Transgresión y pesimismo wayuu

“Cerezas en verano”: Transgresión y pesimismo wayúu

Por Jair Villano

No es mi propósito refutar el axioma -¡toda literatura parte de otra literatura!-, me propongo en cambio mostrar una maravillosa excepción: Cerezas de Verano, Vicenta María Siosi. Una escritura wayúu que, en este libro de diez relatos, nos ensaña algo honesto, vivificante, limpio: ajeno a cualquier clase de ismo.

Bueno, no es que en los relatos se inventen una forma, no es que renueve la sintaxis, no es que fulgure por el hechizo de su prosa, ni si quiera son temáticas rigurosamente novedosas. Es algo más interesante –es algo que debería enaltecer la literatura colombiana-: son otras historias, otros dramas, otras búsquedas.

Las historias de Siosi están revestidas por la tristeza y la injusticia de la que son víctimas la comunidad wayúu Tienen muchas virtudes: la de interrogar al lector por el argumento; la de interpelar su propia comunidad; la de hacer sentir; la de sensibilizar y al mismo tiempo de generar una suerte de culpa.

Lo cual podría dar a pensar que se inserta en esa inclinación literaria por retratar a los marginales, a los oprimidos, a los desgraciados –estoy pensando en Arlt, en Ribeyro, en Fonseca, por no salir del patio-. Sería más acertado señalar que Siosi es una de esas voces que junto a su coetánea Estercilia Simanca le ofrecen otra perspectiva a la literatura wayúu. Y que robustece una tradición que tiene su mayor reconocimiento en los años noventa, debido, entre otras cosas, a la publicación del poemario Contrabandeo de sueños del poeta Vito Apüshana, heterónimo de Miguel Ángel López, autor de un aporte que Miguel Rocha Vivas ha iluminado en su libro Palabras mayores, palabras vivas, estudio que además explora otras plumas indígenas y las condiciones sociohistóricas del auge de esta literatura.

Cerezas en Verano, visto desde otra perspectiva, es una narrativa de temáticas convencionales, pero con características genuinas. Es en ese conflicto, en esa doble condición, donde me parece a mí que explota la fuerza de esta narrativa.

De hecho, uno de los avezados de esta materia, Juan Winter Duchesne, lo destaca en su libro Caribe, Caribana: cosmografías literarias: “Más que la preservación de una identidad dada (…) lo interesante es explorar cómo ciertos modos de vivir y de crear símbolos del vivir responden a un esfuerzo de autogestión de las condiciones de vida y cómo existen literaturas que no sólo hablan desde esfuerzo, sino que también lo interpelan e interrogan gracias a la distancia otorgada por la dinámica propia de las artes verbales y la escritura”.

Dos

Todo esto suena emocionante, pero es necesario demostrar las virtudes estéticas de la escritora. Empecemos por El bebé duerme, un relato que en pocas páginas da cuenta del infortunio de una familia. Mappa y su esposo dejan a sus cuatro hijos solos, mientras ella y su marido salen a Riohacha a comprar hilos para tejer mochilas.

Los niños son de uno, cuatro, seis y ocho años de edad. Al quedarse solos, al mayor se le ocurre salir en busca de Isso (frutilla silvestre del tamaño de una lenteja). En ese camino se les ocurre ir un pozo. Los niños se entretienen tomando agua, y no se percatan de que el bebé fallece. Regresan a su hogar completamente desentendidos. Al llegar, su madre dirime por él. Le dicen que duerme.  Cae la noche, todo está normal. “Cerró la puerta para que no entraran los zancudos y se dirigió al chinchorro bajo la enramada, desenrolló los flecos y tocó al bebé. Estaba frio, rígido. Lo movió con brusquedad, pero no reaccionó. Llamó a gritos a su marido”.

Es un final descarnado que enseña una cruda realidad. Que en pocas páginas y sin necesidad de alardes o búsquedas estilísticas retrata la desventura de una familia que vive en condiciones económicas desventajosas.

El cierre resulta apacible: “El bebé había partido por el camino luminoso, al cielo infinito creado por Dios para los wayúu”. Pero el planteamiento es de una naturaleza atroz. Siosi cumple su propósito: generar perturbación en el lector.

La misma fatalidad –aunque con un asomo de esperanza- es ilustrado en Cerezas en verano, cuento que narra la desgracia de Ángel, Rosa y sus ochos hijos. El Calancala (río Ranchería) inunda su casa, sus chivos mueren, y como si fuera poco los ladrones se adueñan de sus otras pertenencias.  Sus hijos se abastecen de las cerezas que brotan después de las lluvias. “Si llueve tres veces al año, tres veces se cosecha cereza, pero en la tierra de los wayúu a veces pasan quince meses sin recibir agua del cielo”.

Ángel enferma; fallece. Rosa enferma. “Le diagnosticaron: gastritis, desnutrición, anemia, fiebre tifoidea, tuberculosis y un bajón en las plaquetas”. Todas las calamidades se juntan para Rosa y los suyos. Parece estar en las postrimerías. Se recupera.

El final es inexplicable: “Cuando las paraulatas cantaron jubilosas y el sol rempujaba sus rayos por los aleros de la casita, la indígena despertó. Era agosto. Hacía siete meses que no llovía y el calo abrasaba pronto el día. Cuando abrió la puerta un aroma dulce inundó su ser. El corazón le palpitó rápido. Dio unos pasos y lo pudo ver. Como si no lo creyera caminó más, fue, tocó una y se la comió. Ciertamente, todos los árboles de cereza que rodeaban sus ranchos estaban paridos”.

Nadie se explica cómo y por qué ocurrió eso. Pero ahí están las cerezas, que sirven para alimentar a sus hijos y para venderlas. ¿Qué será de Rosa y sus hijos después de que el hecho extraordinario desaparezca? No sabemos. Siosi termina diciendo: “Alguien, en el desierto inmenso de La Guajira, cuidaba de los wayúu”.

Un apunte suelto: ¡cómo no conmoverse!

En Huesitos pelados el planteamiento es igual o más tensionante. Una bebé que le es arrebatada a su madre por el clan de su esposo, que ante la muerte de él llega sin clemencia.

La niña crece en las peores condiciones de vida. Estando más grande logra escaparse y volver a manos de su madre. Para evitar que la vuelvan a raptar le toca criarse con una arijuna, que es como llaman los wayuu a los que no hacen parte de su comunidad. La niña cambia bastante. La madre le pide que cuando tenga su primera menstruación la entere, pues debe someterse al rito del encierro.

La niña desobedece. Es castigada. Pero ni así logra ser domada.

“-¿Para qué quieres la vida?- le preguntó la mujer.

-Para vivir distinta cada día- respondió Yurisán y se metió en el rancho”.

Del cuento como género se dice que debe ser certero y claro en la exposición de su argumento. En Huesitos pelados se tocan varios aspectos, y eso en lugar de ser una falencia es un gran acierto: es el drama de dos mujeres que deben resignarse al sometimiento. Una de ellas, la madre, representa el sufrimiento de la mujer wayuu, y la otra la mujer que transgrede, que se desembaraza de las reglas para vivir al tenor de sus propias reglas.

Dicha osadía es tratada de manera más vertiginosa en Cubierta de risa, que cuenta la historia de Asira y Püsiaa. La primera es una wayuu bella y rebelde que decide desligarse de las imposiciones que exige su cultura, que desobedece y no se casa con quien la pide como esposa y lleva una vida disoluta en Riohacha con los Arijuna. Püsiaa es su hija, una niña aún más deslumbrante que cae ante el vigilamiento estricto de su bisabuela y que se gana la envidia de las demás porque atrae a todos los jóvenes.

Las jóvenes buscan alejarla y como consecuencia acuden a una anciana que crea un rito que ataca a Püsiaa. Un año después, Püsiaa desaparece. Nadie vuelve a saber de ella. De su madre decían que tuvo cinco maridos, un hijo con cada uno, y que siempre buscaba amantes arijunas jóvenes y bellos.

El relato cobra un doble sentido: la libertad de la madre en contraposición con las venganzas de que es víctima su hija. De cualquier forma, es un cuento que cuestiona los valores y las jerarquías de la cultura wayuu. Y que además le transmite otras cualidades a la mujer. Propuesta gallarda y plausible la de Siosi.

En el libro hay dos cuentos en los que los protagonistas son hombres. Uno, Taléin, que tras un hecho desafortunado -una noche de copas-, pierde la posibilidad de entregarse al amor de su vida, Shái.

Shaí se entera de que Taléin estuvo con otra mujer y decide irse para Venezuela. Taléin no pierda la esperanza, pero a los dos años la luz se esfuma: Shaí se casa con un wayuu venezolano. El final del relato es de una belleza sombría:

“La noticia convirtió a Taléin en el indio más triste de La Guajira. Absorto gastaba sus ojos mirando al horizonte, buscaba en la soledad borrar su memoria. Secuestrado por sus penas arriaba sus chivos con gritos lastimeros y su familia, aunque no lo expresaba, sabía que el amor le duraría siempre porque, los wayuu que se enamoran lo hacen solo una vez en su existencia”.

Narración que si bien se ubica en un contexto con sus propias singularidades, no deja de ser ajeno a la experiencia de individuos que no hacen parte de él.

A pesar de las adversidades y las desventajas que rodean los personajes de Siosi, hay un elemento que también se hace presente: el humor. En el cuento La última hija de Kuka un hombre se arriesga a toda clase de peripecias con el fin de saber cuál es su fecha de nacimiento.

Cuando le pregunta a su madre por el número de sus años, ella le responde:

“-Le llevaba queso de cabra a Kukla, la dueña de la tienda de Panchomana, y ella me pagaba con maíz y panela. Cuando Kuka esperaba su octavo hijo, yo estaba embarazada de ti. Tú naciste una madrugada en medio de un torrencial aguacero que dañó los caminos y los rayos quemaron el cocal del Indo Epieyu. En meses no había caído una gota de agua por estos senderos y después tampoco llovió por ese año. Cuando fui a llevarle un queso después de tu nacimiento, la encontré parida y me dijo que había tenido una niña el día de la lluvia, pues los truenos la habían asustado. Tú apareciste en la vida el día que nació la octava hija de Kuka”.

Un regodeo revestido de elementos simbólicos y pregnantes, como la lluvia. Una respuesta que a mí se me hace bella, y que demuestra el oído de la escritora.

Tras un cúmulo de sucesos, el wayuu descubre que nació un 29 de septiembre de 1959. Y por azares lo terminan llamando Nueve.

Como en los demás relatos, en este hay varias aristas que alimentan la narración: la corrupción del político de turno, la condescendencia de una wayuu que le ayuda, y algunas de las características de la cultura, como lo baladí que resulta saber el día o la fecha del nacimiento.

En estas fabulaciones es fácil reconocer las cualidades literarias de Vicenta Siosi Pino: una pluma inteligente, audaz, cristalina. Escritora que en sus ficciones nos presenta al mundo wayuu desde una perspectiva que se es honesta a sí misma, que no se exonera de cuestionar, que utiliza elementos de la literatura convencional para contar la riqueza cultural, las heridas y las sombras de una cultura que invita a adentrarse en ella.

Cerezas en verano es uno de los libros más interesantes de la narrativa colombiana contemporánea.

El Espectador

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