Falleció el reconocido poeta peruano Eduardo Chirinos

ENTREVISTA AL ESCRITOR EDUARDO CHIRINOS
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Eduardo Chirinos, poeta peruano perteneciente a la Generación del 80, falleció la mañana de este miércoles 17 de febrero, víctima de cáncer, en Missoula, Montana (EEUU).

Nacido en Lima en 1960 y egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú y doctor en letras hispanoamericanas, Eduardo Chirinos destacó por textos teóricos como La morada del silencio, así como también por importantes poemarios como Breve historia de la música, obra ganadora del premio Casa de América de Poesía Americana.

Chirinos comenzó a publicar desde muy joven. Entre sus primeros títulos se destacan Cuadernos de Horacio Morell (1981), Crónicas de un ocioso(1983) y Archivo de huellas digitales (1985), por el que obtuvo el Premio Copé 1984. Viajó a España con una beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana (1986).

El escritor peruano también fue ganador en 2009 de la duodécima edición del Premio Internacional de Poesía Generación del 27, dotado con 20.000 euros y la publicación de la obra, con el poemario Mientras el lobo está.

En ese entonces la directora del Centro de la Generación del 27, Aurora Luque, apuntó que el poemario galardonado le sorprendió “por las ideas germinales que el poeta utiliza para construir los poemas, que son muy buenas ideas de partida” y también resaltó la “sorprendente resolución formal” de los textos.

El autor escribió su último libro, Medicinas para quebrantamientos del halcón, mientras luchaba contra la enfermedad.

A su labor como autor se le suma su desempeño como periodista cultural y docente universitario, trabajo que desempeñó tanto en Perú como en España y Estados Unidos.

Publicado en Letralia

El perpetuo presente de Eduardo Chirinos

Por Roberto Quiroz

“Me di cuenta que el estómago me estorbaba para escribir” me dice Eduardo Chirinos (Lima, 1960 – Missoula, 2016) con su típico sentido del humor. Desde que se fue a enseñar a Estados Unidos hace muchos años, cada vez que volvía de visita al Perú nos citábamos en algún café para seguir contándonos nuestras vidas. Hace tres meses acudimos a la cita acostumbrada. No sabía que sería la última vez que lo vería. Entonces conversamos de todo, como en una larga despedida.

Cuando lo abracé, abracé sus huesos. Sabía como todos de su enfermedad, pero él me la siguió contando sin ningún reparo. Ya le habían extraído el estómago. “Ahora estoy escribiendo muchísimo. Me despierto a media noche urgido de hacerlo”, dijo.

Le cuento que estoy releyendo sus poemas y que me  conmueven como no lo hicieron antes. “Ah, ¿cómo es eso? Me interesa” —dijo. “Es como si uno llevara muchas llaves durante su vida” —le respondí—. “De todo tipo y tamaño, que no le hacen a ninguna cerradura, hasta que de repente, con los años, aparece una puerta. Y una de esas llaves le hace a la cerradura y abre la puerta. La llave es el poema”.  “Me gusta tu explicación” —dijo—. “Y si no tiene copyright, me la voy a apropiar”.

“¿Y cómo es tu vida ahora?” —le pregunté—. “He aprendido a ver la vida de otra forma” —respondió—. “Tengo un inquilino dentro de mí que quiere reemplazarme, un impostor que ha cambiado mis costumbres”. Así que hablamos de “ese inquilino”, de la enfermedad como impulso creativo, de Jannine, de la poesía y la eternidad.

Tu libro «Medicinas para quebrantamientos del halcón» (2015) me parece lo mejor que has escrito. Allí ya se percibe el concepto de que alguien te invade, de que hay un usurpador…

Sí, ahí está presente la idea de tener un inquilino, de que alguien se apodera de tu cuerpo como si fuera una habitación y que piensa y decide por ti. Porque la enfermedad es curiosa, uno vive a lo largo de la vida sin ser consciente de que está morando un cuerpo y que ese cuerpo tiene su lenguaje, sus demandas, y sus propias decisiones. Uno cree que lo gobierna, pero tu cuerpo a veces se rebela. Hay ciertos momentos en la vida, como cuando estás enfermo, en que sientes que eres desplazado, que hay un usurpador, alguien que decide por ti y frente al cual es difícil tomar decisiones, es difícil establecer una relación de convivencia.

Me contabas que este inquilino te exige ciertas lecturas.

Sí, resulta muy curioso que mi sistema de lecturas se haya alterado… Hay algunos poemas de «Medicinas…» que hablan de casos dramáticos de sustitución. Uno de ellos es el de James Bond, la idea de que el verdadero James Bond fue desplazado por el falso James Bond que es el que todos conocemos. El falso James Bond es el que aparece en las películas, que ha sido interpretado por Sean Connery, Roger Moore, Daniel Craig, y el original era un ornitólogo americano a quien se le arrebató su nombre para construir esta novelas. Es un poco lo que termina ocurriendo en el proceso de la enfermedad, te percibes como enfermo y te olvidas del otro.

¿Tu usurpador es el que escribe ese poema?

No me di cuenta cuando lo escribí, como tampoco me di cuenta por qué me atrajo tanto ese vieja leyenda morisca según la cual quien muere en la cruz no es Jesús de Galilea sino Jesús de Damasco. Éste, tras haberse casado con su madre sin saberlo, para expiar sus culpas se retira al desierto, luego regresa al pueblo para contar sus experiencias, le hablan de Jesús de Galilea, se convierte en apóstol, se hace muy amigo de Jesús y cuando lo capturan, el tiempo se detiene como en el cuento de Jorge Luis Borges, “El milagro secreto”, baja un ángel del cielo y le dice “éste es el momento en que te puedes reivindicar, Jesús de Galilea regresará con su padre y tú te dejarás crucificar”.  Él acepta de buena gana porque entiende que es la única manera de expiar un pecado que realmente lo atormentaba.

Un tema muy borgiano, que hay otro que anda por el mundo reemplazándonos o que nos habita,  ese que decimos “otro” es el verdadero y nosotros somos sólo alguien que lo usurpa.

Eso va de acuerdo con la idea de Borges de que la traducción puede superar el original. El usurpador termina siendo el oficial.

Y como en Pierre Menard que reescribe el Quijote nuevamente palabra por palabra.

Claro, pero Borges tiene la habilidad de hacer una literatura que él mismo reconoce que es una traducción de otras, porque esa idea es muy antigua. La encontramos en «El asno de oro» de Lucio Apuleyo, donde el asno por metamorfosis termina usurpando al personaje; la encontramos en la literatura del doppelgänger, la encontramos en Edgar Allan Poe. Borges tiene la habilidad de retomar toda esa tradición y convertirla en algo original.

Claro, el tema del escritor como usurpador del otro. Y en tu caso, con la enfermedad el usurpador se hace presente.

Claro, y además, una de las cosas más extrañas de este usurpador fue que desbarata toda mi biblioteca. No hablo de la física, la que tengo en casa, sino de todo el sistema de lecturas que he ido acumulando a lo largo del tiempo. En este desbaratamiento metafórico los libros se han caído abiertos en páginas que no recordaba haber leído pero que formaban parte de mi sistema de lectura y por lo tanto de mi percepción del mundo. Lecturas olvidadas de William Blake, por ejemplo, de Lezama Lima, del «Libro de la caza de las aves», de López de Ayala, que es una obra medieval… Esas lecturas se entremezclan con una coherencia secreta que después percibí. Es como si el usurpador decidiera algo que yo no entiendo.

En el mismo libro está el poema “Puerta de Atocha – Estación de los Desamparados”, donde hay una imagen del tren convirtiéndose en la medicina que ingresa a tu cuerpo y, al mismo tiempo, se convierte en recuerdos. Como las vacas que se van convirtiendo en el suero que tienes en el brazo…

Sí, sí, sí, (sonríe), en el suero…

Y la enfermera que te pide los boletos… este poema lo escribiste en pleno tratamiento, ¿no?

Bueno, lo empecé a escribir antes de la operación por la cual me retiraron todo el estómago, lo corregí después de la operación y lo terminé en el proceso posoperatorio. O sea, de todos los poemas del libro, ese es el que estuvo acompañándome en la parte más álgida del asunto. Ahora bien, ahí hay juegos dobles, el juego entre la movilidad del tren y la inmovilidad de la habitación,  entre la razón y el delirio de la enfermedad, la demanda del acompañamiento de la familia y la necesidad de estar solo, el recuerdo de dos espacios geográficos, Madrid en la estación de Atocha y Lima en la estación de Desamparados. Pero también dos momentos claves en la historia de uno, que es el presente en que estás sufriendo y la infancia en la que recuerdas esos viajes en tren a Matucana, a Santa Eulalia, a Chosica. Entonces, todo eso se junta y se convierte en un discurso organizado por el delirio mismo de la enfermedad. No termina siendo un poema surrealista, sino un poema de viaje desde la inmovilidad de la cama en la que estoy confinado.

¿Cómo surgió ese poema?

En realidad fue Jannine [Montauban, su esposa] la que me dijo: “Mira, te van a operar, estarás en este cuarto un buen tiempo, ¿por qué no escribes algo que esté vinculado esa situación?”.  Yo de ese libro tenía concretamente un poema que no hablaba de la enfermedad sino de un desprendimiento de retina que tuve en España y que estaba vinculado a un sueño en el que vi a Cristo crucificado, que es el primer poema del conjunto. Pero Jannine que me conoce muy bien, sabía que ese poema tenía un tono distinto a lo que había escrito antes y potencial para desarrollar un libro después. La poesía finalmente es un asunto de tonos más que de temas. La gente pregunta cuál es el tema de tu libro y es muy fácil contestar si tu libro es una novela o un ensayo, pero de poesía es difícil. «Medicinas para quebrantamientos del halcón» no habla de la enfermedad en sí, es difícil definir y precisar.

¿A qué te refieres con tono poético?

Cuando hablo de tono me refiero a la personalidad que define al enunciador de los poemas y la que define al enunciador de Medicinas… es muy diferente al que define al enunciador de por ejemplo «35 lecciones de biología». Es decir, si yo extrapolo un poema de este libro al de «Medicinas…», no encaja, porque el enunciador es distinto, el tono es distinto. La gran lección la aprendí yo hace un tiempo con Edgar Lee Masters, con Fernando Pessoa. Me di cuenta de que no necesitaba cambiar de nombre…

No tenías que llamarte Horacio Morelll.

Sí, eso, sino simplemente abandonar mi biografía civil y poner todo en esa especie de fantasma enunciador, el poeta, definido por un tono que vive lo que vive el ciclo de creación poética y muere cuando acaba. Por eso es que mis libros son distintos; aunque puedan tener las mismas preocupaciones, alguien con un ojo crítico puede percibir que hay un conjunto de elementos que los hermanan; pero, como dice un texto de mi libro Anuario Mínimo, mis poemas son como planetas distintos regidos por un mismo sistema de movimiento. Cada planeta con sus propias leyes, con su propia gravitación.

Tu libro «Siete días para la eternidad» habla del poema de Odysséas Elýtis, un oema hermético, apocalíptico, con un lenguaje bíblico. ¿Lo eliges en estos momentos en que, según tus palabras, tu tiempo ya es limitado?

No, lo que es limitado es nuestra vida, pero a mí lo que me llamó la atención del poema de Odysséas es la capacidad enorme de combinar, de reunir en una misma dicción la creación del mundo en siete días por Yahvé  y el mundo mítico griego al cual pertenece. Cada día de la semana de la Creación tiene una estructura cristiana, pero el contenido es absolutamente pagano, con un aliento mítico impresionante. Pero hay un tercer elemento que, cuando lo leí por primera vez a los 26 años, no supe percibir. El poema está hablando, en el fondo, del proceso mismo de la creación del poema.

El poeta es Yahvé, qué fascinante…

Sí, claro, como si el poeta fuera Yahvé que crea al mundo en siete días. Por eso, se entiende que al final dice “he proclamado ya las palabras que magnetizan el infinito”. No está hablando de Yahvé ni del mundo, está hablando de lo que ha creado con el poema, un microcosmos. Cuando lo volví a leer casi 30 años después, entendí este proceso y sentí la necesidad de establecer un diálogo con él desde una perspectiva contemporánea, la mía, la de un peruano que carece del aliento mítico griego, pero que lo posee de un modo distinto.

Un griego desnudo y un cholo calato….

¡Jajaja…!

Como tu personaje del poema “El equilibrista de Bayard Street”, que al cruzar el alambre, va creando su propio poema. El poeta como creador de un mundo.

Claro, me interesaba desarrollar algunas ideas en términos metapoéticos y adaptarlas a mi propia realidad. Mi poema constantemente dialoga con el poema de Elýtis pero hay un elemento más que para mí es fundamental y es el hecho de que ese poema me permite a mí hablar de lo que yo entiendo por poesía. Yo no soy el que crea las palabras que magnetizan el infinito, sino los otros. Ellos la han proclamado, no yo. Pero, ¿cuál es ese infinito? No el de mi vida. Lo infinito lo asociamos al espacio, pero el poema se llama “Siete días para la eternidad”. Eternidad es a tiempo lo que infinito es a espacio, entonces hay una conjugación que queda un poco suelta. A mí lo que me interesaba era ver cómo en este diálogo, con esas palabras que otros hacían, como Elýtis, yo podía magnetizar el infinito, magnetizar un pasado mítico con un futuro probable, el futuro de mi propia poesía, de la creación literaria, de lo que esperamos en una sociedad como la nuestra tan utilitaria, que tiene presupuestos muy pragmáticos. El poema es el que puede establecer una alianza aquí y ahora, en la medida en que magnetiza ese futuro si quieres llamarlo tecnológico, utilitario, pragmático, con un pasado religioso, mítico. Eso se activa en cada lectura que cada lector hace. Es decir, situarme en ese presente perpetuo, en términos de Octavio Paz, que magnetiza pasado y futuro haciéndolos presente.

***

Es curioso que hablando de eternidad nos despidiéramos para no vernos más. La conversación terminó. Nos abrazamos otra vez, quedamos para la próxima en el mismo café. La eternidad se lo llevó aunque ahora Eduardo vive en su presente perpetuo, ahí en sus maravillosos poemas.

Publicado en El Comercio

Retrato sonoro de Eduardo Chirinos

Por Leonardo Valencia

En el último poema de su libro Breve historia de la música, Eduardo Chirinos incluyó unas líneas en inglés que son dos preguntas que encierran su respuesta: “¿Tenemos una mitología?  ¿Sabríamos qué hacer con ella si la tuviéramos?”. Las líneas no tienen firma pero es fácil saber a quién pertenecen, porque el poema se titula como una pieza de John Cage, Daughters of the Lonesome Isle. Chirinos lo interpreta, tal como ha hecho en todo el libro, donde recorre obras musicales que van desde los berberiscos pasando por Erasmus Widmann, Jean Sibelius, Erik Satie y finaliza con Cage. Esas preguntas pertenecen al libro del músico norteamericano, Silencio, concretamente de la parte en la que habla de la “composición como proceso”. Quiero empezar por aquí para intentar acercarme a la obra de Chirinos, que ha fallecido el pasado 17 de febrero a los 56 años y que, siendo de origen peruano, es uno de los mayores poetas de lengua española de los últimos años. Esa grandeza no sólo viene dada por el esmero de su escritura sino por su diversidad de registros.

Chirinos no tenía una mitología única. Es decir, no se quedaba en un universo cerrado, quizá porque era saludablemente escéptico de las mitologías únicas. Las visitaba a todas. Era un director de orquesta que exploraba siempre nuevas combinaciones. Los títulos de sus poemarios reflejan la pluralidad: Archivo de huellas digitales Abecedario del agua, Humo de incendios lejanos, 35 lecciones de biología (y tres crónicas didácticas) y el más reciente: Medicinas para el quebrantamiento del halcón. No hay un estilo único: su estilo es ese múltiple proceso en búsqueda. Así se harían comprensibles los saltos mortales que daba entre un poemario y otro, colocándose casi en las antípodas de sí mismo. Entre los versos perfectamente puntuados de Escrito en Missoula hasta la ausencia de puntuación de Humo de incendios lejanos, leer a Chirinos es como encontrarse con un batallón de poetas. Interpretaba y dirigía su propia orquesta de escrituras. A esto se suma algo que no debería pasarse por alto de su trabajo literario: la traducción y la reflexión ensayística. Libros suyos como La morada del silencio, donde exploraba el tratamiento del silencio en varios escritores latinoamericanos del siglo XX, desde Westphalen a Olga Orozco, Eielson y Alejandra Pizarnik, Sologuren y Rojas, a su ensayo Los largos oficios inservibles, donde recopilaba mucho de su escritura en prosa. Chirinos creía en la posibilidad de que el poeta pudiera reflexionar sobra la escritura, y no se privaba de hacerlo. En su ensayo “Northrop Frye o los poetas nuevamente expulsados” hace una muy pertinente reflexión, diríamos que conciliadora, por la que el poeta, cuando hace crítica, opera como un lector privilegiado, y recordaba en este sentido las palabras de Borges de que se preciaba más de lo que había leído que de lo que había escrito. El que escribe es un lector particularmente intenso motivado, en gran parte, por lo que ha leído. Esa intensidad está en Chirinos. Lo refleja su poesía y lo refleja la variedad de intereses en su reflexión. Hasta publicó un libro titulado El Fingidor Revista Literaria donde reúne textos de diferente formato y que no es otra cosa que eso: una revista literaria, hecha sólo por él.

Su pérdida no sólo apena por cumplirse con un poeta en la plenitud de sus capacidades, sino por perder a alguien que aunaba sabiduría y bondad. Esto lo dijo él mismo pero al referirse, en una crónica hermosa incluida en Los largos oficios inservibles, a una visita que hizo al poeta portugués Antonio Ramos Rosa. Había en Chirinos esa sabiduría y bondad que dispersaba a quienes estaban cerca de él, o lejos también, como es mi caso. El último libro que me envió por correo es uno de los suyos que más admiro y que, no he dejado de decirlo, es uno de los grandes poemarios de inicio del siglo XX, Humo de incendios lejanos, publicado en México por la editorial Aldus en 2009. Allí escribió Chirinos, sin punto ni comas, pero con una fluidez que está medida por la destreza de su largo y beneficioso oficio, versos como los siguientes: “alguien no sé quién me dice cuídate de los significados no busques verdad detrás de la belleza aprende a respirar con la mirada”. Poco después, con su toque de humor, añade: “érase una vez una princesa bah la muerte no tardará en aparecer la muerte sus ojos azules sobre mi plato vacío”.

Chirinos deja banquetes de lecturas, bandejas llenas de deslumbramientos verbales, la muerte no lo encontró con un plato vacío. No faltará mucho para que se publique su obra poética completa –sin olvidar sus ensayos– y se pueda medir lo que está disperso en sus tantos libros. Por supuesto, hay varias antologías de su poesía. Hace pocos meses en Ecuador se publicó con la editorial Línea Imaginaria una cuidada selección de Aleyda Quevedo, titulada La música y el cuerpo. Es el mejor retrato de Chirinos: allí se podrá escuchar la música que él tan bien dirigía. Como él era un poeta feliz, quisiera recordarlo así: feliz. Y sordo, por supuesto. Esa era la paradoja: con una sensibilidad tan fina para la escritura, el poeta tenía sordera de un oído. Te lo advertía y luego se movía para acercarte a su oído bueno. Su escritura es una invitación para aprender a escuchar, como lo dice en ese poema sobre John Cage:

apaga
la luz
por una vez
cierra
los ojos
y escucha
escucha
vuelve
a escuchar.

Publicado en El Universo

Dos poemas para despedir al peruano Eduardo Chirinos

Biografía de una noche cualquiera

Reviens-moi fanlôme de mes nuits,
revois-moi que je me trouve

César Moro

Atravesar un pasadizo a oscuras,
palpar la tibia humedad de sus paredes, su babosa suavidad
de recto laberinto. Hacia el fondo una luz Gritas
pero nadie escucha tu grito. Tiemblas,
pero nadie siente tu temblor. Tienes miedo.
Tú que nunca lo tuviste, ahora tienes miedo.
Has tropezado a ciegas con obstáculos, has encendido inútiles
antorchas, has maldecido y orado y vuelto a maldecir.
Tus dedos se aferran al hilo conductor. Ese hilo
es una larga vena en la que corre tu sangre;
estás atado al punió de partida,
pero algo más fuerte te impide volver.

(‘¡Ariadna!, tú que ideaste este ardid, dime ahora cómo salgo
de este laberinto, dime
cómo he de palpar estas paredes sin rasgarme las manos,
cómo es que hay un afuera que me atrae como al suicida el
vacío. Ariadna, tú que alimentaste amargamente mis deseos, tú
que me creaste para concebir contigo, dime
qué horrenda verdad se oculta bajo esta ciega luz. qué palabras
moverán las columnas de este palacio derruido, que voz
arrullará mi sueño cuando retorne al sueño.
No dejes, Ariadna, que se corle el hilo queme ata a tu vientre,
no permitas
que el negro dolor se apodere de tu cuerpo y me destruya.‘)
Ya es de noche.
El viento mueve con furia las copas de los árboles, escuchas
sonidos inútiles y un breve jadeo índica que todo está bien,
no tienes de qué preocuparte.

Tomado de: poemas-del-alma.com

Puerta de Atocha – Estación de los desamparados

Váca mi estómago, váca mi yeyuno.
César Vallejo

1

Paradojas del movimiento. En el interior del tren
el paisaje se percibe desde la quietud. Todo
lo sólido se desvanece en el aire, deja partículas
de polvo, su estela multicolor en la retina.
En el exterior, en cambio, el paisaje es inmóvil.
El tren perfora la quietud como una aguja en la
arteria, como la sangre que circula en un cuerpo
inerte pero todavía vivo. Y el sol. El sol benéfico
que arde en los metales, en la memoria que
agradece la llegada del tren. Y me adormece.

2

Ahora, por ejemplo, veo paisajes con vacas.
¿Por qué el tren me hace pensar en paisajes
con vacas? Del soporte de fierro cuelgan bolsas
como ubres. Están conectadas a mi cuerpo y mi
cuerpo, callado, las recibe. Miro sin entusiasmo
las ubres de las vacas. Su leche rosada y salina
que ha de llegar hasta mí. Una enfermera entra
a la habitación y pide mi boleto. Las vacas pastan
en las laderas de los Andes, vuelan por los tejados
de Madrid, aterrizan sin alas a orillas del Jocko.
Yo bebo su leche, palpo las ubres que cuelgan del
soporte de fierro. Siempre de pie, junto a mi cama.

3

Estación de los Desamparados, mayo de 1973.
Todo está en orden: el sol, el río, los asientos
numerados. Domingo familiar en las afueras
de Lima. Escucho la algarabía del tren, su
insistente y frágil traqueteo. ¿Quién hace
tanta bulla? Quiero descansar, pero tampoco
quiero que se vayan. Me hace bien tanto
alboroto, tanto laberinto. La enfermera
me pide mi boleto. No lo tengo, pregúntele
a mis padres, tal vez esté escondido entre
las sábanas. El tren partió con media hora
de retraso. Miro las aguas del río. Ellas
también viajan, pero en sentido contrario.
Conforme suben se tornan más limpias,
más violentas, menos habladoras.

4

Silencio. Lo que necesito es silencio. Cierro
los ojos, acomodo la cabeza en la almohada
y trato de dormir. Pero no puedo. En cada
estación los ambulantes ofrecen sus productos:
bolsitas de cancha, de camote frito, de maní
tostado. Artesanía barata para turistas pobres.
La enfermera me trae la comida en una bandeja
de aluminio. Dice que volverá en dos horas.
Se llama Eulalia como la santa del pueblo,
como la marquesa de Darío que ríe y ríe y ríe.

5

Estación de Atocha, septiembre de 1986.
Frente a nosotros viaja una familia de gitanos.
El compartimento es pequeño y huele mal.
Aquí no hay cante jondo, ni romance con luna,
ni sangre de cuchillos. Con una navaja el padre
corta un queso. La niña duerme en faldas de la
madre, el niño me ofrece revistas pornográficas
por tres duros. El destino se aleja a la velocidad
del tren, se adentra en la noche, se hunde sin
piedad en la pupila del lobo. Me aferro a los
barrotes de la cama (“váca mi estómago, váca
mi yeyuno”). En la próxima estación se bajan
los gitanos. Y yo debería irme con ellos.

6

Imagina un tren que parte de una estación
cualquiera. Imagina que en cada estación el
tren se multiplica. Que lo que fue al comienzo
un tren solitario y reluciente son ahora miles
circulando sin control. Invadiendo lentamente
y en silencio cada vía sana y libre de tu cuerpo.
7

Infiernillo es rojo y da miedo. Estoy hablando
de mi primer viaje en tren (Lima-Jauja, 1967).
Atrás quedó Desamparados, la cuesta amable
de Chosica, Matucana, San Mateo. Mejor no
mires, advierte mi madre. Estelas de sal en los
rieles podridos de la Oroya (3,700 m.s.n.m.).
El tren perfora la montaña y la divide en dos
en tres, en cuatro. La enfermera pregunta
si he comido ancas de rana. Hace tiempo me
arrodillé ante la Señora de los Desamparados,
me preguntó si leía revistas pornográficas.
No supe contestarle. Me perturban los ojos
del niño gitano, su insoportable olor a queso.
Mejor no mires, advierte mi madre. Abajo
camiones pequeñitos transportan minerales
a una fundición. Me siento mareado. Mejor no
mires, advierte mi madre. Mejor no mires.

8

Eulalia entra a la habitación y pide mi boleto.
Volteo nerviosamente los bolsillos, reviso una
y otra vez la billetera, rebusco entre las sábanas.
Si no lo encuentro tendré que bajarme en la
próxima estación. No te preocupes, me dice
un pasajero. Ahora ya eres uno de los nuestros.

9

El tren es una mancha que enturbia la pureza
del paisaje. Perfora la quietud como una aguja
en la arteria, como la sangre que circula en un
cuerpo inerte, pero todavía vivo. Y el sol. El sol
benéfico que arde en los metales, en la memoria
que agradece la llegada del tren. Y me despierta.

Tomado de: Círculodepoesía.com

Publicado en Revista Arcadia

 

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