Fito Paéz, músico argentino: «Para crear una nueva sensibilidad politica es fundamental aprender del rock and roll»

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Por Lucía Cholakian Herrera

Tres canciones comparten una particular coincidencia de alto valor simbólico. Las tres tienen tal vez su versión más popular en la voz de la gran cantora popular argentina, Mercedes Sosa. Las tres canciones están escritas por autores del rock, pero atravesadas por alguno de los otros dos grandes géneros argentinos, el tango y el folklore. Las tres fueron escritas por sus autores antes de los 22 años. Estas canciones son “Barro tal vez” de Luis Alberto Spinetta, “Cuando ya me empiece a quedar solo” de Charly García y “Yo vengo a ofrecer mi corazón” de Fito Paez. Esta coincidencia permite perfilar la idea de un podio del rock argentino, al cual nadie dudaría de subir a Spinetta y Charly, pero al que Fito no es unánimemente elevado también.

Muchos exigen a Fito un régimen de pureza rockera que no le reclaman a los otros. Su pasaje por el pop aparentemente más sencillo, sus canciones liberadas de la tensión con la poética rockera o de la realidad social, su irregularidad compositiva –muchas veces vista como un paralelo con los momentos de su situación personal-, su capacidad de integrarse al mundo del star system del espectáculo y del negocio de la música sin por eso instalarse allí, fueron algunas de las supuestas causas que impidieron que él fuera incluido para todos a ese podio al cual sin dudas pertenece. Se le reclama una suerte de pureza que no existe.

Músico de pasaje entre los ‘70 y los ‘80, emblema de aquellos músicos que formaron la mítica trova rosarina que trajo el mundo de provincias a Buenos Aires, pero del que se desprendió rápidamente, en algún sentido Fito Paez “está siendo”y por lo tanto tiene que rendir exámenes a cada paso. Pier Paolo Pasolini escribió que cada persona es un lenguaje que termina de completarse cuando fallece, porque entonces se cierra y completa de sentido, por eso su lenguaje se sigue construyendo, sigue mutando, sigue dando cuenta de su crecimiento. Fito, que a diferencia de Spinetta y García siempre se presentó como  solista, siempre fue su propia marca, es todavía un lenguaje abierto. En ese sentido parece que cada uno de sus discos deben cumplir con ese destino manifiesto que supone ese lugar en la historia del rock, que ya tiene ganado desde la aparición sorprendente de “Del ‘63”.

Por otra parte, Fito se constituye como una referencia ineludible del rock argentino para cuanto menos tres generaciones: los adultos que hoy tienen 60 años, los jóvenes que hoy tienen 20 y gran cantidad de público en todos los países de la región desde México hasta Chile. A partir de esta idea, de su condición de músico popular que atraviesa generaciones y nacionalidades, comenzamos hablando con el músico.

Fito Páez demuestra una total falta de prejuicios respecto al campo artístico. Gentil, brillante, con un gran sentido del humor y una notable capacidad de explicar la música con su voz  como instrumento y sus manos marcando ritmos y punteos, habló durante más de una hora con NodalCultura de su música, los treinta años de “Giros”, la música nacional y latinoamericana y su relación con lo político.

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Estás inscripto en la memoria de al menos tres generaciones como músico popular ¿Cómo es eso de que gentes de tan diversas edades y lugares te tengan incorporado a su propia historia?

Lo que te puedo decir es que la vida del músico no se vive desde esa perspectiva. Es prácticamente todo lo contrario. Nada de eso está en tu día a día. En todo caso tenés que resolver problemas familiares, tenés que ver como afrontás la sala de ensayo, que vas a hacer ese día en el escenario, que ropa te vas a poner, que película querés ver, si vas a leer tal o cual libro. Eso que decís está afuera de uno, por supuesto que no le quito importancia, pero ninguna persona puede vivir con eso como si fuera una marca: “Vos sos el referente de toda una generación”.

De todos modos hay algunas cosas que sé. Si estás de mal humor, no salgas a la calle, porque toda esa gente que te saluda te quiere, entonces no podes ir con cara de culo. Eso implica respetar el vínculo con toda esa gente que te dejó entrar en sus corazones y sus casas durante tantos años.

Lo que me preguntas son ideas que puede tener otra persona, no yo. Por supuesto que hay algunos señorones o señoronas que les encanta estar allí, en ese podio del paso del tiempo. Pero no es mi caso. Uno puede ponerse allí, o salirse y desacralizar esa figura. A algunos les encanta, pero es muy peligroso, es como la idea del poder. Por suerte nuestro poder artístico es efímero e inútil ya que no tiene consecuencias mayores más que tu propia vanidad, supongo…

Hace poco leí un reportaje a un escritor que admiraba mucho que renegaba de sus propios escritos juveniles. Cuando escuché eso pensé: “¿Y a este qué le pasa? ¿Está pendiente de la mirada de la historia? ¿De si mamá literatura te va a retar porque lo que hiciste estaba bien o mal? Si vas a quedar al lado de Poe o Bioy Casares en el panteón ¿esos son tus intereses?” Cuando veo a alguien que intenta situarse y legitimarse en ese tipo de tramas me pone un poco nervioso.

Vos tenes una gran trayectoria que comenzó cuando eras muy joven ¿nunca te pasó sentir algo como lo que referís del escritor?  

No, nunca. Es algo que no hace falta. Te quita una fuerza que la podes usar en otro lado. Decir “esto que hice hace años preferiría dejarlo de lado porque no está a la altura de mi obra” Ey niño! Ese chico que decís que escribió mal, te permitió hoy ser el gran escritor que sos, es el ABC.

En 1985 vos dijiste “suena un bandoneón, parece el de otro tipo pero soy yo” y con ese gesto aparece un momento muy interesante en el rock. Había habido por supuesto experiencias en el rock con bandoneón pero lo hacían en otro registro. ¿Sentís que aun con una buena formación musical y con capacidad de experimentar formas diversas vos sos uno de los rockeros que se abrió fuertemente a los géneros populares sin intentar cooptarlos y transformarlos?

“Giros” cumple un papel central en ese sentido. El provinciano viene a la capital aceptando que le encanta el 4×4 del rock. García que está al comando, tiene todo un 4 como el tango y con la tierra (hace un gesto y un conjunto de sonidos con los que explica que todo termina abajo). Entonces el pajuerano viene y trae el sonido de la síncopa, del 6×8, la zamba, la chacarera, eso que acá no circulaba, pero allá si, especialmente en las peñas y en la tradición que instala el peronismo que es la enseñanza de la música popular a partir de la zamba. Este es uno de los lados, el folklore. En ese albúm está en “Yo vengo a ofrecer mi corazón” y el último tema (D.L.G.) que es una baguala con una DMX. Ahí fue que Charly paró la oreja para escuchar al pajuerano.

Pero además yo era insólito. Buenos Aires siempre fue glamorosa y lo único que yo traía era mi capital musical. No había “moda” en mi manera de presentarme al mundo. En todo caso traía mi falta de dientes, mi pelo largo, las remeras de Japón con Mishima. Yo estaba afuera de lo que era la moda, fuertísima en los ochenta, y también de la música que estaba de moda. La música popular moderna argentina en esa época era muy importante y yo era una especie de rara avis, bancado por Charly y por Luis (Spinetta)

Mezclaba esos dos mundos. El lugar de “Giros” fue presentar socialmente en el rock la fusión con el folklore, si bien Litto Nebbia lo había hecho en algunos álbumes como “Huinca” o “Despertemos en América”. Era diferente al formato que se había hecho hasta el momento en materia de fusión folklórica, como se llamaba. Yo conocía y apreciaba mucho lo que habían hecho el Chango Farías Gómez o Dino Saluzzi, que habían trabajado el folklore a través del jazz. Yo lo puse en el rock, con los elementos de la época que eran las máquinas de ritmo y los teclados de última generación. Esa es la nota que tiene “Giros”. De algún modo trae la música popular argentina en formato clásico mezclado con el rock.


Hoy nos encontramos con quienes piensan que el rock nacional está desapareciendo, mientras que otros pensamos que el rock ha ido constituyéndose una estética popular que atraviesa a otras disciplinas como el cine, la literatura, el teatro y que está mucho más allá del espacio exclusivo de la música. ¿Cómo ves vos esta cuestión?

En primer lugar yo no podría afirmar que esto que hacemos sea un género y no hay un manifiesto o una entidad que resuelva si lo que hacemos nosotros es rock and roll o es todo lo contrario.  Por otra parte, Litto Nebbia dijo hace unos días que no le gustaba hablar de “rock nacional” que prefiere “rock argentino” en todo caso. Eso me gusta más. La palabra “nacional” tiene muchos sonidos que vienen de atrás que no me gustan. La guerra, los muertos, todo lo que construye esa relación de lo nacional del rock con Malvinas y los chicos que fueron allí.

Creo que en el rock sí hay algo muy argentino que no se puede resolver de una manera clara. Vas a Europa, por ejemplo, no hay Charlys, no hay Spinettas. En Brasil tampoco hay. Ni en México ni en EEUU. Esa es una tradición en la que yo me veo envuelto. Son hombres audaces estéticamente. ¿Cómo lo explicas a Luis? Estuvo Hendrix, estaba Cream, llegó antes que Police, ¿Zeppelin? Eso es como la cáscara del formato. Sumale su poesía personal. El tipo inventa una manera tocar, con sus raros acordes Luis crea su propia armonía. Para entender a Luis me sirve pensar en Xul Solar. Exótico, sin bajada de línea, profundamente bello, lleno de capas como la cebolla. Por el otro está Charly que viene del conservatorio europeo. El hace lo suyo de un modo para mi quien lo mejor lo explica es Stravinsky.  En su libro “Poética musical” dice respecto de este tipo de genios que “la música viene sonando”. García tiene esto. En Verdi escuchás que la música viene sonando, en Mozart escuchás que la música viene sonando. Lo mismo en Bach, en Beethoven, Haydn. García tiene eso, su música es atávica, viene sonando muy atrás y él lo pone acá en escena y uno siente que toda la humanidad está ahí. Como dice en “Inconsciente Colectivo” pensando cchh“Nace una flor, todos los días sale el sol, de vez en cuando escuchas aquella voz, como del pan, gustosa  de cantar, de los aleros de la mente con las chicharas” No te olvides de eso dice él que está siempre. Y su música también está siempre.

Entonces yo veo que ahí hay algo argentino, cercano, con lo cual me siento muy identificado, tipos audaces, delirantes. Pero también está el tango, que es un género monumental, enorme. Bailable, además. Sexy, hermoso. Con autores de textos y música alucinante, con muchos géneros diferentes y lo mismo el folklore. Yo creo que uno de los problemas en Argentina, es que nos ha costado comprender todas las estéticas. Hay algo allí que ha generado debates diabólicos. Me acuerdo de una tapa de un medio grande por allí por los años ’70, donde se confrontaba el rock con el tango. Rock o Tango, como si fueran enemigos irreconciliables. Pugliese decía cosas muy subidas de tono, incluso Astor en algún momento manda a los rockeros a estudiar. Esto no está mal, pero con eso Piazzolla se perdió la posibilidad de entender una nueva forma de invención, que no venía del academicismo y que era muy genuina y auténtica, y que al día de hoy sigue siendo una marca indeleble de invención de la música popular del mundo. Entonces como hay tanta obra y tantas dimensiones, hay que ver bien que corresponde a aquella impronta de lo argentino. Hay algo allí que es lo que no se puede explicar, que es la nobleza. Es tan apasionante la historia de la música popular argentina.

¿Cómo resuena en la región esta identidad de la música argentina?

En la región hay varias escuelas de música. La escuela argentina es muy importante, especialmente en invención y genio. No es lo que más vende, ni está de moda ni es top en el mercado. Ha tenido mucha resonancia y mucha influencia en ese sentido. Pero el rock no es la única música que lo produce. Antes terminamos hablando del folklore y el tango, que son músicas muy fuertes. Castilla y Leguizamón, (canta)  “El que canta es Maturana Chileno de nacimiento, Anda rodando la tierra, Con toda su tierra adentro” Eso ya es la montaña, el alcoholismo duro, el hombre y la naturaleza. Te lleva a otras zonas. Colega de esto es el Cuchi, que trae la zamba argentina o la Sinfonía para las campanas o las gallinas, el surrealismo metido en Salta o Yupanqui con su caballo y su método europeo, con acordes clásicos, haciéndote esos temas que te hielan la sangre. Y tenés a Gardel que te hace (canta) “el día que me quieras…”. Y tenés a Astor y a Discépolo. Todo eso es parte de lo argentino que resuena en América Latina. Creo que el argentino tiene algo de exótico, algo ligado a la pertenencia y algo ligado a la no pertenencia y eso de alguna manera nos descoloca frente a otras músicas que resolvieron bien su identidad local, pero a la vez nos permite atravesarlas.

Vos conoces mucho en la región y tocaste con muchos músicos de América Latina y el Caribe. ¿Cómo te sentís con los repertorios de las músicas de América Latina? ¿Qué palpas dentro de estas músicas como parte de tu propia experiencia artística?

Yo tuve la suerte de tener a mi papá que hacía que en mi casa se escuchara de todo en materia de música. Te podría contar un camino hermoso en la vida en ese sentido. Fue un circuito que lo veo ahora que pasaron muchos años. Mi viejo me mostró, Joao Gilberto, Jobim. Por eso está todo arriba (marca el ritmo con los sonidos que hace con su voz). Tiene algo del 6×8 argentino, pero no.  Estamos en Rosario escuchando una música carioca, que tiene mar y que a su vez es música reinventada. Joao lo que hace es agarrar los tambores africanos y los pone a parir con la guitarra. Eso no se había hecho nunca. Eso llega a una casa en Rosario. O sea el circuito es África, Brasil Rosario. De allí pasan los años y aparece “Giros” donde está el tumbado. El tumbado, para que se pueda entender, es la síncopa. En lugar de tener la tierra, que es el 4 argentino, se lleva todo arriba (Fito va explicando todo con los sonidos y las manos) Entonces en el ’87, Pablo Milanés viene a Buenos Aires y me invitan a tocar con él. Yo no estaba pasando un buen momento. Él no me ve bien y me dice: “Chico, tú te tienes que venir a la isla”. Así fui al Festival de Varadero. Tocamos cuatro o cinco temas de “Giros” esa noche y algunos de “Ciudad de pobres corazones”. Eso fue una revolución musical en la isla. Nadie había ido a hacer rock en castellano allí y menos alguien que llevara el tumbado, el tumbado africano. El tambor está en 4, pero la guitarra está sincopada. El tumbado viajó de África a Brasil, de Brasil a Rosario y de Rosario a La Habana. ¿Qué me pasó estando con la música por tantos lados? Esto. Esa cercanía a través de la discoteca de mi padre, me hizo entender rápido música peruana, porque en casa se escuchaba a Chabuca Granda, o me hizo entender rápido a Buarque, o me hizo entender a Armando Manzanero y la cueca chilena –en casa se escuchaba a Violeta-. Esa música ya estaba conmigo. Cuando me siento a tocar con Lucho González y me pasa el riff de “El muro de los lamentos” (lo tararea) al tocarlo, eso ya estaba en mi corazón y en mi oído. Fue sencillo. Fue gozoso. Nunca estuve traumado pensando “uy, esto no lo voy a poder tocar”. Así que mi padre fue el responsable de esto que me pasa con las músicas latinoamericanas y caribeñas.

Tenemos la impresión que han construido una suerte de producto que es la “música latina” como mercantilización de las tradiciones populares de la región. Vos que has ganado Grammys y al mismo tiempo sos un músico popular con lo cual te inscribís en los dos espacios ¿cómo ves vos esta cuestión desde tu perspectiva?

Es muy complejo. Muy complejo. Primero debemos considerar la centralidad de EEUU como construcción de  “el mercado” mundial y después las migraciones latinoamericanas hacia EEUU. Esa migración busca legitimación en aquel país y entre las cosas que llevan consigo los migrantes, está su música popular. En muchos casos, para lograr esa legitimación, hay que hacer ciertas operaciones sobre esa música. De ese modo aparece este híbrido nuevo que a mí no me representa, pero si representa a un montón de otra gente. La libertad también se trata de eso. Volvamos al tema de los orígenes de la música, no hay pureza. No hay cosas que están bien o cosas que están mal. Sería muy difícil en un debate sobre música popular sentar a determinadas personas que producen estas nuevas formas estéticas legitimidas en EEUU, con los autores latinoamericanos que tienen la hechura de la tierra,  de su época. Pero también la música es un espacio de libertad. Las cosas solas se ponen en su lugar con el tiempo, y ese el lugar no es el de lo bueno o de lo malo. Nuevamente, Stravinsky y su frase, la música viene sonando…

Hay una suerte de canon de los músicos políticamente comprometidos en el cual vos estás un poco al costado. Sin embargo vos siempre fuiste un autor en cuya estética aparece lo social político casi siempre incluido. Tocaste con casi todos los que podemos imaginar en ese canon ¿cómo te ves vos con esa suerte de Partenón de los músicos comprometidos en el cuál no estarías, pero del que sin dudas sos parte?

Para mi es fundamental una escena para contestar esto. Es un episodio de la vida de Luis, bastante conocido. Él va a una reunión del JAEN (sigla de una agrupación política “Juventudes Argentinas por la Emancipación Nacional” de corte revolucionario) y se prende un porro. Estaban Emilio del Guercio y Rodolfo Galimberti entre otros. Los cuadros de la agrupación deciden ir a debatir si está bien o mal fumarse un cigarrillo de marihuana, y cuando regresan Luis ya se había ido. Yo vengo de  mi barrio y del rock’nroll y nunca fui un militante como por ejemplo es Chico Buarque. En la militancia hay algo de fe y de pertenencia que yo no tengo.

IMG_2306Es cierto, pero yo me refiero a que muchos como podrían ser Chico, Caetano, Silvio, Pablo, Mercedes, León, Mejía Godoy, que militaron más unos y otros menos, están en un canon como músicos comprometidos y vos, que además de tocar con todos ellos, tenés un claro componente social político en tu obra, estás afuera de ese registro.

A lo mejor es por deseo. Yo sé a que me dedico. Me dedico a leer, me dedico a escribir, me dedico a estudiar y me dedico a hacer mi música. Cómo es tomado esto, se escapa de las manos. Pero también soy un hombre que opina. Por qué mi opinión tiene un poco más de trascendencia que otras, no lo sé. Pero opino. Yo no toqué en todos los actos que toqué para cobrar toda esa plata que dijeron por allí. No lo hago de un modo ni militante, ni calculado. Ahora, si vos me preguntas si estoy arrepentido del voto a Cristina, te digo que no, no estoy arrepentido del voto a Cristina. Le di mi confianza y la de mi familia y todo eso estuvo allí bastante bien representado, con todas las dificultades que tiene estar en ese lugar. Por eso es muy complejo estar allí y es muy complejo no tener una oposición inteligente. En este país había una derecha ilustrada. Tenías que sentarte a discutir con Mansilla, tenías que sentarte con Borges a la mesa. Ahora a algunos le susurran al oído lo que tienen que decir.

Ha pasado que  mis palabras hayan sido consideradas como excesivas, pero tiene que ver con el lugar desde el que hablo, que es el lugar del rock. Esto pasa también en el escenario. Tenes un problema de sonido y pateas el equipo y nadie se asusta. O se ha subido alguien al escenario a cagarnos a trompadas y ya, eso es parte del juego.

Para mí la política, que es el medio por el cual se debería buscar el bien común, tiene algunos problemas. Por ejemplo suelo hacerles una observación a los sectores más jóvenes. Yo creo que hay que ilustrarse y hay que mirar las estrellas. La “real politik” es muy importante, pero si el libro más viejo que tenés en el morral tiene 40 años, no sirve para nada. Ahí hay algo que debemos poner en escena y es la capacidad de crítica. Esto se lo digo a la juventud argentina y se lo he dicho a la juventud cubana. Y te digo que con ellos he llegado casi a las piñas. Son los tipos que van a comandar los países. No nos pueden repetir la letra entre nosotros como si todos fuéramos turistas. Como joven tenés la obligación de pararte frente a tus jefes y exigir pruebas, explicaciones, contundencia, para poder defender y llevar adelante tu puta revolución. Lo que genera mis discusiones con algunos de ellos, es la necedad  de no querer investigar, no querer interpretar, no querer dudar. Dudar… Incorporar otra mirada. Eso es lo que hace a una persona brillante y puede abrir tu corazón también. Si vos instalás un pensamiento stalinista en cualquier zona de tu vida, la vas a cagar. Para crear una nueva sensibilidad política es fundamental aprender del rock and roll.

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