En las manos de dios

Por Miguel Flores

El reino de los enfermos, del dolor y la soledad es la propuesta de la serie En las manos de Dios, serie fotográfica de Luis Felipe Milián, que pone de manifiesto la realidad de la red hospitalaria en Guatemala. Con estudios de ciencias de la comunicación, y ahora de medicina, su mirada se posa en momentos y espacios vividos con intensidad durante el tiempo de su formación como médico.

Procedente del Club Fotográfico, con el que colaboró durante varios años, éste fue el lugar donde se formó en el lenguaje de la imagen. El resultado de la suma de sus experiencias da origen a un discurso estético lacerante, una belleza que duele. Cada fotografía, no es solo un espacio-tiempo, sino el inicio de una historia que Milián induce al observador a completarlas.

“Una fotografía es un secreto acerca de un secreto –observó Diane Arbus-. Cuando más te dice menos sabes” (…) La fuerza de una fotografía reside en que preserva abiertos al escrutinio, instantes que el flujo normal del tiempo reemplaza inmediatamente. Este congelamiento del tiempo –la insolente y conmovedora rigidez de cada fotografía- ha producido cánones de belleza nuevos y más incluyentes, expresa Susan Sontag.

En las manos de Dios, es un ejemplo de esos nuevos cánones de belleza que luchan por ser tomados en cuenta. Corredores solitarios que parecen no llevar a ningún lado, como partes de un gigantesco laberinto que inducen al miedo. Muros despintados, muestra de la indolencia burocrática. La económica luz mortecina que alude más a la muerte que a la vida, otorga una atmósfera azulada como de otro mundo, cercano a un posible purgatorio.

Milián posa su mirada en objetos como las deterioradas sábanas o la salpicadura de sangre en un muro, ejemplo de la insensibilidad al dolor que ahí se vive a diario. Un teléfono público es testigo mudo de la angustia y de la aflicción de noticias de muerte, o de pena por no tener el dinero suficiente para comprar las medicinas que ahí no le pueden dar. No queda más que arañar de impaciencia la pared que se tiene enfrente, que ahora parece exudar sangre.

Una silla roja sobre la que se ve un pasamano… deja ver sus aires de modernidad caduca, alude a esas largas esperas donde se añora la vida, o se espera la noticia del deceso de ese ser querido. Una puerta cerrada, con burdos candados y cadenas, es el rotundo no al acceso al mundo de la salud.

Esta muestra redime al ser humano. Un paciente escribe una carta, su soledad es evidente, atenuada solo por la escritura. Una niña en silla de ruedas ve de reojo a los visitantes, su rostro famélico muestra la angustia frente a lo desconocido, al fondo una venta del purgatorio parece darle la bienvenida. Hombres que viven en soledad su dolor, se refugian en su propio ser.

Para la enfermedad no hay edad, sexo o etnia. Solo pocos habitantes de este reino, parecen ver el horizonte desde la cárcel de su enfermedad. Milián introduce al observador en los dolores privados. En uno de los muros alguien escribió: “La muerte, ladrona basura”. Esta parece ser la sentencia que cae sobre cualquiera que la ve.

Este conjunto de imágenes viola el tabú de lo que no debe estar en escena. Milián las trae al observador como el deber elemental de dejar constancia de una realidad de la que algunos habrán solo escuchado. Las relaciones pasivas ante la realidad o el dolor de los otros se explica por la seguridad que disfrutan ciertos individuos desde la cual pueden pensar que nada podemos hacer.

Esta colección hace visible cómo uno de los límites del hombre es el dolor, el que Milian trasciende no para mostrar el dolor humano sino un nuevo dolor provocado por un aparato burocrático ineficaz, que ha olvidado que el amor y atención al prójimo es otra medicina.

Luis Felipe Milian, además de fotógrafo es médico y cirujano. Esta serie ha sido seleccionada por FotoEspaña y ha sido exhibida en Madrid y Rio de Janeiro.

Publicado en La Hora
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