Entrevista exclusiva a la escritora chilena Carla Guelfenbein, ganadora del Premio Alfaguara por su novela Contigo a la distancia

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Por Tomás Forster

Luego de darle vueltas y más vueltas al asunto, Carla Guelfenbein no terminaba de encontrar un título que la convenciera para su última novela. Hasta que en un bar de La Habana, mientras se sucedían, quizás, viejos boleros y algunos mojitos, escuchó la melodía de Contigo en la distancia del guitarrista y compositor cubano César Portillo de la Luz. De inmediato, sintió que estaba frente al ansiado encabezado que representaba cabalmente a la historia de suspenso psicológico que elaboró en torno a una escritora misteriosa llamada Vera Sigall y a los personajes que gravitan a su alrededor: el poeta Horacio Infante, la joven investigadora Emilia y el vecino arquitecto de Sigall, Daniel.
Dueña de una prosa precisa y musical, alimentada por su voracidad de lectora autodidacta y su variada hoja de ruta como exiliada en Inglaterra, estudiante de biología, publicista, directora de arte y editora de moda de la revista Elle, en su quinta novela Guelfenbein retoma los elementos que caracterizan a su obra: las relaciones y los vínculos entre las personas, los distintos modos de la lejanía y la cercanía, el complejo universo de sentimientos que se halla al interior de cada individuo, la diversidad de puntos de vista que esconde toda historia, la trama oculta e intransferible que subyace a una existencia cualquiera.
Fruto maduro de una obra construida entre arranques de inspiración y una paciencia artesanal a la hora de la corrección y la estructuración de sus escritos, Contigo en la distancia obtuvo el premio Alfaguara (y con ello, la entrega de 175 mil dólares y la oportunidad de hacer llegar la novela a todos los países hispanoparlantes). De esta manera, la escritora chilena se sumó a una lista de premiados que incluye al nicaragüense Sergio Ramírez, la mexicana Elena Poniatowska y al argentino Tomás Eloy Martínez. En medio de la vorágine en la que se convirtió su agenda a partir de ese momento, la también autora de La mujer de mi vida dialogó extensamente con Nodal Cultura sobre las sensaciones que le dejó semejante reconocimiento, se explayó sobre los temas a los que, con giros novedosos, vuelve una y otra vez y cuestionó a los que la acusan de hacer “literatura para mujeres”.

Con la obtención del premio Alfaguara todavía fresca, ¿cuáles son las sensaciones que tuvo y tiene a partir de ese galardón?
El momento en el que enteré fue a través del escritor Javier Cercas, presidente del jurado, que me llamó a mi casa. Eras las seis y media de la mañana, en Chile, y fue muy fuerte despertarse con esa gigantesca noticia. Y luego habló conmigo todo el jurado y me dijeron que había sido escogida como la ganadora por unanimidad y que les resultó a ellos muy fácil llegar a esa decisión. Realmente fue muy satisfactorio porque me dijeron que no tuvieron que discutir nada porque de verdad estaba clarísimo. Eso me dio más alegría todavía. Y de ahí en adelante comenzó una etapa muy vertiginosa. Fue una primera semana en la que tuve entre cincuenta y sesenta entrevistas, de medios de todas partes de Latinoamérica y España. Y ahora viéndolo en perspectiva me siento increíblemente afortunada. Sin ninguna soberbia, siento que llega en un momento propicio: esta es mi quinta novela, llevo muchos años trabajando muy concienzudamente, con mucha pasión, mucho profesionalismo. No es que de un día para el otro surgió el premio de la nada, sino que es producto de la maduración de mi obra. Obviamente podría haber tenido el premio como también se lo podría haber llevado otro escritor porque hay obras maravillosas y hay algo de lo azaroso que se termina dando también. Además, se dio en un momento en el que estoy tranquila. Si me lo daban diez años atrás me hubiera abrumado por el nivel de actividad que significa y la responsabilidad con la editorial de hacer toda esta gira que es gigantesca.
¿Cree que puede significar un punto de inflexión en su itinerario como escritora?
Evidentemente esto me ayuda a llegar a lugares donde antes mi obra no había llegado. La novela se publica, simultáneamente, en diecinueve países de habla hispana y esto significa que por lo menos va a estar en librerías de países adonde mis otras novelas no habían llegado. Entonces, espero cautivar a un espectro mucho más amplio de lectores.
El cuidado de la prosa, la importancia de lo estético parece ser un elemento principal en su obra y, particularmente, en su último libro Contigo en la distancia. ¿Hay una búsqueda literaria y también personal en ese sentido?
Fíjate que en las cinco novelas, que llevo escritas, más de la mitad del tiempo que me demoró en la escritura de una novela es en el momento de la corrección. El porcentaje de tiempo que le dedico a la corrección es más alto que el de construir la novela. Bueno, igualmente, es la corrección en todos sus aspectos, en la estructura, en la profundidad de los personajes, no solamente la corrección del texto.
¿El momento de creación, de la narración pura, le suele salir más de un tirón?
Intuitivamente fui encontrando esta forma de escribir, que tiene que ver con una primera etapa en la que busco que el instinto me conduzca adonde me tenga que conducir. Yo no tengo planificada mi historia de antemano, tengo en claro mis personajes, sé quiénes son, pero no sé cuál va a ser el devenir de estos personajes y cómo se van a relacionar. Es algo que va ocurriendo a medida que voy escribiendo. Entonces, seguir ese hilo requiere una estructura muy intuitiva, de dejarse llevar por la historia y sus personajes. Incluso, a veces me pasa que termino en callejones sin salida y que me llevan a dar marcha atrás. No tengo ni pretendo tener el control absoluto de lo que voy escribiendo por lo que mis primeras versiones son muy desprolijas, escribo y escribo, e inicialmente me queda algo lleno de vericuetos. Después viene el tiempo de ir decantando ese material tan bruto en un comienzo y lo voy puliendo como con un cincel. Hay una búsqueda en todos los niveles, de profundidad, en la historia, los personajes y en la prosa. Busco que las frases sean precisas, que no se vayan por las ramas, que no digan lo mismo ni se repitan. Me interesa mucho la musicalidad. Cuando lees en voz alta descubres una cantidad de cosas, comas mal puesta, cacofonía, exceso de adverbios, frases que están como golpeadas. Hay una cantidad de sutilezas que se pueden hacer con el texto, el texto es un material muy fino.
La cuestión de la distancia y los distintos tipos de distancia que existen entre las personas es uno de los nudos que recorren su última novela. ¿Cómo podría describir su importancia en la trama y en las relaciones que tejen entre sí los distintos personajes?
Es un tema que de alguna manera he ido tratando a lo largo de toda mi obra. Es un tema medular. Lo he tratado de diferentes formas. Ahora, ¿por qué? Porque las formas de la distancia han ido cambiando a lo largo del tiempo, pero hay una base que es la misma. Claro que ahora cuando hablamos sobre la distancia tenemos que incluir el tema de la tecnología. Todas las formas de comunicarse tecnológicas crean distancia física y crean cercanía de otra manera. Pero, en lo esencial, el ser humano va en busca del otro y el otro está a una cierta distancia porque somos seres contenidos en un cuerpo físico y hay algo sustancial que nos separa que es el ego, el ser. Esa búsqueda constante de ir hacia el otro y no lograrlo plenamente nunca (…) esa frase que dice: “nace sólo, muere sólo”, después de haber vivido toda una vida de búsqueda del otro, de acercarse del otro, de intentar fundirse en el otro, finalmente siempre aparece esta distancia que es también esencial en nuestra existencia. En la novela El resto es silencio hablo de los silencios blancos y los silencios negros. Los silencios blancos refieren a dos seres que cuando están juntos en silencio están en paz. Esa distancia es una distancia que se acorta. Y después están los silencios negros que son los silencios que expresan una incapacidad de comunicación. En casi todas mis novelas estoy hablando de ese esfuerzo grato y penoso, a la vez, de existir con el otro.
¿En qué otros aspectos se encuentran continuidades entre sus novelas y en qué se diferencian?
Contigo en la distancia representa una continuidad en mi obra. No es que se haya producido un quiebre ni mucho menos. Cuando recién empecé a escribir, la imagen que yo veía de mi misma era mirando a través de la apertura de una puerta, o de la cerradura de una puerta, espiando una habitación en la que hay seres que están interactuando o hay seres que están solos directamente. Eso que no se ve, incluso aquello que los seres humanos no queremos mostrar. Lo oculto, lo que hay detrás. Eso ya aparece en mi primera novela, El revés del alma. Ese título es muy ilustrativo de todo lo que intento desarrollar en mi literatura, sacar las capas de cebolla que nos hacen contar los verdaderos motivos por los cuales los seres humanos se mueven, se motivan, qué temen, quiénes son, y poder contarlo y mirarlo con total imparcialidad y sentido de realidad; esto es: entendiendo que el ser humano está hecho de luces y sombras y no intentar vestir solo de luz personajes que uno quiere. Y esa ha sido la búsqueda hasta el día de hoy. Cada vez quiero ir más profundo porque el nivel de complejidad de los seres humanos es gigantesco, es un universo aparte.
¿Por qué suele utilizar varios narradores en sus novelas?
Es bien increíble: todas mis novelas son corales. Y siempre digo: “no, esta no va a ser coral”, pero no me termina resultando. Me siento mucho más cómoda en ese registro. Y creo que, intentando conceptualizarlo, no me basta con contar las cosas desde un solo punto de vista. Tengo la sensación de que la realidad existe en mil dimensiones y que está compuesta por todos los seres que la componen y la modifican. A mis estudiantes les digo siempre que una de las elecciones más importantes que hace el narrador es el punto de vista porque el punto vista es la historia. Cuando quiero dar cuenta de una situación que tiene que ver con relaciones humanas no me basta contarla con una sola mirada, sino que necesito también los ángulos de todos los que intervienen.
Empezó a escribir desde muy chica con su madre, profesora de filosofía, como guía a través de las lecturas. Su primera novela publicada fue en el 2003, El revés del alma. ¿Cómo repiensa hoy ese camino entre las primeras lecturas y escritos y su actual carrera de escritora reconocida por lectores y pares?
La escritura siempre fue parte de mi vida, pero de mi vida privada, íntima. Era algo muy mío y no tenía nada que ver con el mundo exterior. Era el libro que leía, las notas que yo tomaba, los cuentos que yo escribía desde muy chica. Pero era un ámbito súper privado. Yo no tenía ningún interés, ninguna aspiración de ser escritora. Sucede que la escritura es un ente vivo, no es estático, se mueve con el ser y cambia con el ser. Lo siento cuando lo comparo con estos seres vivos que los miras moverse por el microscopio, que se mueven y mutan, se juntan, y un poco eso es la escritura. Evidentemente, lo que escribo hoy en día tiene que ver con toda mi historia pasada. Agradezco no haber sabido hacia donde iba porque me permitió llegar al lugar en el que estoy hoy. Siento que es como tenía que llegar, con todo este bagaje que es parte hoy día de mi literatura y que imagino que le da cierta particularidad. Hay momentos de mi vida que pensé: qué pena que no estudié literatura, sobre todo cuando me la pasaba leyendo libros de ciencia…pero no, la verdad que todo eso es parte de mi literatura hoy.
¿Cuáles son los escritores/as que más le influyeron?
Henry James fue el primero que me marcó. Me acuerdo como me impactó cuando leí El retrato de una dama, en especial un monólogo de su gran personaje Isabel Archer que lo tengo que haber leído al menos cien veces, Lo tengo todo marcado porque era como descubrir la posibilidad de entrar en la conciencia de un personaje y explorar todos los intersticios de su mente y darme cuenta que eso es lo que quería hacer. Es un monólogo que dura quince páginas y me sirvió para comprender que ese era el mundo que quería explorar. Toda la obra de James me influyó muchísimo. Y después hay una escritora española, que no es muy conocida en Latinoamérica, que se llamaba Carmen Martín Gaite. Sus libros me inspiraron muchísimo porque ella tiene una mirada súper compasiva con sus personajes que es lo que yo también quiero con mis propios personajes: mirarlos con compasión, con neutralidad, sin santificarlos ni juzgarlos.
¿Cómo ve el panorama actual de la literatura latinoamericana?
Hay un fenómeno que va más allá de los escritores y que es súper interesante que esté ocurriendo ahora. Estas fusiones gigantescas entre las grandes editoriales que han construido bloques muy definido y concentrados ha significado, al revés de lo que se podía suponer, una proliferación de editoriales independientes en América Latina. En Chile, por ejemplo, está lleno de editoriales independientes, también en la Argentina, en México, en Colombia, lo que es fantástico porque en primera instancia parecía que los peces gordos se iban a comer los chicos y terminó sucediendo todo lo contrario. Estas editoriales son editoriales bien constituidas que estás en la mesa de novedades junto a los libros de las grandes editoriales. Y los libreros les tienen mucho cariño porque su labor es parecida a la editorial independiente, una labor pequeña, de uno a uno, que requiere el contacto cercano. Entonces, hoy en día, están compitiendo mano a mano con las grandes editoriales así que es un fenómeno bien interesante.
¿Qué importancia le otorga al contexto histórico en sus novelas?
Depende de la narración. Mi anterior novela, que se llama Nadar desnuda, es sobre el Golpe militar del ´73, la Unidad Popular y todo ese momento dramático que vivió mi país. Esta Historia con H mayúscula significó una investigación ardua más allá de que yo viví esa época, tenía diecisiete años, me acuerdo muy bien y además era una época tan politizada que yo estaba militando desde los 14 años. Viví eso pero aún así tuve que hacer una investigación histórica gigantesca. Pero en el caso de Contigo en la distancia el contexto histórico es menos importante excepto todo lo que tiene que ver con la historia de los judíos. Ahí hay una investigación, un contexto histórico reconstruido.
¿Cómo se siente en relación a sus propias raíces judías?
No fui educada como judía religiosa pero si tengo una identidad judía muy grande y como mi familia es una familia de intelectuales, y los intelectuales en el mundo judío abundan, en la biblioteca familiar no podían faltar Freud, Marx y tantos otros. Siempre me sentí orgullosa de ser parte de un pueblo pensante. Hay un libro maravilloso de Joseph Roth, Judíos errantes, que cuando lo leí entendí muchas cosas. El judío como es errante, como va a de un lado a otro, la única forma de mantener su cultura es a través de la lectura, primero de las escrituras sagradas y luego de las lecturas seculares. Lo que se traspasa es el conocimiento. Yo lo veo en mis padres para quienes el mundo se dividía entre la gente culta e inteligente y la gente tonta e inculta, no entre la gente rica y la gente pobre o la gente poderosa y la gente débil.
¿Por qué cree que algunos críticos buscan etiquetar a su obra como “Literatura para mujeres”?
Cada vez me gusta más que me hagan esa pregunta porque me permite tirar mi discurso. Cuando recién empezaba me tomaba esa crítica de mala manera hasta que logré darle un marco al ataque: creo que la literatura femenina tiene sólo connotaciones negativas, es comercial, sensiblera y es no universal y entonces ninguna escritora quiere verse identificada con eso. A ningún escritor le van a preguntar: «señor, ¿usted escribe literatura masculina?» Sucede que hay un prejuicio gigantesco y de eso nos defendemos las escritoras.

 

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