La escena latinoamericana se destacó en el Festival de Artes Vivas de Loja

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

El domingo 24 el Festival de Artes Vivas de Loja cerró con un espectáculo creado por artistas argentinos que residen en España. Una comedia musical que se juega en el aire, más cercana a la lógica del gran espectáculo propio de grandes eventos internacionales que a una propuesta narrativa en la cual la técnica sea subsidiaria de la totalidad  y no a la inversa. Voala Station es un trabajo basado en las técnicas del teatro aéreo. La estética de la presentación requiere la disposición de grandes espacios escénicos al aire libre, gruas, arneses, un importante sistema de iluminación y actores con un gran manejo del cuerpo y recursos acrobáticos.

La comedia es un relato clásico a propósito de el vértigo de los negocios, la falta de libertad y el amor. Articulada por trabajo musical en vivo que combina en dosis algo calculadas pasajes de tango y canciones en inglés, no necesariamente para un público hispanoparlante, Voala Station se despliega en ese dispositivo mecánico mucho más que en los cuadros, algo sencillos, diluyéndose en esa estructuración su riqueza escénica o poética.

Es interesante, sin embargo, pensar esta propuesta en términos de la escena latinoamericana. Si bien trae más la imagen del formato de los grandes espectáculos europeos que la referencia a las tradiciones más reconocidas en la cultura de Suramérica, en Argentina hay una historia a propósito de este tipo de puestas. Se pueden rastrear trabajos similares con La Organización Negra a mediados de los ’80, y luego con grupos que nacieron de allí, como De la Guarda y Fuerza Bruta. Hay cantidad de artistas argentinos que han producido espectáculos de este tipo y se presentaron con ellos en todo el mundo, generando además una escuela de artistas que trabajan en distintos países.

Esto sirve para pensar las nuevas tradiciones que se construyen en la escena latinoamericana. Como explica en la entrevista con Nodal Cultura Patricio Vallejo Aristizábal, director artístico del FIAVL, aquellas propuestas que no son parte de las estéticas más enraizadas están constituyendo una nueva identidad en la región. Está conformada por novedosas formas escénicas y por nuevos modelos de producción, global y colaborativa. Más allá de los resultados artísticos, estas conformaciones multidisciplinares y multinacionales están constituyendo una de las formas escénicas del presente y son insoslayables.

Formas de la memoria

Los otros cuatro espectáculos presentados desde América del Sur tienen anclaje en los procesos de construcción de memoria. Memorias recientes, memorias personales, memorias ancestrales. Memoria que es la memoria del deseo inconcluso. Memorias que hacen inevitablemente el discurso sobre el presente.

Así “Canción para dueto”es también un espectáculo global, pero a diferencia de otras producciones multinacionales es un trabajo localizado, pensado desde el estar colombiano de los últimos 70 años.

Jimmy Rangel estudió en su país, Colombia, y también en Londres, Buenos Aires, La Habana; fue parte de compañías y proyectos en Ecuador, España y Estados Unidos; colaboró con El Cirque du Soleil, Lady Gaga y La Furia dels Baus, entre otros. En Canción para dueto construye un relato alejado de todo realismo sobre la violencia como persistencia, como presente y como pasado, como contexto y como hecho concreto.

Una casa alejada de todo, incluso del tiempo, es el escenario. La danza, el movimiento permanente y la magia propia de los cuerpos que parecen romper cualquier regla de la física, son los elementos con los que los cuatro bailarines-actores desarrollan una trama de vidas y muertes.

La puesta propone un relato poético con esos elementos narrativos centrales: espacio, cuerpo y tiempo. La voz aparece en otro plano, en lo alto y lejos de la escenografía, con el notable trabajo de Justin Vahala cantando una repertorio ecléctico que permite comprender la complejidad de la identidad cultural de este mundo. Evita el registro nacional o regional para proponer un cancionero que, aunque globalizado, involucra a casi todo el público.

Rangel construye con estos recursos un mecanismo minucioso y preciso, donde el movimiento coordinado de los 4 bailarines-actores construye la tragedia como camino que va del placer y el deseo vertiginoso hacia la violencia sexual y la muerte.

El final de la obra,  con Vahala interpretando magistralmente Tonada de luna llena del venezolano Simón Díaz, repone la poética dolorosa desde la canción popular latinoamericana y resignifica la perfecta máquina escénica sostenida por Rangel, Natalia Reyes, Ingrid Londoño y Yenzer Pinilla.

El ser y la murga

La murga uruguaya puede considerarse un género escénico por si mismo. Pero también es una suerte de patria montevideana, un espacio de identidad, comunidad, bandera y territorio simbólico. Al menos eso nos permite pensar esta pequeña pieza amorosa llamada Murga madre, que agradeció de pie el público del Teatro Bolívar de Loja.

Eduardo “Pitufo” Lombardo y Pablo Routin son dos personajes sin otra identidad que la de la murga. Pero en esa caracterización funciona de un modo perfecto la máscara como elemento: a la vez que es parte de la identidad del murguero, opera como la máscara clásica del teatro borrando la identidad personal y la individualidad. Así en la puesta los murguistas son parte de una escena de teatro clásico, y ocupan indistintamente los lugares de público, de crítico, de amantes y detractores, de jóvenes y viejos. Son los eternos sujetos de la murga que existe sobre y debajo de los tablados. En en las calles de una ciudad que es historia y presente.

Murga madre se compone de multiplicidades y por lo tanto de incertezas. Ni tiempo, ni espacio, ni vida, ni muerte. Ni melancolía ni presente continuo. He ahí una suerte de homenaje y de puesta en acto de la murga en un solo evento teatral. Así la representación se desdobla y al tiempo que funciona como tal se permite un gesto performatico: constituir la Patria Murguera, esa identidad que cobija a estos personajes sin tiempo como una buena madre eterna.

Lo ancestral vive en el barrio

Según Luis Sandoval, director de la agrupación peruana Kimba Fá que presentó en Loja su último trabajo Suena Barrio, en el origen de la misma está la recuperación de la memoria afro de los artistas peruanos. De allí surge la estética central de sus trabajos.

“Hace 20 años un grupo de artístas afrodescendientes nos juntamos para hablar nuestra problemática en el Perú. No queríamos que los blancos lo hicieran por nosotros, como ocurría en general por entonces. Los blancos eran los que generalmente accedían a la educación y eran ellos los que hablaban de nuestra historia. Eso ha ido cambiando por suerte. Nosotros queríamos hablar de la problemática de los negros en el Perú, pero no solo como artistas, sino también como pobladores de los barrios vulnerables y de bajos recursos. Nosotros venimos de los conos de la ciudad. Y queríamos trabajar sobre la tradición estética afro y darle una nueva proyección”, contó Sandoval a Nodal Cultura.

Suena Barrio es uno de esos espectáculos que levanta al público de sus butacas: invita a bailar y a recuperar la alegría del arte popular nacido en las calles. Los artistas-creadores logran en el escenario conjugar erudición en la investigación de las tradiciones, rigor en la ejecución de la música y las coreografías, al mismo tiempo que construir una dramaturgia que desde el humor da cuenta de las violencias que rigen gran parte de las relaciones en los barrios periféricos de Lima (los conos que menciona Sandoval).

La presencia de la cultura popular peruana, como formación viva que surge de aquellas tradiciones y de la cotidianeidad de la ciudad, se conjuga en la presencia de dos planos de la música sobre la escena. Uno, por detrás, recorre el cancionero popular del Perú moderno, donde se destaca la impresionante calidad interpretativa de Charo Goyeneche. El segundo, al frente, está conformado por los ritmos afroperuanos tocados con instrumentos no tradicionales y elementos de la vida cotidiana, piedras, carros de mercado, cajón de lustrabotas, zapateo y el famoso cajón peruano. La percusión y el baile nos llevan de la mano en un recorrido musical por los barrios limeños. Kimba Fá lleva la potencia de las calles al escenario y el público lo agradece.

El mar y la patria, el mito y lo posible

Tres hermanos llevan el cuerpo de su madre moribunda hacia el mar, hacia el sueño utópico de esa madre violenta que no abría el puño ni para saludar, de esa madre patria que pesa como los sueños,  de esa mujer madre patria abandonada y sometida. Llegar al mar es cumplir aquel sueño.

Sin embargo ese sueño es parte de los sueños que circulan por la obra. ¿Quiénes sueñan el sueño boliviano? ¿la madre? ¿los hijos? ¿la Patria de la armada sin mar? ¿aquellos que si quieren ir al mar se compran un boleto de avión hacia el Caribe? La memoria en Mar, la obra presentada por el grupo Teatro de los Andes de Bolivia,  parece ser el relato sobre lo que no fue y como tal no permite operar en el presente.

Ana, Miguel y Segundo cargan con el peso del cuerpo de la madre en un viaje hacia el mar, el de arena, el mar de agua, aquel que nadie nunca tuvo pero sin embargo se perdió. La obra por momentos parece la melancolía de una carencia más que el recuerdo de un paraíso efectivamente perdido. En ese viaje, cuando Ana se duerme, sus hermanos imaginan matarla para quedarse con sus bienes. Y traman un plan violento que Segundo explica a Miguel. Esa escena, por la brutalidad con la que narra aquel plan asesino, da cuenta también de toda la violencia machista sobre el cuerpo de la mujer. Pero ese gesto de muerte es aun más elocuente. Ante la propuesta asesina de Segundo su hermano Miguel contesta:

  • No puedo hacerlo, soy una persona religiosa
  • Entonces, lo que tenemos que hacer es tramar un plan donde Dios sea nuestro cómplice
  • ¿Y eso cómo se hace?
  • Eligiendo una verdad moral entre cien verdades morales

Este diálogo fue escrito en 2015. Evo Morales comenzaba recién el mandato que ha finalizado con el Golpe de Estado en Bolivia, inscripto moralmente bajo el nombre de la entrada de Dios en el Palacio del Quemado. Un golpe planeado con Dios como cómplice.

Los grandes artistas se suelen anticipar a la historia. Y esto hacen en esta subyugante Mar Alice Padhila Guimaraes, Gonzalo Callejas y Freddy Chipana más Arístides Vargas como dramaturgo invitado.

Mar toma la historia de la usurpación de la salida al Océano Pacífico que sufrió Bolivia a manos de Chile en la guerra ocurrida a fines del siglo XIX para repensar el presente. El relato del viaje de los hermanos se alterna con sueños que aparecen detrás de la puerta de la casa de la madre. Son cuadros que cuentan sueños imaginarios de la historia de Bolivia como el de la simulación constante de la Marina boliviana y el de la burguesía blanca y extranjerizada que se siente revolucionaria por instantes. Estos se entraman con el sueño marino de esa madre compleja, pobre, violenta, silenciosa, abandonada y demandante. También con el relato sobre el racismo y la vida sencilla de quien vive en la sierra, del que vive apenas con el pan diario.

¿Cómo se construye la nación a través de los sueños? ¿Cuál es el relato de Bolivia como nación, como colectivo, como identidad? El presente de Bolivia expresa la tensión a propósito de las múltiples memorias, las cultura, las identidades, los intereses, los “puntos de vista” –que es uno solo en el relato de los poderosos- y la posibilidad de la construcción colectiva a partir de esa complejidad.

La historia nacional en común es siempre un relato organizado por quienes dominan. Mar pone sobre la escena estas tensiones y estas relaciones de poder con perspectiva histórica, y así invita a pensar críticamente lo cotidiano.

El arte lo hace nuevamente.

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