Olanchito, la ciudad de la palabra y la poesía en Honduras

903

El nombre de esta ciudad sabe a metáfora. Para decirlo, hay que juntar los labios y ponerlos como para darle un beso en sus labios. Y su repetición, suena como un grito viril para señalar, su ruta brillante y esclarecida. Pero en la medida en que se abre paso en el vacío, se desdobla la palabra y se transforma en poesía.

Para muchos de sus amorosos hijos de la década de los treinta, era la “ciudad cívica” por antonomasia, Para la generación de los empezaron a escribir en los cincuenta, fue la “ciudad de la palabra”. Y para los que venimos después, fue una ciudad especial, aislada pero risueña, pequeña y solidaria.

La cuna de los poetas. Los que vinieron un poco antes y la vieron desde el avance de la agricultura moderna, la sintieron orgullosa y señorial. Y no le dispensaron el cariño que ellos debían para ser mejores que lo que fueron. Para los que eran originarios de las primeras familias, que desde su fundación plantaron bananos, caña y cultivaron los hatos ganaderos, siempre fue su ciudad, esquiva y huraña, que no querían compartir con los recién llegados. Y cuando estos, encabezados por Juan Colindres que llego para reconstruir la Iglesia – el edificio emblemático por excelencia – y para edificar el centro de la vida pública ciudadana, el edificio del Cabildo Municipal, la ciudad era un encanto ante el cual no había otra cosa que aceptar sus risueños envites, para en su seno y en su calor, vivir sus encantos y sus bellezas.

Pero además, de las visiones mencionadas de la ciudad, hay que agregar dos más: la de los que la dejaron físicamente, llevándola prendida en el ojal de la camisa.

Y la de los que disgustados, por su repetida adhesión a su concepto de creadora de intelectuales y repetición de sus añoradas virtudes, empezaron a señalarle defectos con rencorosa y enfermiza repetición. Lo que en el fondo, no disimulaba, el hecho  que lo que, más les dolía, era no tener una ciudad como Olanchito, para llevarla a la boca, en el momento de invocar la palabra e invitar que la poesía se hiciera presente, en nombre de la esencia y la sonoridad.

Los primeros, ahora están de regreso, como Ulises que vuelven a Ítaca a buscar el encuentro definitivo con Penélope. Estos, para que se convierta en una hoja de ruta, se han unido, juntando una muestra de sus versos en donde más suenan los ecos del insinuado regreso, bajo el nombre de una nueva palabra: “Olandisea”, formada por Olanchito y la Odisea. Invento del cariño, obligación de los afectos y confirmación de la fuerza de la memoria y sus recuerdos. Con lo que confirman un doble viaje.

Desde las fuentes de sus inquietudes intelectuales iniciales, sus primero balbuceos poéticos, sus viajes por el mundo de los desconocido, el sentimiento de estar siempre junto a la ciudad querida y el regreso inevitable hacia donde están todavía esperándoles, los seres queridos, las cosas que ya no existen; o los nombres de las seres que sin vida corpórea, fueron reales porque ellos los imaginaron. Livio Ramírez Lozano, José Luis Quesada, Marco Tulio Del Arca y Heber Ernesto Sorto, de diferentes edades y generaciones; pero, todos poetas consagrados, con rutas individuales emocionantes, experiencias singulares específicas, modelos y formas de expresarlas muy particulares en cada uno de ellos, se toman de la mano para mostrar – en este anunciado primer tomo de un libro más grande y fornido que, aparecerá en el futuro –, el largo recorrido desde sus fuentes hasta este regreso simbólico, en que la santa poesía, renueva los olores de la ciudad de sus amores. Cada uno con su tono, con su propio manejo de la palabra; pero los cuatros, con la brida del potro indómito, piafando sobre los viejos caminos y en la puerta de las antiguas querencias, regresan a la ciudad de los amores compartidos por todos, a confirmar que Olanchito es, antes que cualquiera otra cosa, la ciudad de la palabra y por esa vía, la ciudad de la poesía.

La cuna de los poetas, la Ítaca de los soñadores, el faro de los que siempre vuelven.

Y el espacio físico en donde las palabras tienen, sus más profundos e intensos ecos multifacéticos. Bienvenidos los que nunca se han ido; los que nunca han dejado las pequeñas cosas de Olanchito y los que solo se fueron para conocer el mundo del mas allá y descubrir que aquí, es el principio y el fin de todas las cosas. Las puertas están como cuando se fueron, abiertas de par en par.

Por su Penélope, que los estuvo esperando siempre, tejiendo y destejiendo los sueños, las esperanzas y los recuerdos nuevos por vivir. Ellos llegan con sus versos, para entregarlos, amorosamente a los pies de la ciudad.

De su ciudad. Para que todos recuerden que Olanchito, siempre ha sido y será, la ciudad de la palabra y la capital de la poesía.

La Tribuna

También podría gustarte