Guatemala: los tapis y la música

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Por Juan Pablo Muñoz y TG

Muchas son las circunstancias que giran alrededor de una buena tanda de tragos. No es que una bebedera siempre se planifique, pero de una u otra forma, alrededor deltapis, siempre está la decisión del tipo de bebida (muchas veces condicionada por la plata que tenés), la compañía (aunque uno nunca sabe con quién puede parar bebiendo), el lugar (aunque ya entrados en confianza casi cualquier lugar es bueno), las bocas (a las cuales les dedicaremos su propio número) y sobre todo, el ambiente. Y es dentro de este último rubro que aparece nuestra gran invitada para esta ocasión, la música.

Y es que un buen trago siempre pasa mejor con una rolita, de esas que más nos gustan: “esa me llega, mirá vos”, dicen unos, mientras ya algo desinhibidos la cantan; o, “esa me hace lata”, dirán otros, mientras se les hace un nudo en la garganta. En todo caso, aparece el clásico: “salud por esa canción, muchá”, que profieren los bohemios, chupando un limón, chocando sus vasos y empinándolos a fondo, en tanto mentalmente o a viva voz la dedican a una persona o situación de esas que pasan en la vida.

Esa canción me recuerda a tu papá -decía una ancianita a su hijo, mientras se quedaba detenida en el tiempo, de pie, escuchándola.

¿De veras, ma’? -respondió el hombre.

Sí, siempre la ponía cuando estaba con sus tragos… Esa era su canción… -reflexionó mientras suspiraba.

Como cada quien y sus gustos, resulta que para echarse los tapis todo mundo tiene preferencias musicales y que, aunque pasa, muy pocos preferirán el silencio. Según estas preferencias, ejemplificaremos a algunos perfiles de tapiceros-musiqueros.

En primer lugar, están los fiesteros. Estos buscan lugares donde haya musicón para bailar, mejor si es a todo volumen; y entre estos, los hay de dos tipos. Los bailadores consumados, los que se sabe que bailan y lo hacen con o sin sus tapis; y los recatados, que sólo lo hacen empujados por el espíritu de Baco. ¿Quién no conoce alfulano que con los tragos se despreocupa y se vuelve una maestro de la cumbia, de la salsa y, aunque reniegue de él, hasta del reggaetón? Empieza moviendo las manos como si tocara un instrumento; luego los hombros, como si fuera culebra; después, los pies, llevando el ritmo; hasta que de repente, trago en mano empuja la silla y empieza a bailar solito. Con suerte, habrá alguien desprevenido por allí que le hará segunda.

La filosofía popular enseña que el que baila y traguea toda la jornada, termina más cansado pero menos bolo. Ese es un ejercicio experimental que podría salir como producto de este número. En todo caso, allí nos cuentan.

Viernes en la tarde. Fin de mes. Un grupo de amigos en algún rincón del chance.

Bueno, ¿y qué va a haber, muchá? -dice quien siempre anda sonsacando.

Vamos a tomar alguito, digo yo -dice el más rogado del grupo.

Hoy toca la Sonora en el bar de aquél fulano -dice la que siempre anda informada.

Pues yo no bailo, pero los acompaño -dice el que dará la sorpresa ya algo tomado.

Nel, muchá, yo no tengo muchas ganas de reventarme, mejor vamos a platicar al barcito de aquél callejón -dice el aguafiestas.

Y es que hablando de bailongo, mención aparte merecen las discotecas y salones de baile. Algún día haremos una etnografía de estos sitios, tan disímiles unos de otros, por lo que ahora nos contentaremos con algunas observaciones generales. Siendo lugares específicos para mover las articulaciones, con su pista, conjunto musical o DJ, efectos de luces, humo y todo, abren sus puertas ya entrada la noche, entre semana, desde la tarde, en sábado, o desde muy tempranas horas del domingo, para que la muchachada se acerque en grupo, en parejas o solos para pasarla bien un rato.

Algunos lugarcitos de estos son típicos diurnos, como el extinto salón aquél que se llamaba Megatrón; pero, la mayoría atienden hasta que llegue la famosa ley seca y así en confianza, hasta un ratito más (con el permiso de la ley seca). Hay algunos por allí que incluso cierran hasta bien entrada la madrugada, convirtiéndose en referentes de los famosos after party que hay en la ciudad.

¿Por qué apagaron la música, muchá?

Porque vino la poli…

Sí, pues, ya son como las tres.

Sentémonos un rato, a saber ni qué hablan con los dueños y lueguito se van…

Como ya se dijo, dentro del gremio de los adictos al tapis están los que más que bailón, buscan aliviar el estrés en un ambiente relax, donde las pláticas de bolos puedan fluir, para distraerse un poco. Estos buscan, pues, juntarse en casas de amigos, convertir la oficina en mesas de casino, parquecitos de colonia o bien bares discretos con música a poco volumen, mejor si es instrumental o en vivo. Este ambiente también es preferido por quienes buscan hacer negocios, ya sea políticos, económicos o de la carne…

Pero entre los que quieren bailar y entre los que más que todo buscan un descanso, hay una categoría intermedia, la de los amantes de la música, los que se definen a partir de ella. Por eso, hay bares que son conocidos sobre todo por la música que ofrecen. Está aquél bar de música del recuerdo de allá por la zona 9; los de trovadores en varios puntos del Centro; los de los rockeros, que andan diseminados afuera de la U, en el Centro y en general en un sinfín de lugares medio escondidos en cada parte de la ciudad; los de reggae, para los rastafaris, donde además de Bob Marley abundan las risotadas al fumar a saber ni qué cosa; los de pop actual, en los hoteles, centros comerciales y barcitos más caqueros; los de mariachis, rancheras y banda, para los más dolidos; y así. Cabe resaltar que no faltará aquél grupón que no contento con la música mainstream o de masas, busca refugios en donde poder compartir y escuchar esa música mundial que en general muy poca gente conoce… “Escuché un grupo africano de música tal…, te va a llegar”, le dice un bebedor a otro, camino al bar…

En los bares temáticos, no sólo encontrás gente con tus mismas preferencias, seguramente mucha conocida y amiga, sino además esporádicamente ofrecerán eventos culturales como tributos a artistas, toques de covers y un poco de música propia de los grupos nacionales o noches dedicadas a ciertas épocas, con las respectivas ofertas de tapis del día. Es por eso que además de distracción, generan una cierta identidad entre diferentes grupos. Puede que con un tu compa no tengás mucha relación, pero saber que el sábado hay un tributo al grupo favorito que tienen en común es una buena oportunidad para invitarlo a tomarse un par de tapis

Lo anterior no quiere decir que todos los bares tengan especialidad. Algunos dependen más bien del gusto del cliente. Para ello existen desde rockolas bien variadas, como las de algunas cafeterías chinas que tienen miles de canciones de todo tipo; o, las que ponen a disposición de la clientela una computadora conectada al internet: te acercás al que la controla y le pedís una rola de aquél y una de aquélla, mientras te las ponen en cola de espera. Algunos más sofisticados, las escriben en servilletas y vía el mesero las mandan al DJ en funciones.

También siguen siendo muchos los centros de tapis, sobre todo las tiendas y comedores, que siguen funcionando a puras emisoras de radio. Hay algunas frecuencias que en particular los fines de semana o para otras fiestas de guardar, programan franjas especiales de música continua, pensadas para acompañar las celebraciones de muchas familias. “¡Ponéte la radio tal, vos, en esa hay buena música los sábados en la noche… y de paso traéte más hielo, porfa!”.

En todo grupo de bolos, existe siempre el que más rolas se sabe. Se sabe la letra, quién la canta y hasta el historial y anecdotario de temas y artistas. También sobresale el que monopoliza el repertorio y no puede faltar, el relajero que a lo lejos asoma la cabeza y grita: “súbale watts a esa rola, compa”, incomodando a más de algún parroquiano.

En fin, mucho puede decirse de tapis y música, los que buscan karaoke, el que saca la guitarra, el que se vuelve crítico musical, el que toma a fondo o llora al escuchar cierta canción, el quemarolas, el que les cambia la letra cuando las canta -o tararea, si es inglés-, el que perjura que hubiera podido ser un gran cantante si lo hubieran dejado, el que al otro día -ya de goma- amanece con la tonadita de la rola de la noche o algo ronco de tanto gritar, el que algo bolo llama a media noche para dedicar ciertos temas y el que grita “esa es mi canción” -aunque la mera verdad no le luzca-. ¿Se pueden imaginar cómo sería una señora libadera sin música?

Publicado en La Hora
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