En Chile, los festejos de su cumpleaños comenzaron en julio, con el lanzamiento de su más reciente libro, “El último apaga la luz”.

Nicanor Parra Sandoval, conocido en el mundo de la literatura como el “antipoeta”, y considerado por muchos como el último de los “históricos” líricos chilenos con vida, cumple este martes 103 años de existencia.

En su más de siglo de vida, el poeta, matemático y físico ha influido de manera profunda la prosa latinoamericana. Es ganador del Premio Nacional de Literatura (1969) y el Premio Miguel de Cervantes (2011), además de haber sido postulado tres veces como candidato al Nobel de Literatura.

Pese a las variaciones que su estilo ha adquirido a lo largo de los años, siempre se ha caracterizado por su contenido crítico, cuestionador, irreverente y contingente; incluso, desafiando el vanguardismo histórico de sus compatriotas Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Sus obra aborda el absurdo, el humor y la cultura popular; practicando lo que muchos llaman la “democratización” de la poesía y la apertura de esta a otros públicos, llevándolo a ser señalado como el creador de la “antipoesía”.

En el marco de su cumpleaños, Parra lanzó su más reciente trabajo “El último apaga la luz” (2017); un libro que se aleja de la prosa y ofrece textos completos, y que llegará a países como España, Argentina, Perú, Uruguay y México a fines de este año. Asimismo, Francia decidió festejar su aniversario publicando una selección bilingüe de sus obras, a cargo de la editorial Seuil y la Maison de l’Amérique Latine.

En Chile, las celebraciones estarán a cargo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y de Publicaciones UDP de la Universidad Diego Portales, quien edita los trabajos del antipoeta. “Es una especie de patrimonio en constante provocación, que ha hecho de su apellido uno noble. ‘Parra’ es el único apellido noble chileno, y la gente lo siente así. Son los presidentes de la República quienes lo van a ver a él, y no al revés” aseguró Matías Rivas, director de la editorial.

Su vida

Nicanor nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, localidad cercana a Chillán, sur de Chile. Es el mayor de cinco hermanos -ya fallecidos-, entre ellos la cantautora y artista visual Violeta Parra y los músicos y folcloristas Roberto y Eduardo y “Lalo” Parra.

En 1937 se graduó como profesor de Matemáticas y Física y ese mismo año publicó su primer texto, “Cancionero sin nombre”. En 1943 se especializó en Mecánica Avanzada en el Institute of International Education a la Universidad de Brown, Estados Unidos; tomando cursos de Cosmología en la Universidad de Oxford, años más tarde.

Fue en 1954 cuando lanzó la segunda -y más reconocida- de sus obras, “Poemas y Antipoemas”, considerado por los críticos de la época como una obra revolucionaria en el campo de la lírica. A lo largo de su carrera ha escrito más de 20 libros, y obtenido 24 premios y reconocimientos, tanto nacionales como mundiales.

Publicado en Telesur

El refugio de Nicanor Parra en La Reina

Por Javier García

Hace dos semanas estuvo nuevamente en su hogar ubicado en la calle Julia Bernstein. El antipoeta, quien este martes cumple 103 años, vivió ahí tres décadas, antes de instalarse en Las Cruces. Allí se hospedó Allen Ginsberg, crió a sus hijos, vio por última vez a su hermana Violeta y le dio forma a los Artefactos. Hoy sus nietos recuperan el lugar.

“ Es la D de Dios”, acostumbraba repetir Nicanor Parra para precisar la dirección de su casa ubicada en lo alto de la comuna de La Reina. Calle Julia Bernstein 272-D. La casa no ha cambiado mucho pero el sector está rodeado de nuevas construcciones. En su mayoría, exclusivos condominios. Un paisaje muy distinto al que vio el antipoeta cuando llegó a adquirir el amplio terreno en 1958. Allí, entre zarzamoras y bambúes, instaló una cabaña que con el tiempo fue ampliando. Así descubrió al desmalezar un jardín japonés. Una serie de fuentes, escaleras y caminos de piedras son aún evidencia de ese pasado. Quienes llegaban hasta allá demoraban en promedio una hora desde el centro de Santiago.

Hace dos semanas, el autor que con Poemas y antipoemas revolucionó la poesía en lengua española del siglo XX, regresó a su hogar en los faldeos cordilleranos. Parra estuvo acompañado de algunos de sus hijos y nietos. Estos últimos, liderados por Cristóbal “Tololo”, están recuperando la casa, declarada como Inmueble de Conservación Histórica por la Municipalidad de La Reina. Desde ese sitio donde marcó su lugar en la poesía chilena: “¡Viva la Cordillera de los Andes! / ¡Muera la Cordillera de la Costa!” (Versos de salón, 1962), haciendo referencia a su hogar y al de Pablo Neruda, quien vivía en la playa de Isla Negra.

Nacido el 5 de septiembre de 1914, Nicanor es el único sobreviviente de los hermanos Parra Sandoval. Este martes cumplirá 103 años. Su deseo: celebrar junto a su familia en La Reina. En ese hogar donde vivió por más de tres décadas, crió a sus hijos, se refugió de los ataques políticos, le dio forma a los Artefactos, creó las Bandejitas de La Reina protagonizadas por un corazón con patas llamado Mr. Nobody, y que dejó en 1994 para instalarse en el balneario de Las Cruces.

Antes de llegar a Julia Bernstein, Parra ya vivía en el sector. Primero en Larraín 6006 y luego en Paula Jaraquemada 115. Es la década del 40 y el profesor de Física y Matemáticas está casado con Ana Troncoso, con quien tuvo tres hijos: Catalina, Francisca y Alberto. Instalado ya en el nuevo hogar, en los 60 comparte el lugar con Rosa Muñoz con quien tiene a Ricardo “Chamaco”. Una década más tarde nacen Colombina y Juan de Dios “Barraco”, hijos de Nury Tuca.

“Por lo general, los taxistas se niegan a subir hasta allí: alegan (lo que es cierto) que el viaje es largo y que no siempre consiguen clientes para la vuelta al centro”, escribió a fines de los 60, en un artículo sobre Parra, el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal. “No hay teléfono; el cartero no llega… Nicanor parece vivir en otro planeta”, agrega del recinto donde Parra, quien padece de asma, está rodeado de vegetación, cría gansos, juega con sus perros Capitán y Violín, y maneja sus primeros autos escarabajos Volkswagen. A parte de La Reina y Las Cruces, Parra tiene otras dos casas. Una en Conchalí (hoy Huechuraba) y otra en Isla Negra.

La Pagoda y la fiesta

Una reja alta de fierro divide la calle del camino, rodeado de sauces, rumbo a la casa. Un trayecto donde las pircas, jardines y ampliaciones fueron hechas por Roberto Parra, autor de La Negra Ester. Hasta ahí llegó el director Andrés Pérez, a fines de los 80, para darle forma a la obra basada en las décimas. El “Maestro Pinina”, lo llamaba su hermano Nicanor. El hogar para Roberto era “La universidad abierta de La Reina”.

Hasta lo alto de Santiago llegaban sus alumnos del Instituto Pedagógico, además de admiradores, amigos y escritores como Enrique Lihn, Oscar Hahn, Antonio Skármeta, César Cuadra, Ignacio Valente, Ronald Kay, Jorge Teillier, Raúl Zurita, Elvira Hernández y Jaime Quezada. En ese paisaje lo retrataron fotógrafos como Hans Ehrmann, Paz Errázuriz y Luis Poirot.

“El altillo atiborrado de libros y papeles con trozos escritos eran un marco atractivo, pero un poco obvio. Me gustó mucho más la imagen que le tomé en medio de unos árboles recitando el Rey Lear, de Shakespeare en el momento que terminaba la traducción”, rememora Poirot, quien lo fotografió en la parcela en varias ocasiones entre 1969 y 1984.
“Anoche he ido a casa de Nicanor Parra a dejar el cuestionario para Árbol de Letras en compañía de Rolando Cárdenas (…) Largo viaje hacia La Reina, en donde nos mortifica ‘un horizonte de perros’”, escribió Jorge Teillier en 1968.

A inicios de esa década dos escritores de la generación Beat, Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, aterrizaron en Chile para participar en el Primer Encuentro de Escritores Americanos de Concepción.

Venían por dos semanas, pero Ginsberg se quedó tres meses en el país. Un par de semanas el autor de Aullido alojó en La Reina. “Viví en casa de Nicanor Parra, y estaba sin un centavo, no tenía dinero para regresar a Estados Unidos”, recordó en 1994, quien tradujo al inglés algunos poemas del Premio Cervantes.

Hoy la casa sigue conservando en su entorno los cercos hechos con respaldos de camas. Las cortinas cosidas con retazos de tela por la mamá del clan, Clara Sandoval. Hay muebles de antigua madera, loza traída desde China, un piano vertical Apollo Dresden, y un arpa, una guitarra, una lámpara y un reloj, de Violeta. La hermana querida de Nicanor, que el sábado 4 de febrero de 1967, un día antes de suicidarse, lo fue a visitar. “Te voy a cantar una canción: se llama Un domingo en el cielo”, le dijo Violeta regresando por el camino de tierra a su carpa ubicada en La Cañada.

Dos años después, en 1969, con 29 años el narrador Antonio Skármeta entró al hogar de Parra para saludarlo por el recién obtenido Premio Nacional de Literatura.
“Hubo una ceremonia espontánea. Llegó mucha gente. Fue muy bonito”, recuerda Skármeta. “En los 70 también lo visité. El era profesor del Pedagógico. Siempre lo recibía a uno con amabilidad, con un vaso de vino o una taza de té. Entonces yo tenía una Citroneta y a veces me costaba que llegara hasta arriba”, dice hoy el Premio Nacional 2014.

Llegando 1970 un malentendido complicó a Parra. El 15 de abril de ese año, en plena Guerra Fría, mientras asistía en EEUU, al Festival de Poesía organizado por la Biblioteca del Congreso en Washington fue invitado junto a otros poetas por la Casa Blanca, donde fue fotografiado con Pat Nixon. La imagen le costó un quiebre con la izquierda chilena y latinoamericana. La tranquilidad de su parcela en La Reina se transformó en su refugio. De ahí nacieron los Artefactos (1972), postales armadas con imágenes y frases. Una iba directo a sus detractores: “Hasta cuando siguen fregando la cachimba: Yo no soy derechista ni izquierdista. Yo simplemente rompo con todo”.

“Eran años de dictadura y el poeta se mantenía al tanto de todo y todo lo que pasaba se diseccionaba sobre su mesa. Ante las cosas más duras no perdía el humor, lo que a veces se agradecía. Muchos llegaban adormilados, pero el poeta estaba siempre muy despierto”, dice hoy la poeta Elvira Hernández, quien solía ir con un grupo de jóvenes los días sábado. En la semana, el poeta bajaba al centro de la ciudad a dar clases en el Departamentos de Estudios Humanísticos de la U. de Chile.

Por esos años tenía una cabaña junto a la casa que llamó “La Capilla”, donde alojaban sus invitados. Cuando se juntaba un grupo de amigos lo llamaba “El Club de caballeros”. Además Parra levantó “La Pagoda”, construcción de dos pisos, donde tenía su biblioteca. Aún se pueden ver ejemplares de Rubén Darío, Francisco Encina, la Lógica de Hegel, poemarios de William Carlos Williams, Kenneth Rexroth, T.S. Eliot, Shakespeare, y primeras ediciones de sus libros Hojas de Parra y Sermones y prédicas del Cristo de Elqui. Sin embargo, la mayoría de sus libros están en otro recinto.

También visitó la casa de La Reina el poeta Raúl Zurita. Aunque reconoce que lo trató más en su hogar de Isla Negra. “Era una casa extraordinariamente bella. Yo recuerdo dos de sus obsesiones literarias, que presencié: el Martín Fierro y el Tao Te King. Siempre estaba con una ruma de libros”.

Otro episodio que aparece en su memoria es una fiesta a fines de los 70, que surgió con los amigos de Ana María Molinare, quienes se instalaron hasta en la calle. Ella de clase alta, era casada y tenía 32 años. Nicanor 64. Fue la mujer quien inspiró, tras suicidarse, el poema El hombre imaginario. Zurita recuerda que esa noche Nicanor le decía, dando vueltas de un lado a otro: “¡Se tomaron la casa los pitucos!”.

Publicado en La Tercera

Un homenaje al antipoeta Nicanor Parra

Por Francia Fernández

Aunque rehúye de las cámaras y las entrevistas, y vive atrincherado en su casa de Las Cruces —en el litoral central de Chile—, desde hace al menos una década Nicanor Parra se ha convertido en una estrella de rock. “Es una especie de patrimonio en constante provocación, que ha hecho de su apellido uno noble. ‘Parra’ es el único apellido noble chileno, y la gente lo siente así. Son los presidentes de la República quienes lo van a ver a él, y no al revés”, dice Matías Rivas, escritor y director de publicaciones UDP (Universidad Diego Portales), quien, desde el 2004, se encarga de editar las obras del antipoeta chileno.

     El 5 de setiembre, Parra —un hombre de mechas blancas, mirada chispeante y lengua mordaz, que suele poner a prueba a su interlocutor, como se constata al tenerlo enfrente— cumple 103 años. Su nueva edad lo encuentra fiel a las rutinas que, según él, le han permitido vivir tanto tiempo: una dosis de ácido ascórbico por la mañana y una siesta por la tarde. Sobre el regazo siempre apoya un cuaderno en el que anota sus impresiones sobre el mundo. También lee el diario y libros antiguos en los que encuentra palabras que le disparan ideas o le sorprenden. Está medio sordo, pero con la mente despierta y la actitud insolente con que sacudió las letras latinoamericanas, cuando publicó Poemas y antipoemas en 1954.

     Entonces, a contracorriente de la formalidad lírica imperante, echó mano del humor y el habla cotidiana en sus versos: “El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos”, anunció en “Advertencia al lector”. Poco después, en su conocido poema “Manifiesto” afirmó: “Los poetas bajaron del Olimpo/ Para nuestros mayores/ La poesía fue un objeto de lujo/ Pero para nosotros/ Es un artículo de primera necesidad: / No podemos vivir sin poesía”. Y en otro escrito dijo: “Jóvenes/ Escriban lo que quieran/[…] En poesía se permite todo…”. De paso, sacó unas cuantas ronchas en sus colegas más tradicionales.

Nicanor Parra

El poeta vive prácticamente atrincherado en su casa de Las Cruces. En los próximos meses llegará a librerías peruanas El último apaga la luz, un libro que recupera gran parte de su obra. [Foto: El Mercurio GDA]

     Ahora ha vuelto a las librerías locales con El último apaga la luz, un libro que el sello Lumen le confió a Rivas y que, a partir de fin de año, se publicará en España, Argentina, Perú, Uruguay y México. Se trata de una obra selecta de 470 páginas, que, a diferencia de otras antologías, como Obra gruesa (1969), incorpora textos completos: Poemas y antipoemas, La cueca larga (1958), Hojas de Parra (1985), y obedece, según Rivas, a un deseo de mostrar al público de habla hispana al Parra estrictamente literario. El resultado es una compilación realmente apegada a su trabajo y su estilo, desde el título “parriano”, si bien corresponde a una frase hecha. “Me interesaba que él aprobara el título, porque conozco sus mañas y les da importancia a los títulos”, comenta Rivas, quien comenzó su relación con Parra a principios de este siglo, cuando se le acercó para convencerlo de publicar una versión del Rey Lear, de Shakespeare —que el poeta había traducido en 1992 para una montaje del Teatro de la Universidad Católica—, con edición de Alejandro Zambra, y que por su lenguaje acertado y callejero tuvo una gran aceptación. El escritor argentino Ricardo Piglia dijo, por ejemplo, que le aseguraría a Parra “un lugar de honor en una Enciclopedia biográfica de traductores inmortales”.

                       —Artefactos, voces e influencias—
Hace mucho que Parra —físico, matemático, Premio Nacional de Literatura y, más recientemente, Premio Cervantes— se expresa también a través de sus “artefactos”. Según le contó al diario El Mercurio en 2004, estos habrían nacido luego de ver un afiche del pintor Roberto Matta, en que aparecía una mujer desnuda con la leyenda: “Se ruega tocar”. Son cachivaches poéticos: dibujos combinados con frases, juegos de palabras, como su famoso epitafio: “Voy y vuelvo”, o la locución: “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, o miniinstalaciones, como “La máquina del tiempo”, con unas cuantas máquinas de escribir que no usó —escribe a mano—, ubicada debajo de la escalera, en su casa de Las Cruces, y que han podido verse en las muestras dedicadas a la obra del poeta en los últimos años.

     Según Rivas, su obra visual “da para otro libro”. Para El último apaga la luz, que contiene poemas que Parra publicó en los setenta en la revista Manuscritos de la Universidad de Chile —institución en que se formó y donde dio clases durante más de 50 años—, así como poesías dispersas que en el libro están agrupadas en un capítulo llamado “Calcetines huachos”, el editor ‘ordenó’ las diferentes facetas que ha tenido el antipoeta a lo largo del tiempo. “Descubrí su habilidad para metamorfosearse y algunas obsesiones”. No se refiere a temas como el amor, la muerte, la política, la religión o el sexo, que se repiten en su obra, sino, “sobre todo, a las condiciones reales de la vida. Las voces de personas que hablan por urgencia, por desesperación; gente que tiene algo que decir, no por mera cháchara. A Parra le interesan esas personas: los mendigos, los enfermos, los viejos. Él incorpora a una serie de sujetos marginales de la sociedad, como el ‘energúmeno’ o el predicador. Tiene distintas máscaras. Y creo que dentro de la poesía latinoamericana cumple ese mismo rol”. Un ejemplo es el personaje de Sermones y prédicas del Cristo del Elqui (1977) que, en plena dictadura, decía: “…en Chile no se respetan los derechos humanos/ aquí no existe libertad de prensa/ aquí mandan los multimillonarios”.

Nicanor Parra y sus hijos

Parra con sus hijos menores, Colombina y Juan de Dios, en la casa de La Reina, en 1974. [Foto: archivo Nicanor Parra]

     Parra —ganador del Premio Juan Rulfo en 1991— le dijo a Rivas que, “de algún modo, todo esto lo aprendió de César Vallejo, cuyo hablante de los Poemas humanos [1939] es un sujeto común, afectado por la modernidad, un pobre desgraciado. A Parra, siendo muy distinto a él, le interesa mucho, lo considera un padre literario”. En uno de sus poemas, de hecho, lo llama el “inconmensurable cholo Vallejo”, si bien repitió más de una vez que su “maestro de maestros” había sido Kafka. “Parra no escribe a lo loco. En su obra selecta, que es breve, cada sílaba cuenta, y en eso también se parece a Vallejo”, opina Rivas. “Ninguno de los dos vomita la poesía como Neruda. Tienen una conciencia de la economía de las palabras. Eso fue muy importante cuando en Latinoamérica había un exceso de barroco”.

     Al comienzo de su carrera, otras influencias fueron Walt Whitman y Federico García Lorca —reconoció haber escrito Cancionero sin nombre (1937) bajo los influjos del poeta granadino—. Más tarde declararía su proximidad a Ernesto Cardenal, Julio Cortázar y Carlos Pezoa Véliz; y su gran admiración por Rulfo. En uno de sus viajes a Estados Unidos —donde estudió Mecánica Avanzada en la Universidad Brown—, descubriría al argentino Macedonio Fernández, mientras que a Shakespeare lo “abrazaría” en Oxford, cuando cursaba un doctorado en Cosmología, que abandonó para sumergirse en las obras de los poetas ingleses. También habría sido cercano a José María Arguedas, cuando el escritor andahuaylino vivió en Santiago. Se conocieron en 1962. Arguedas lo recordaría así: “Mucha ciudad tenía adentro o tiene adentro ese caballero tan mezclado y nacido en pueblo, el más inteligente de cuantos he conocido en las ciudades”.

     Rivas destaca que ambos tenían una idea similar del indigenismo. “En ese sentido, Parra es un precursor. Todo lo que está pasando con los mapuches lo tiene en sus registros hace rato. En los ochenta ya hablaba de ecología. Es capaz de interpretar a gente diversa, y por eso se ha convertido en un rockstar”. Es “un punk”, que siempre se ha ufanado de su independencia frente al gobierno de turno y frente a todo. El año pasado, por ejemplo, se negó con un “a otro Parra con ese hueso” a la petición de la presidenta Bachelet —quien el 2014 lo visitó para su centenario— de crear un artefacto para promocionar la reforma de la Constitución de 1980, heredada de Pinochet. Antes, el 2006, durante una muestra en el Centro Cultural Palacio de la Moneda, Parra puso una obra, “El pago de Chile”, en la que todos los presidentes del país colgaban ahorcados.

Nicanor Parra

Nicanor Parra está medio sordo, pero con la mente despierta y la actitud irreverente de siempre.

                      —En defensa de Violeta y de sí mismo—
Nacido en San Fabián de Alico, una localidad rural del sur de Chile —región del Biobío—, Nicanor Segundo Parra Sandoval conoció la miseria desde la cuna, al igual que sus ocho hermanos —el menor, Caupolicán, murió cuando era un bebé—, y dos medio hermanas mayores, por parte materna.

     Fue el primogénito de un bohemio profesor de primaria y guitarrista, y de una modesta costurera que cantaba canciones campesinas. De esa larga prole que andaba sin zapatos —solo Nicanor podía permitírselos, por ser el primero— y cantaba por monedas en las calles y hasta en los burdeles, destacarían la indómita Violeta Parra, que fue una niña enfermiza que escribió su primera canción a los nueve años; y los folcloristas Roberto —autor de las décimas de La negra Ester, un musical autobiográfico que el director Andrés Pérez llevó a las tablas en 1988 y se convertiría en la obra más vista del teatro chileno—, y Eduardo, el “tío Lalo”.

     A los 15 años, luego de haberse mudado con su familia a sitios como Chillán y Lautaro, Nicanor Parra se marchó a Santiago para ser carabinero. Gracias a la intervención de un profesor y a una Liga de Estudiantes Pobres, ingresó al Internado Nacional Barros Arana (INBA), donde más adelante trabajaría como inspector y profesor de Física y Matemáticas.

     Mientras se abría caminos en la capital, Parra ayudaba a su madre económicamente y convenció a Violeta de seguir sus pasos, cuando murió su padre, en 1932. Instalada en Santiago, Violeta formó un dúo con su hermana Hilda. Las hermanas Parra —como se hacían llamar— cantaban boleros y farrucas en bodegones, y también editaron discos con RCA Victor. En 1953, Violeta emprendió una carrera en solitario, hasta transformarse en la cantautora más universal de Chile. Fue Nicanor quien la estimuló a encontrar su propia voz, y hasta le regaló una grabadora Philips que compró en Europa para su tarea de recopilación folclórica, que le tomó 15 años.

Nicanor Parra

Nicanor Parra ha recibido el Premio Nacional de Literatura (1969) y el Premio Miguel de Cervantes (2011), entre otras distinciones. [Foto: Archivo]

     A principios de los sesenta, Parra escribió Defensa de Violeta Parra, en respuesta al desdén con que el establishment elitista trataba a su hermana. “Pero los secretarios no te quieren/ Porque tú no te vistes de payaso/ Porque tú no te compras ni te vendes/ Porque hablas la lengua de la tierra/ Viola chilensis. ¡Porque tú los aclaras en el acto!”. Ella —de cuyo nacimiento se cumplen cien años en octubre— decía: “Sin Nicanor, no hay Violeta Parra”. Mucho después de su suicidio, en 1967, él declararía: “Éramos como vasos comunicantes”. En el papel no dejó de preguntarse: “Dónde voy a encontrar otra Violeta”.

     No sería el único gran dolor de Parra. A fines de los setenta se enamoró de Ana María Molinare, una mujer casada que, ocho años después, se arrojó por una ventana. Desolado, en lugar de matarse él también, escribió su hermoso poema “El hombre imaginario”, en que todo es imaginario, menos el dolor.

                                 —Amado y combatido—
“…Nosotros sostenemos/ Que el poeta no es un alquimista/ El poeta es un hombre como todos/ Un albañil que construye su muro:/ Un constructor de puertas y ventanas”, decía Parra, en 1969, año en que ganó el Premio Nacional de Literatura. Así declaraba que sus versos no eran producto de la inspiración divina, sino de la construcción de ideas. Entonces le explicaba a Mario Benedetti, en una entrevista: “La antipoesía es vida en palabras”. De eso, precisamente, iba su obra literaria, hecha con “el lenguaje habitual, el lenguaje conversacional”, que estaba “más cargado de vida que el de los libros, que el lenguaje literario”. Su “revolución” poética fue combatida. Pablo de Rokha —a quien el antipoeta consideraba el Ezra Pound de las letras en español y al que le perdonó todo— lo trató de “mistificador idiota y perverso” en 1956. Otro tanto hizo Gonzalo Rojas, en 1967, cuando lo atacó en una revista. Por otro lado, Rojas, quien había organizado un congreso de escritores americanos en 1960, en Concepción, lo puso en contacto con Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, poetas de la generación beat que serían claves para la traducción de Parra en los Estados Unidos.

Nicanor Parra

A su edad, Nicanor Parra es fiel a las rutinas que, según él, le han permitido vivir tanto tiempo: una dosis de ácido ascórbico por la mañana y una siesta por la tarde.

En estos días, mientras en París se edita la primera antología de Parra en francés y en Chile, El último apaga la luz, Rivas dice que el escritor “es fundamental dentro de la poesía chilena. Está al lado de Neruda y Mistral, junto a los grandes. Y su influencia es gravitante en poetas como Rodrigo Lira, Claudio Bertoni, Raúl Zurita, ya que su liberación de la lírica tradicional permitió abrir caminos de experimentación en la poesía chilena”.

Roberto Bolaño lo supo. “El que es valiente que siga a Parra”, dijo el 2001, rendido ante su brillantez. Una brillantez que el poeta espera lo acompañe hasta los 116 años.

“ANTIHIJOS” CON GUITARRA

Parra tiene seis hijos: Catalina, Francisca, Alberto, Ricardo, Colombina y Juan de Dios, de tres parejas distintas. Colombina ( 47 ) y Juan de Dios ( 45 ), los menores, son los únicos que se dedican a la música. De rasgos angulosos como el padre y con los ojos azules de su madre, nacieron cuando el poeta estaba por cumplir 60 años, de una relación con Nury Tuca, una hippie de ascendencia catalana que leía el tarot y pintaba, a la que Nicanor doblaba en edad. La pareja se separó cuando Colombina tenía seis años, y él se hizo cargo de los niños. Crecieron en la casa de La Reina, en las faldas cordilleranas de Santiago, rodeados por las guitarras de sus tíos y su papá, y por los objetos e instrumentos de su tía Violeta, que estaban por toda la casa. También, por las visitas de escritores como Enrique Lihn, que era muy amigo de su padre.

Parra fue un padre poco convencional: crió a ambos hijos con lecturas de poesía a la hora del almuerzo y sin imponerles nada, según cuenta Colombina, que es arquitecta, vocalista y guitarrista del grupo Los Ex, y está por lanzar su cuarto disco solista. “Tal vez lo que nos inculcó fue el estudio personal, que si algo te interesa, lo estudias a fondo, sin tener que tomar clases, necesariamente. Con las bibliotecas siempre tuvo un lado juguetón”. Colombina, a quien su papá la apoda la “Güiña”, porque según él es huraña como el felino chileno de ese nombre, dice que la ayuda con ideas para su música y sus letras. “En realidad, desde niños nos ejercitó, porque nos hacía participar en lo que hacía. Nos pedía que tacháramos las frases que nos parecía no le quedaban bien a un poema y respetaba eso. O, si no encontraba una palabra para cerrar un poema, le preguntaba al ‘Barraco’: ¿Qué palabra pondría usted acá? Por ejemplo, “inexplicable”, que fue una palabra que tuvo que ver con la joven inexplicable del poema “El obrero textil”, y que mi hermano le propuso. Al final, ese poema fue medio autobiográfico: la mujer inexplicable era Nury, mi mamá”.

Juan de Dios, bautizado así no por las obsesiones religiosas de Nicanor, sino por un tío que andaba a caballo por los campos, dice que su papá es la persona más entretenida y estudiosa que conoce. “Cómo será que, cuando el tío Roberto iba a verlo, decía: ‘Voy a la universidad’”. Su tío, en cambio, tenía más chispa y le contagió el amor por las cuerdas. “Barraco”, como lo renombró su papá por los berrinches que hacía —aunque él lo niega—, tenía cinco años cuando aprendió a tocar la guitarra. Hoy pasa del jazz guachaca, que inventó su tío Roberto, a las composiciones de Bach como si nada. Se ha formado al lado de músicos como Robert Fripp, de la banda de rock progresivo King Crimson, y ha integrado grupos como The Gutiérrez Experience y Los Trompos.

Publicado en El Comercio