Tinta añeja

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Tinta añeja: Ofelia Rodríguez Acosta, feminista, escritora, periodista

En un mundo eminentemente masculino, dominado por los intereses y puntos de vista del supuesto sexo fuerte, Ofelia hizo escuchar la voz de las mujeres, lanzó a los cuatro vientos sus certezas y convicciones sin temor a parecer desafiante, provocadora, para la machista y mojigata sociedad de su época.

Por Eric Caraballoso

Ofelia Rodríguez Acosta (Artemisa, 1902–La Habana, 1975) es una de las figuras más atrayentes y, paradójicamente, una de las más olvidadas de la intelectualidad cubana en la primera mitad del siglo XX. Los ecos de su vida, dispersos en varios libros e investigaciones, rastreables incluso en su propia trayectoria periodística y literaria, descubren silencios que, a la par de la fuerza de su obra, hacen de ella un enigma aún latente a 45 años de su fallecimiento.

En un mundo eminentemente masculino, dominado por los intereses y puntos de vista del supuesto sexo fuerte, Ofelia hizo escuchar la voz de las mujeres, lanzó a los cuatro vientos sus certezas y convicciones sin temor a parecer desafiante, provocadora, para la machista y mojigata sociedad de su época. La escritura fue su arma, su caja de resonancia. Por eso, en opinión de la ensayista Zayda Capote, más que una escritora feminista, podría considerarse una feminista escritora.

Para Capote, ella fue “ante todo, una intelectual, alguien que necesitaba expresar sus ideas sobre la manera en que estaba organizada la sociedad que habitaba”. Y para ello, acota, “muchas veces eligió el camino de la ficción”, de una narrativa en la que emergen, en opinión de la investigadora, los grandes temas del movimiento feminista cubano de entonces, entre ellos el reclamo por una ley del divorcio y el derecho femenino al voto, la moral social de la mujer, su sexualidad y su participación activa en la política.

Sus novelas, en especial La vida manda, de 1929, fueron un escándalo en su tiempo, una sacudida telúrica que removió los más conservadores cimientos patriarcales y la colocó de golpe en el ojo del huracán, tachada de inmoral por muchos, pero defendida por otros, como su contemporánea y compañera de causa Mariblanca Sabas Alomá, que descubrieron en su estilo naturalista y en la trama de sus historias una narradora a la altura de Miguel de Carrión.

Hija de un patriota y político artemiseño, colaborador de Antonio Maceo durante la invasión a Occidente y ocupante de varios cargos durante el período republicano, Ofelia demostró tempranamente sus dotes literarias con la publicación de su primer libro, titulado Evocaciones, con apenas veinte años de edad. Luego, a lo largo de los años 20, iría creciendo como activista y escritora, al vincularse a organizaciones como el Club Femenino de Cuba, del que fue bibliotecaria, y fundar la revista Espartana, en 1927, que aun cuando solo tuvo dos números, logró reunir firmas como las de Enrique José Varona, Enrique Serpa, Dulce María Loynaz y María Villar Buceta. Desde el propio nombre de la revista, que ella misma calificara como “bandera de combate” y “cota de malla guerrera con que armamos nuestro brazo”, hasta su “poderosa ilustración de portada —esa figura femenina art déco, hierática, vestida con una especie de peplo y portadora de una palmatoria— no dejan lugar a dudas acerca de su combativa orientación”, afirma Capote.

La Libertad, Madrid, 14 de septiembre de 1933.

Participó en la lucha contra la tiranía de Gerardo Machado, en manifestaciones como en la que perdió la vida el joven Rafael Trejo, y fue una de las firmantes de un manifiesto al pueblo de Cuba, en el que un grupo de mujeres intelectuales denunciaron los desmanes de la dictadura machadista. Ya en la década de 1930, gracias a una beca del Ministerio de Educación, salió de la Isla para realizar estudios en Europa y México. Pero, a la par, dejaría constancia de su travesía en un conjunto de crónicas mayormente descriptivas ―un género, la crónica de viaje, al que ya se había acercado años atrás en sus Apuntes de mi viaje a Isla de Pinos―, que publicaría en la revista Grafos, con fotos de su propia autoría, y que reuniría en un volumen publicado en México bajo el título Europa era así.

Miembro del Colegio Nacional de Periodistas de La Habana, colaboró con diversas publicaciones cubanas y extranjeras, entre ellas El MundoEl DíaEl Heraldo, la ya mencionada GrafosSocial, y la Revista de La Habana, en la que dirigió la sección “Feminismo”, así como Nuevo mundo (España), La Crónica (Perú) y Ambos Mundos (Francia). Mención aparte merece su desempeño en la revista Bohemia, donde trabajó como editora y para la que escribió numerosos artículos y cubrió algunos de los hechos más importantes de la época, entre ellos el ras de mar que en 1932 barrió el poblado camagüeyano de Santa Cruz del Sur. Hasta allí viajaría como reportera de la revista y escribiría, según el criterio de Zayda Capote, “crónicas inolvidables por su violenta llaneza”.

También ejercería el periodismo en México, donde vivió en las décadas del 40 y 50, y se integró a organizaciones como la Agrupación de Trabajadores Intelectuales y el Ateneo Mexicano de mujeres. Volvería a Cuba tras el triunfo revolucionario de 1959, pero las referencias a su vida y su quehacer intelectual a partir de entonces escasean, imponen lo que Capote llama “un vacío biográfico”, que deja en el aire no pocas interrogantes y se salda mayormente con el triste dato de que con los años perdería la vista, quedaría inválida, y terminaría sus días estando internada en el Asilo Santovenia, en La Habana.

Pero, más allá de estos vacíos sobre los años finales su vida, la obra de Ofelia Rodríguez Acosta basta para reconocerla como una precursora, como una intelectual, periodista y escritora consecuente, como una feminista convencida que enfrentó sin temores los prejuicios y estrecheces de su tiempo y no escondió su opinión sobre los temas que consideraba necesarios, por escabrosos y silenciados que fueran. Así lo hace en “La mujer pagada”, un comentario publicado en Bohemia en 1932 en el que aborda sin tapujos el controversial tema de la prostitución y en el que profundiza en las causas, en las aristas sociales de una actividad que no respalda, pero por la que tampoco responsabiliza a las mujeres que la practican. Su mirada, aguda y cuestionadora, resulta un campanazo en la conciencia social de entonces cuyos ecos pueden escucharse todavía hoy.

La mujer pagada1

Los moralistas, con su olfato policíaco, han enfilado siempre sus censuras persecutorias contra la mujer que alquila su cuerpo. La mujer pagada al por menor en las casas de placer, es para ellos la afrenta más grande al honor, a la decencia, al hogar, a la sociedad. Y mientras más la atacan, la acorralan, la vejan, más satisfechos y descansados se sienten en su condición de hombres honrados, morales, honorables.

Y son ellos los que, con su virtud acrisolada, su vida egoísta, íntimamente deshonesta, sostienen y alimentan la miseria física y espiritual de esas mujeres.

Por ellas sus hijas pueden ser lo que ellos llaman puras. Sus esposas virtuosas. Sus hermanas serias. Y todas ellas pueden vivir en condiciones de higiene sexual.

Como hay enfermedades líricas y místicas, las hay trágicas: y ninguna lo es más que aquella que se da como una flor de detritus, en los antros burdelescos. Sí, es cosa que mueve a asco, a vergüenza, la palabra, la figura, la mirada, la intención de esas mujeres cuando le cruzan a una por el lado, como sucede hoy en plena tarde por estas calles de La Habana. La visión objetiva es repugnante.

Pero si vemos el espectáculo con un poco de penetración psicológica, a través de ciertos conocimientos científicos, y con espíritu de responsabilidad social, la impresión deja de ser repulsiva, para ser compasiva: para movernos a indignación contra los verdaderos causantes del mal, para protestar con todas nuestras energías del sistema económico que rige, con pretextos de moral dudosa, nuestra vida, nuestro desenvolvimiento, nuestro engranaje social.

El hetairismo es uno de los tantos funestos resultados de nuestro funcionamiento estatal. Es una de las más terribles y tristes consecuencias de la forma actual de la familia, del hogar respetable de hoy. Es una de las más bárbaras explotaciones del capitalismo, y uno de los más graves errores, de los crímenes más atroces de la injusticia y de la moral burguesas.

La esposa, ¿no es acaso, también, una mujer pagada? ¿No comercia con su cuerpo con su mismo marido, al venderle sus caricias por trajes, joyas, viajes y automóviles? ¿No se da a veces sin amor y hasta con repulsión, por el dinero que recibe? ¿Y no burla al marido con infidelidades a veces abyectas? ¿Y no hace al esposo responsable, en infinidad de casos, de las consecuencias de sus licenciosas trivialidades?

Pero todo eso, por el hecho de que la respalda el certificado matrimonial, salva del deshonor […] de una venta vil.

Con establecimiento o supresión de causas, con escuelas, hospitales y tesis eruditas, más o menos científicas o filosóficas, y aun con campañas de profilaxis moral, no se puede dar solución a un problema tan pavoroso. Lo prueban los siglos que la humanidad lleva discutiendo sobre lo mismo.

Reformatorios, métodos evolutivos, educacionales, solo pueden ser agentes de seguridad social, medidas auxiliares complementarias, necesarias en la imprescindible convivencia de generaciones formadas en este absurdo concepto, en esta terrible realidad. Para atacar el mal en su raíz, para lograr la verdadera solución y renovación estructural, es preciso normas razonables, justas, morales, de trabajo.

El trabajo, he ahí la clave del origen de la condición de la mujer pagada. Solo cuando la mujer trabaje para sí en la medida que trabaje para la comunidad, solo cuando se le dé a esa enorme legión de mujeres sin preparación y sin oportunidad, un trabajo decoroso, podrá alcanzarse la eliminación en la vida social de la hetaira.

¡Ah!, y cuándo, dentro de toda esa moral relacionada, se haga del amor una verdad y no un misterio, un derecho natural y no una opción de por vida, una libertad y no una esclavitud, una moral y no un vicio, un conocimiento y no una ignorancia, una cosa privada y no un chisme público, una responsabilidad y no una diversión.

On Cuba

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