Los colores de Barranquilla

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Para el escritor, gestor cultural y curador Eduardo Márceles Daconte, el Carnaval de Barranquilla “es una de las fiestas populares más fotogénicas de Colombia”. Uno de esos ‘símbolos’ culturales del país, declarado por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, y un punto de encuentro de personas de diferentes nacionalidades, edades, etc.

Bajo el nombre ‘Quien lo vive es quien lo goza’ –frase familiar para muchos colombianos– Márceles Daconte convocó a los fotógrafos Enrique García, Alex Riquett, Fabiana Flores Prieto, Juan Camilo Segura, Gisela Savdie, Eduardo Suescún Toledo, Vivian Saad, Nick García Rada, Carlos Javier Capella (de EL TIEMPO), Haroldo Varela Gómez y Rigel Castro, para que expusieran sus imágenes del Carnaval en la Casa de la Cultura de Anapoima.

Así, los asistentes a la sala de exposiciones de este centro (hayan asistido o no a alguna edición del Carnaval), pueden observar la indumentaria que caracteriza a esta fiesta.
Y a sus protagonistas: la gente que participa en comparsas en donde monocucos, marimondas y farotas recorren las calles de Barranquilla. Así como el Carnaval reúne a diferentes comunidades, esta selección presenta una mirada múltiple y subjetiva de esta fiesta, pues algunos se enfocan en detalles y gestos, otros editan las fotos para resaltar el colorido, o se fijan en los espacios de encuentro. Incluso, toman fotos en lugares íntimos como un baño, y en blanco y negro, como Juan Camilo Segura, en una de las fotos que componen la serie ‘Excusados’ (2008).

“Para lograr su objetivo, estos fotógrafos utilizan diversas técnicas, ya sean mixtas o tradicionales”, explica el curador en el texto curatorial de esta exposición, que estará abierta al público hasta mediados de julio.

Publicado en El Tiempo

La historia de Eduardo Márceles, el sobrino de la ‘Nena’ Daconte

La primera vez que salió de Barranquilla fue a finales de 1963, con destino a Nueva York, para aprender inglés. “Un año más tarde me gané una beca e ingresé a estudiar economía y ciencia política en New York University. Allí estuve hasta graduarme en 1970, cuando viajé a México”.

Se llama Eduardo Márceles Daconte. Periodista, crítico de arte, biógrafo de Celia Cruz, exjefe de redacción de un periódico latino en Nueva York, andariego por los lugares más dispares de este mundo. Hace 40 años, a mediados de los 70, su nombre no habría necesitado presentación. Los diarios y revistas colombianos más importantes publicaban sus artículos. Pero anduvo tanto de país en país que poco a poco Colombia, como es habitual, lo fue olvidando. El año pasado publicó su primera novela, ‘El umbral de fuego’.

En Cuernavaca conoció al escritor David Sánchez Juliao, que enseñaba en el Centro Intercultural de Documentación, y cursó un diplomado en historia del arte y cinematografía de América Latina. “De México me fui para la Universidad de California, en Berkeley, donde permanecí casi dos años estudiando una maestría en estudios latinoamericanos”.
Se involucró en la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos y los chicanos. Y conoció el budismo. “Entonces tomé un avión y me interné en un monasterio cerca de la ciudad de Kandy, en Sri Lanka. Allí permanecí 6 meses. Luego, como mochilero, me dediqué a recorrer la India desde Tamil Nadú hasta Cachemira, pasé por Pakistán, Afganistán, Irán, Irak, Siria, Líbano, Turquía hasta llegar a Grecia, donde viví unos meses en las cuevas de Matala al sur de Creta. El recorrido lo hice en avión, bus, tren, en camello, elefante, muchas veces a pie o en autostop”.

Trabajó en Roma, en un hostal del Vaticano. Pasó a Barcelona, donde fue traductor de manuales de instalación de una planta de energía nuclear en Tarragona. “En vacaciones recorría España en un Volkswagen y países de Europa”. Entre 1971 y 1972, también en Volkswagen, fue desde San Francisco de California a través de México y Centroamérica hasta Barranquilla. El tramo Panamá-Colombia lo hizo en barco desde Colón hasta San Andrés y de allí a Cartagena.

Vivió en China. “A mi regreso me he reintegrado a mi actividad como periodista cultural con artículos que publico en diarios y revistas, algunas veces tengo pedidos de publicaciones extranjeras que solicitan artículos sobre asuntos colombianos. También escribo cuentos, ensayos y terminé la novela ‘El umbral de fuego’, que había comenzado en Nueva York. Durante la interrupción de la novela terminé dos libros sobre las artes visuales de Colombia, Los recursos de la imaginación”, región andina y región Caribe.

Su nombre comenzó a verse en revistas y periódicos en la década del 70, ¿cómo llegó a ser uno de los gurúes de arte más sobresalientes?

Regresé a Colombia en junio de 1975 desde Barcelona. Mi primer artículo fue un reportaje con el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal que publicó el Suplemento del Caribe, separata cultural de ‘Diario del Caribe’, de Barranquilla. Lo visité durante dos semanas en su isla de Solentiname, en el Lago Nicaragua. En ese mismo año, un grupo de artistas y amigos en Barranquilla me solicitaron que escribiera una reseña del Salón Regional de Artistas que se celebraba en Cartagena porque, según ellos, “nadie decía nada”. Cuando me vine a vivir a Bogotá, mi primer trabajo fue como profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, pero seguí escribiendo reseñas críticas, artículos, reportajes, crónicas sobre teatro, artes visuales, literatura, que me solicitaban o que enviaba como colaboración para suplementos, diarios y revistas. Más tarde fui editor cultural de ‘Nueva Frontera’, la revista del expresidente Carlos Lleras Restrepo, en la cual trabajé en estrecha relación con su director Luis Carlos Galán y María Mercedes Carranza, su jefe de redacción.

¿Cómo llegó a ‘Nueva Frontera’?

El escritor barranquillero Jaime Manrique Ardila un día decidió radicarse en Nueva York y me llamó para preguntarme si quería remplazarlo, y la visitamos. Ella me conocía por mis artículos, así que de inmediato me propuso algunos temas. En las noches nos reuníamos en su apartamento del Bosque Izquierdo para leer poesía y conversar sobre literatura y política. Cuando me fui a trabajar como profesor visitante a la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, en febrero de 1986, nos carteamos un par de veces. Antes de viajar, yo había participado en la comisión que redactó el programa cultural que tendría el candidato Galán cuando llegara a la presidencia, compartíamos argumentos y propuestas con el pintor Lorenzo Jaramillo y dos o tres miembros destacados del Nuevo Liberalismo. De hecho, era seguro que María Mercedes sería nombrada Ministra de Cultura y yo estaría, según me aseguró, a su lado en alguna posición. En julio de 2003, una amiga me llamó a Nueva York con la triste noticia de que María Mercedes había muerto. Me dolió en el alma porque el país perdía a una intelectual de alto calibre, que dejó un patrimonio poético inmenso.

¿Qué le ha significado haber nacido en Aracataca?

Nací en Aracataca, pero a los 45 días de nacido me llevaron a vivir a Barranquilla, a casa de mis abuelos paternos y cuatro tías. Antes de nacer para la mitología literaria, Aracataca era el lugar idílico a donde mi mamá me llevaba desde Barranquilla a pasar mis vacaciones escolares. Allí me encontraba con mis abuelos, tíos, primos, el río y las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Los juegos infantiles consumían nuestro tiempo. Por las noches, el programa era ver películas mexicanas en el cine Olympia, que mi abuelo había fundado en el amplio patio de atrás de su casa en el centro del pueblo. Era grato sentarme junto a mi abuelo italiano Antonio Daconte a escuchar sus historias de Scalea, su terruño natal en Calabria, de donde había salido muy joven con sus hermanos Pietro y María para venir a este remoto y ardiente lugar del Caribe.

Carlos Márceles Orellano, mi papá, nació en Puerto Colombia (Atlántico). Era normalista y trabajaba como inspector nacional de educación. El Ministerio lo enviaba por temporadas a actualizar el pénsum en regiones del Caribe. En una ocasión fue asignado a Aracataca, donde conoció a mi mamá, Imperia Daconte Calle, hija de Antonio Daconte y Manuela Calle. Mi abuelo no gustaba del noviazgo, pues consideraba que mi padre era un advenedizo, pero, como estaban enamorados, una madrugada tomaron el tren y se casaron en la iglesia de Pueblo Viejo, poblado de pescadores a orillas de la Ciénaga Grande.

¿En su casa, sus parientes contaban historias sobre Aracataca?

Mi mamá era la única que me contaba historias de Aracataca, en un vano intento por desenmarañar la complicada madeja de mi familia, ya que mi abuelo Antonio tuvo hijos e hijas con dos hermanas; la menor fue mi abuela. Entonces yo tenía primos con diferentes tíos y tías, y otros familiares italianos que nunca supe cuál era mi parentesco con ellos hasta el día de hoy. Yo era un adolescente rebelde que solo se interesaba por los juegos y las protestas estudiantiles cuando asistía a la escuela secundaria en Barranquilla. Leía poco, pero recuerdo algunos libros que me impresionaron y me dejaron con ganas de ser escritor: ‘El extranjero’, de Albert Camus; ‘Lolita’, de Vladimir Nabokov; ‘La metamorfosis’, de Franz Kafka… Los fantásticos cuentos de ‘Las mil y una noches’ me fascinaban y leía muchos libros de historia, en especial de la Revolución francesa, la Revolución rusa y la Segunda Guerra Mundial. Mis tías estaban suscritas a la revista ‘Vanidades’, que traía cuentos y novelas románticas de Corín Tellado, que yo leía con avidez.

Vine a escuchar por primera vez el nombre de García Márquez cuando ganó el Premio Esso, en 1961 con ‘La mala hora’. En mi casa era una sensación que un escritor de Aracataca hubiera sido galardonado. Una de mis tías compró el libro y cuando me tocó el turno lo leí, en 1962, cuando estudiaba segundo año en la facultad de Idiomas de la Universidad del Atlántico.

Volví a encontrarme con un libro de Gabo en 1967, siendo estudiante de economía y ciencia política en la Universidad de Nueva York y ‘Cien años de soledad’ causaba furor entre los estudiantes universitarios y la comunidad de hispanos. Además de gustarme su narrativa, él era de ese pueblo distante que yo reconocía en mi memoria y aguijoneaba mi nostalgia: el tren, las bananeras, el río con sus piedras blancas y enormes “como huevos prehistóricos”, los almendros, los personajes, entre ellos el italiano Pietro Crespi, en quien creí reconocer a mi abuelo. Años más tarde, en 1981, cuando conocí a Gabo en La Habana, me confirmó que el italiano en principio se llamaba Antonio Daconte, pero, comentaba entre risas: “El personaje se me fue volviendo marica, así que tuve que cambiar el nombre por Pietro Crespi, porque pensé que tu familia se indignaría en Aracataca cuando leyera la novela. Pietro Crespi era un afinador de pianos que mi mamá había conocido en Barranquilla”.

¿Las memorias de Gabo qué impresión le dejaron?

Fui de los primeros en leer ‘Vivir para contarla’, en Manhattan. Me regocijaba con su lectura porque hacía menciones de mi familia. En su autobiografía, y en conversaciones anteriores y posteriores a ella, Gabo siempre me manifestó su gratitud para el viejo italiano que le permitía a su abuelo, Nicolás Ricardo Márquez, entrar con su nieto a ver las películas gratis en su cine. En una ocasión me contó en Cartagena que su afición por el cine surgió en aquellas rústicas bancas de madera del Olympia, donde él, hipnotizado por el milagro de las imágenes en movimiento, disfrutaba de las peripecias de sus protagonistas. También me comentó que cuando escribía el cuento ‘El rastro de tu sangre en la nieve’, al necesitar un nombre para la protagonista, recordó a mi tía Elena Daconte, y quiso hacerle un homenaje porque estuvo enamorado de ella. La recordaba con sus bucles dorados en la Escuela Montessori, donde ambos estudiaban. A ella la llamaban la ‘Nena’ Daconte, porque era una niña muy bella.

Siempre su primera pregunta era: “Bueno, cuéntame qué está pasando por Aracataca”. En una ocasión que me invitó a almorzar en su casa de Cartagena y le informé que la novedad era que había muerto mi tío Galileo Daconte, y él, consternado, se condolió de la noticia. “Era el mejor amigo de mi niñez”, me dijo. En aquel momento estaba escribiendo ‘El amor en los tiempos del cólera’, entonces cuando la leí encontré que uno de sus personajes se llama así, en homenaje a su amigo de infancia.

¿Por qué derivó hacia la ficción?

Desde joven me gusta la narrativa. Mi novela ‘El umbral de fuego’ toma mucho de mi investigación sobre inmigrantes que ingresan de manera clandestina, sus vivencias, aventuras y desventuras con un protagonista como eje central, aunque hay otros personajes, llamado Lorenzo Centeno, que ocupa el peldaño más bajo del negocio del narcotráfico pues se desempeña como jíbaro, el que vende en las calles y a domicilio las drogas.

Vivió 25 años de su vida en Estados Unidos. ¿En qué momento decidió que ya estaba bueno?

Cuando terminé de escribir ¡Azúcar!, a fines de 2003, incluso antes de publicarse, decidí que era el momento de regresar. Tenía un terreno a orillas del mar Caribe cerca de Barranquilla y pensé que era hora de construir ahí nuestra casa permanente, y así lo hicimos.

Lo que vendrá en el cine y los libros

¿Cuál será su prioridad en este año?

En los próximos dos años, voy a asesorar la filmación en Hollywood de ‘¡Azúcar!’, película basada en mi biografía de Celia Cruz. Y estamos a medio camino de un documental sobre las danzas tradicionales del Carnaval de Barranquilla, con el cinematografista Julio Charris Gallardo. También tengo adelantado otro sobre Aracataca y la zona bananera como contexto geográfico y cultural en la vida y obra de García Márquez. Hay algunos libros y exposiciones como curador en diferentes etapas de investigación, uno sobre el arte conceptual en Colombia con énfasis en el Caribe colombiano, desde la década del 70. Dos, una recopilación de mis artículos publicados en Colombia y EE. UU. en los últimos 40 años. Tres, un libro de cuentos titulado ‘Un disfraz de mago para el embajador’, sobre un embajador y su agregado cultural en un país de Europa en los 70.

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