Habla Pinelli

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Germán Pinelli y su «don de gente»

Con él los espectáculos adquirieron en Cuba una identidad propia, rica, avasalladora y llena de notorias sorpresas.

Por Orlando Carrió

Germán Pinelli, periodista, locutor multifacético, y actor, fue uno de los más sobresalientes artistas de la televisión y la radio cubana en el siglo XX. Ceremonioso, rimbombante a ratos, y un bromista capaz de dejarnos atónitos con chistes mordaces fue, más allá de cualquier análisis, un decano en su profesión.

Para algunos tuvo las máscaras del humorista natural y otros lo ven como un quijotesco caballero. Con él los espectáculos —incluso eso que llaman show— adquirieron en Cuba una identidad propia, rica, avasalladora y llena de notorias sorpresas.

Adiós al tenor

Pinelli nació el 15 de diciembre de 1907 en la calle Obispo, esquina a San Ignacio, frente al antiguo Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Es sagitario y tiene el poco entusiasta nombre de Gregorio José Germán Piniella Vázquez, que él redujo sin miramientos para hacerlo más comercial y quitarse de encima el sabor de las morcillas y los potajes de la Madre Patria.

Su padre, asturiano, fue un comerciante de buenos créditos en la capital y su madre, una madrileña de una vastísima cultura, realizó estudios en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde perfeccionó sus dotes en la declamación. El matrimonio engendró cinco hijos, algunos de ellos rendidos ante el arte y dispuestos a comerse las cañas del arrebato en busca del aplauso.

Según afirmó Josefa Bracero en el libro Rostros que se escuchan, editado por Letras Cubanas en 2002, Pinelli, cubano hiperbólico desde pequeño, se inclinó inicialmente por el canto con el férreo apoyo materno y a los seis años y medio debuta en un homenaje celebrado en el Teatro Nacional, donde recrea varias canciones asturianas. Más adelante, gracias a su voz de tenor clara y firme, llamó la atención de Enrico Caruso, cuando el divo nos visitó en 1920 y lo escuchó cantar la Cavallería Rusticana y Carmen.

Su primera incursión en los medios se produjo el 28 de octubre de 1922, con 15 años de edad y sólidos estudios en el religioso Colegio de Belén. Cuentan sus biógrafos que ese día se paró delante de los micrófonos de la PWX, de la Cuban Telephone Company, nuestra primera emisora radial oficial, y dejó sorprendidos a los oyentes por su talento y carisma. La transmisión, que se produjo dieciocho días después del nacimiento de la radiodifusión en nuestro país, se realizó desde el capitalino Teatro Campoamor y fue, en propiedad, el primer control remoto musical de la planta.

Tras fracasar en su intento de estudiar canto lírico en Italia por no recibir una prometida beca, Pinelli abandonó en 1925 sus intenciones de estudiar en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana y se fue a recorrer Cuba con su hermana María de la Soledad, quien actuaba, cantaba, bailaba y declamaba en la Compañía de Comedias de Manolo Fernández, donde al principiante lo bautizan como El Barítono de la Voz de Terciopelo.En más de una ocasión les comentó a sus amigos que Sol Pinelli, como era conocida, “fue mi mentora, fue mi amor, me llevó por todos estos caminos”.

Por fortuna, el abandono de las aulas no significó el fin de su formación: de manera autodidacta aprendió varios idiomas (inglés, francés e italiano) y empezó a experimentar con la guitarra, el piano y el serrucho musical. También perfeccionó sus aptitudes naturales para el canto con Tina Farelli y Arturo Bovy, dos profesores de mérito que lo ayudan a transformarse en un hombre culto y versátil.

Decidido a hacerse de un buen nombre, improvisa sentado al piano con la lengua suelta y la poesía en la cintura, recrea tangos mundanos en bares y reuniones de amigos y hace incursiones en cabarets de prestigio como el Casino Nacional y el Sans Souci, antes de ingresar en la compañía de zarzuelas del Teatro Payret, con la que interpretó obras al estilo de El gato montés. No obstante, pronto verá frustrada su carrera como tenor por sufrir una afectación en los pulmones que le restó voz. Entonces, se le fue media vida, aunque con la otra mitad hará maravillas.

«Habla Pinelli»

Pinelli en rol de comunicador nace casi al mismo tiempo que la radio. Y la fórmula con los años resultó novedosa, de amplia gama e incuestionable. Luego de pasar por varias emisoras capitalinas, con sueldos miserables de hasta cinco pesos al mes, este hombre que tuvo a Cervantes y a la Biblia como sus unicornios, entró en 1933 en la CMQ en calidad de escritor de notas para el Noticiero Nacional y dos años después ya es el redactor principal y jefe de los cuatros espacios dedicados a las informaciones de la poderosa planta.

En diciembre de 1937 se estrenó la popular «Corte Suprema del Arte», en la CMQ de Ángel Cambó y Miguel Gabriel, un show de aficionados conducido por José Antonio Alonso, donde surgen Rosita Fornés, Olga Guillot, Celia Cruz, Elena Burke, Tito Gómez y Ramón Veloz, entre otros. Las Estrellas Nacientes de CMQ, nombre de los ganadores trimestrales, se presentan en conciertos que abarrotan los teatros de la capital y participan en varias giras por las provincias, organizadas y dirigidas por Pinelli, encargado hasta ese momento de los comerciales. En aquellos tiempos asume, asimismo, algunos personajes humorísticos como un gallego que se luce de lo lindo en la zarzuela Cecilia Valdés estrenada en 1939 en el Teatro Nacional.

Rosita Fornés en una ocasión dijo de él: «El que iba en todos esos recorridos y nos presentaba en toda esa gente era Germán, fue como nuestro padre. Muy respetuoso, muy cariñoso, muy inteligente, una gente muy preparada, muy culta. Junto a su hermana Sol, una mujer sabia, trabajó sin descanso para convertir a principiantes anhelosos en profesionales de calidad.”

Tras estos primeros éxitos enfrenta las críticas de Goar Mestre, nuevo cacique de la CMQ desde 1943, quien pretendió apresarlo en la redacción noticiosa. En una entrevista realizada por el periodista Luis Báez para su libro Los que se quedaron, publicado en 1992, Pinelli reveló:

“Cuando Goar Mestre compró la CMQ me aseveró que yo no servía para el micrófono, pues no tenía buena voz y debía ocuparme del noticiero. Me pagaría el mismo salario. Le respondí que yo sí servía, pero no le gustaba a él. En realidad, tenía voz de ´pito globero´ y en aquellos días se buscaban timbres pastosos, de alcoba. Entonces, un buen día iba a efectuarse un evento en CMQ con todos los íconos de la emisora. Al empezar, el libreto no apareció. Me mandaron a buscar y dije que no por el noticiero. Insistieron. Al final, fui y arreglé el lío con pura improvisación. A partir de ese día, Mestre me puso la mano en el hombro”.

Su labor en la radio se hizo intensa a partir de los años cuarenta. Los proyectos le sobraron y él hizo del optimismo y la gracia natural un instrumento de contactos y tuteos humanos. Lo escuchamos, entre varios más, en “Ron Pinilla…”, que dura 14 años, “Habla Pinelli”, un comentario diario de actualidad que dura cinco minutos, y “Canadá Dry a las puertas de La Habana”, un espacio que se grababa en el aeropuerto, donde entrevista a las personalidades que desembarcan.

A partir de 1944 realizó, igualmente, la locución habitual del programa de Eduardo Chibás, que salió al aire todos los domingos por las ondas de la CMQ, hasta el suicidio del líder del Partido Ortodoxo ocurrido en agosto de 1951.

Incapaz de escapar de la polémica, llegó a tener todos los fines de semana hasta cinco programas de una hora pertenecientes a partidos políticos diferentes que le pagaban una buena plata, a pesar de su aversión por los trajines electoreros y las corruptelas.

Durante su extensa carrera se le recuerda por la narración que hizo, en vivo, de la masacre del reparto Orfila, en la que se involucraron grupos gansteriles y mafiosos afines al presidente Ramón Grau San Martín, y de la apertura de Radiocentro-CMQ, el primer edificio multifuncional construido en Cuba a finales de los años 40.

Su trabajo durante el tiroteo de Orfila, en especial, es digno de un artículo policial. Él y el fotógrafo Guayo se metieron debajo de un carro para reportar el hecho arriesgando sus propias vidas. La grabación que hicieron se convirtió, más tarde, en una prueba sumarial en un juicio. Fue la primera vez en la historia legal de Cuba que esto ocurrió.

Luego del triunfo revolucionario de 1959, describió la llegada de la Virgen de la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba, a la entonces Plaza Cívica de La Habana durante un congreso católico efectuado en 1960 y el sepelio de las víctimas del atentado al vapor La Coubre.

Nada de esto le impidió acreditarse durante los años 40 y 50 como el emblema promocional de las cervezas Polar y Cristal, la RCA Víctor y la fábrica de cigarros Competidora Gaditana, en las que hizo gala de sus habilidades de vendedor atrevido, minucioso, enfático, atractivo o fastidioso para algunos.

Las travesuras de Éufrates del Valle…

En diciembre de 1950 surgió la segunda planta de la televisión cubana (CMQ TV, Canal 6) y Pinelli hizo prevalecer su garra, chispa y humor corrosivo, para crear un nuevo tipo en la comunicación audiovisual que dejara huellas muy profundas y un recordatorio permanente, incluso, entre los que lo envidiaban.

Animó en sus comienzos el espacio de preguntas y respuestas “Cristal, risas y dinero”, que patrocinó la cerveza del mismo nombre, donde pasó las de Caín, pues a ratos debía probar el espumoso líquido. “Es que yo no bebo alcohol ninguno —les decía años más tarde a sus amigos— soy tomador de leche, chocolate y refrescos, y si hay dulces, mejor”.

En la década del cincuenta alcanzó un enorme rating con «Aquí todos hacen de todo» (algunos le llamaban el palo encebado) y acto seguido triunfó en el “El show del mediodía”, junto a José Antonio Cepero Brito, una hora dedicada a poner en pantalla a las charangas y conjuntos soneros de todo el país hasta su desaparición en 1967. Jesús Dueñas Becerra en su crónica “Germán Pinelli: gloria de la cultura cubana e iberoamericana”, relató:

“El público disfrutaba mucho con las bromas picantes que Pinelli le dirigía, en vivo y en directo al recordado Rafael Lay, director de la Orquesta Aragón, la cual alternaba allí con Fajardo y sus Estrellas. Todo eso era un espectáculo muy bien montado, que tenía la complicidad del director de la charanga eterna. Este se hacía el bravo y los televidentes creían que había perdido la tabla ante las mordaces andanadas lingüísticas de quien fuera en vida un gran amigo.Pinelli daba carreritas, hacía muecas y le sacaba lascas a la mímica. Era imposible de detener!!!”.

Después de 1959 protagonizó múltiples propuestas habituales de la televisión y del mundo del entretenimiento y encarnó al magro Éufrates del Valle en “San Nicolás del Peladero”, un personaje que se inspiró en dos o tres gacetilleros muy picudos que habían existido en los años cincuenta. Esta emisión de corte costumbrista mantuvo altos índices de popularidad durante más de 20 años. María de los Ángeles Santana, Premio Nacional de Teatro, nos recuerda a Pinelli con el desenfado de la alcaldesa Remigia.

“En San Nicolás del Peladero estaba otro de los grandes que se paseaba por los escenarios, no solo de Cuba, sino del mundo: Germán Pinelli. Era el alma del libreto. Sin pretenderlo ya hacía un humorismo con cultura y un sedimento magistral. Sabía lo que significaba poder plantarse ante una cámara y convencerla de principio a fin”.

Pinelli, Premio Nacional de Televisión, fue uno de los pocos artistas de Iberoamérica al cual le otorgaron dos veces el premio Ondas, galardón que desde 1956 entrega Radio Barcelona para destacar a los mejores locutores de habla hispana. Consuelo Vidal, su compañera en los actos públicos y festividades más trascendentes de Cuba durante más de 40 años, indicó en una ocasión:

“Nosotros nos decíamos papá y mamá, nunca por el nombre, jamás. Germán fue una persona de muy poquito comer, muy malcriada, él vivía de sopitas y helados que le encantaban. Yo soy quien soy, como animadora, gracias a ese maestro. Todo me lo enseñó él. Cuando había que bajar el tono, cuando hacerlo de feria. Nunca lo olvidaré en los eventos de elección de la reina del carnaval y sus luceros. Allí se lució de los lindo. Yo busqué un poema llamado ´Un amigo se va´, a fin de hacerle un homenaje”.

Paquita Armas Fonseca en su reseña “Buscando a Germán Pinelli” reflexionó:

“¿Tenía una voz agradable? ¡NO!, ¿era un hombre atractivo?, ¡NO!, ¿era un dandy vistiendo? ¡NO!. ¿Entonces?: era telegénico y poseía una vastísima cultura, unido a la habilidad de decir la palabra justa en el momento preciso, y poseer eso que llaman ‘don de gente’”.

Hombre romántico, incapaz de tener muchos amigos o enemigos y modelo de padre de familia durante sus tres matrimonios, además de padre exigente y recto, Pinelli no se libró del rumor, los chismes y las insinuaciones características, a ratos, del mundo de la farándula.

Durante mucho tiempo se dijo que se burlaba de las personas y usaba palabras desconocidas por la mayoría para educar a golpes y porrazos. Además, por los pasillos del ICRT corrió la “bola” de que el magistral actor de la película Los sobrevivientes, había sido regañado por el comandante Ernesto Che Guevara en un lugar público. Según algunos, Pinelli se dirigió a él llamándolo “Che” y recibió esta respuesta: “Che, para mis amigos, comandante Ernesto Guevara para el resto.

Interrogado sobre el incidente por Luis Báez en Los que se quedaron, Pinelli expresó:

“No, eso jamás pasó. Yo jamás hablé con el Che. Cuando más cerca estuve de él fue a 10 metros. Esa infamia ha permanecido… La verdad: yo respeto y admiro mucho al comandante Ernesto Guevara”.

Unos años más tarde, Ángel Arcos Bergnes le hizo la misma pregunta al héroe de la Batalla de Santa Clara durante la preparación de su obra Evocando al Che, impresa en 1992.

—No, eso no es cierto… —aseguró el guerrillero de la Sierra Maestra. Mi mayor respeto para ese compañero, nunca le he visto en persona, pero lo admiro de veras por su alta profesionalidad.

Germán Pinelli, padre de Germán, Isabel, Alina y Tony Pinelli, compositor, integrante del recordado cuarteto Los Cañas y actual cronista musical, falleció el 20 de noviembre de 1995, a los 88 años de edad, en el Cimeq, a donde es trasladado desde su casa del Reparto Atabey, en el municipio Playa, en La Habana.

Allí, este hombre legendario y lleno de sueños, honrado con la Orden Félix Varela, en primer grado, tenía una terraza rodeada de orquídeas, lirios y otras flores que regaba y cultivaba con amor. Aseguran sus allegados que jamás quiso irse del país, a pesar de que le llovieron los contratos, ni dejó de cantar, reír y recordar sus momentos de estrellato, sin olvidar los tragos amargos y las tonterías del prójimo.

OnCubaNews

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