas se articulan sobre las relaciones de Tony y otros personajes de su mundo, el amor, el sexo y algunas cuantas otras cosas que ocurren en el mundo. Esta narración se permite desniveles, pasos de comedia, referencias al western, algo de realismo mágico, la aparición de Antonio Skármeta –autor del texto en el que se basa el film- y una narración más episódica que consistente. El final, que responde a la referencia paterna y vuelve a entroncar la historia del joven herido por el abandono paterno y, como aquel decía, el final es bonito.

La película, posiblemente pensada para conformar a una sala con 5000 espectadores por demás diversos, no estuvo a la altura de la gala habanera.

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