Una larga y profunda entrevista a Juan Rulfo

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En Contexto
El 7 de enero de 1986 falleció el escritor mexicano Juan Rulfo, nacido en 1917. Con solo un libro de cuentos «El llano en llamas» (1953) y una novela «Pedro Páramo» (1955) Rulfo es un escritor clave para la literatura de su país de América Latina en su totalidad. Aun a 30 años de su fallecimiento sigue siendo uno de los autores más leídos en habla hispana.
En Contexto
Waldemar Verdugo Fuentes, escritor y periodista chileno, nació en 1952 en Santiago de Chile. Ha sido Jefe de Redacción de la revista Vogue. Profesor de Investigación Literaria (fundador) de la Escuela de Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California, México. Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo Cultural otorgado por el Instituto de Bellas Artes de México, 1987, y el Premio Nacional de Ensayo 2004, del Consejo de la Cultura y las Artes de Chile. El texto que aquí se publica apareció en diversas revistas y aparece también en el libro «Magos de América». Este texto, compuesto por notas publicadas originalmente en la revista Vogue, incluye tanto un ensayo del autor como algunas de sus conversaciones con Juan Rulfo.

Juan Rulfo, el tiempo detenido

Por Waldemar Verdugo 

Para muchos de sus lectores americanos, incluso en México, la vida de Juan Rulfo parece estar sólo en las hojas de dos libros. Sin embargo, el hombre que creó «Pedro Páramo» y «El llano en llamas» ha desarrollado una intensa actividad en favor de los más desprotegidos, primero como empleado de la secretaría de Gobernación en su juventud y luego, a través de una labor de varias décadas en el Instituto Nacional Indigenista (INI), cabecera de la antropología latinoamericana. Conversé con él en su oficina allá por el rumbo de Barranca del Muerto al Sur del D.F., donde me recibió cordialmente. Le recordé haberlo saludado en Santiago en 1972, cuando fue homenajeado por la Sociedad de Escritores de Chile, junto a la escritora María Luisa Bombal, y asegura acordarse de haberme visto, pero creo que lo más seguro es que lo afirma de puro gentil que es. Ahora fumamos y tomamos café. La palabra «plática» la aprecia muchísimo, y la de él recae sobre los más variados temas: las librerías de la Ciudad de México, las especies en vías de extinción, los ojos perdidos de los moais de la Isla de Pascua, los ríos que ya no traen agua, que se le está «apagando la linterna» (porque comenzó a leer desde niño y en su pueblo no había luz eléctrica, entonces había que alumbrarse con vela «o con luz de la luna»). Dijo que su salud le está dando malas pasadas («soñaba con viajar cuando era joven, pero sólo cuando me llegó la antigüedad pude viajar; me invitan de muchos países pero mi salud no me permite aceptar siempre. No quiero decir que no estoy al tanto de lo que pasa, porque mis amigos entre los corresponsales extranjeros me mantienen al tanto de lo que sucede. No soy ideólogo ni intelectual ni nada, pero sí me interesa lo que ocurre en Hispanoamérica. Especialmente me he sentido cercano al proceso de Chile porque tengo muchos amigos allá»). Dialogó los más variados temas, pero, antes que nada, a él le importa su propia cultura indígena. Dice:

-«Los indios de México hablan lenguas, no dialectos; lenguas tan diferentes entre sí como el italiano y el polaco. Realmente los problemas del indio se conocen bien, se han estudiado científicamente y lo han hecho especialistas muy calificados de las ciencias sociales, sin embargo, los problemas de ellos siguen allí, se perpetúan, tal parece que no hubiera soluciones aplicables a nivel nacional que fueran aptas para resolverlos, aunque se hacen intentos para lograrlo. Esta característica, pienso que no es muy diferente en el resto de América, incluso en nuestras islas, donde vemos la generalidad de las comunidades indígenas marginadas del progreso».

La población indígena de nuestros países americanos está acechada por flagelos de diversas índoles: el retraso de sus culturas a partir de costumbres no estimuladas por la técnica; el analfabetismo; el arrebato de sus tierras; las propias luchas de poder internas que sostienen por la permanencia del cacicazgo, todo ello agrava su situación. Para Juan Rulfo, «el enemigo capital del indio es la recia tensión económica, que los ataca antes que a otros grupos humanos. Es así como los organismos enfocados a ayudarlos, como el INI, no cuentan con los recursos necesarios para realizar con éxito su misión. En la medida en que se tengan recursos suficientes para llevarlos a las zonas marginadas y combatir su pobreza, este problema deberá desaparecer; sin que ello signifique destruir ese algo distinto que hay en el indio, algo nuevo y muy antiguo que tampoco se valora debidamente. La plata de México, junto a la plata y el oro de Perú, hicieron la riqueza de Europa, no sólo de España, y dejaron comunidades sin desarrollo verdadero cuya tragedia aún arrastramos. Los Olmecas, que poblaron México entre el Atlántico y el Pacífico, tenían una cultura madre aparejada con el tiempo de su época, entre el 800 y el 200 antes de Cristo, en que vivían en el mundo Buda y Zoroastro, Confucio y Lao Tzsé, Homero, Platón y Sófocles. Sabemos que en su leguaje está la memoria histórica de los pueblos, y raíces lingüísticas olmecas-otomangues existen en el lenguaje de muchas comunidades que sólo hace poco se investigan; si por falta de recursos, no se hace esta investigación, ¿cómo salvaguardar un pasado que contiene en sí una de las épocas más ricas de la cultura conocida?. Nuestros problemas son de tres tipos: los que pertenecen específicamente a cada una de nuestras naciones, los de Latinoamérica y los de España. Nos salvamos juntos o nos perdemos separados. Un futuro mejor sólo podrá construirse basado en el respeto a las diferencias, pero, sobre todo, basado en la justicia, que es su falta lo que han sufrido nuestras mayorías indígenas; hay que motivar un cambio sin lesionar sus valores positivos; es una tarea difícil, y si se une a ello la explotación que se hace de lo poco que tienen, debemos concluir que cualquiera institución encauzada a levantar el nivel de vida indio, carente de influencia y de recursos económicos, difícilmente alcanzará sus fines».

Juan Rulfo afirma que, unida a esta serie de circunstancias, se encuentra la dificultad misma que existe en el intento de acercarse al indígena: «La mayoría está encerrada en ese hermetismo ancestral que le es propio, y que rechaza la intromisión de gente extraña en sus comunidades. En el INI hemos intentado salvar esta valla incentivándolos a ellos para que se acerquen a nosotros, de diversas maneras; tenemos, por ejemplo, hace años, concursos de narradores indígenas en que la respuesta es muy halagadora, posibilitando que nos acerquemos a través de la palabra escrita. Hemos detectado que el indio escribe tal como se lo contaron, no usa trucos de estilo o forma, no reelabora los temas; él cuenta sin ningún aditamento, no busca cómo narrar, sólo lo hace; esto permite un acercamiento a su mundo tal cual él lo ve. O sea que toda esta información que recibimos no es deformada; es la que también recolectan nuestros antropólogos e investigadores, pero luego de pasar muchos años trabajando y viviendo en las comunidades».

Al Rulfo editor de materias etnográficas se debe la más completa colección de investigaciones que se han publicado acerca de las culturas indígenas mesoamericanas; en la práctica, no hay grupo autóctono que no se registrara en estas series de ensayos de un modo científico y exhaustivo. Sin embargo, cuando le pregunto por su trabajo, él, modestamente, dice:

-«Aquí corrijo pruebas de imprenta, sólo ese es mi trabajo». Pero no es sólo eso; en cada edición interviene decisivamente, no nada más corrigiendo el estilo de los historiadores o redactando completamente los informes, sino que verificando datos en terreno, asistiendo muchas veces de juez arbitrador… además, es importante señalar que un gran acercamiento de los indígenas a la propia cultura mexicana moderna se ha logrado a través de la obra literaria de Rulfo, posiblemente la primera en ser traducida a las lenguas autóctonas con mayor número de hablantes en América: las Náhuatl, Maya, Purépecha y Mixteca. Al fin que los indios no están mucho más distantes del México de hoy que los campesinos paupérrimos de los polvorientos poblados que inspiraron los cuentos de «El llano en llamas» y «Pedro Páramo». No por nada la Enciclopedia de México destaca en la narrativa rulfiana la soledad, la violencia, la muerte y la naturaleza inscrita en el lenguaje humano. El amor sombrío, el aislamiento, la devoción, los lutos: los mecanismos secretos en el mundo recóndito de los pueblos y los enigmas de sus habitantes.

Hace una semana vi venir al maestro Rulfo caminando por la calle Felipe Villanueva del sur del D.F. Yo acompañaba a la directora teatral Nancy Cárdenas, que colabora con nosotros, y mantiene una relación amistosa y de vecindad muy sólida con él, quien amablemente accedió a recibirme en el INI, según ahora anoto. Antes de despedirnos ese día, dijo: «Para ti no debe ser fácil vivir en el D.F. Yo no soportaría vivir en otro país. Siempre he residido en México. Me moriría si tuviera que vivir como extranjero, para quien todo es más complicado. Trabajé durante unos años en Migración para la Secretaría de Gobernación, por eso conozco el drama de los extranjeros. Claro que tú eres joven, y los jóvenes, generalmente, ven todo más fácil, pero, para un viejo, ser además extranjero debe ser intolerable, yo no podría soportarlo. Conservo buenos amigos en Migración, y si alguna vez necesitas algo…”

Ahora, deferente con su secretaria que le ha traído unos papeles, firma algunos de ellos mientras la mujer, diplomáticamente, me insinúa que el maestro tiene mucho trabajo, y me hago el desentendido. Luego, él siguió hablando como si nada. Usa un diminuto encendedor, escucha las interrupciones con interés, es obvio, sin embargo, que espera seguir en lo que está contando. A ratos usa frases ambiguas y da sugerencias difusas que no se alcanzan porque parecen arrancar de las profundidades mismas de donde salieron sus escritos. Le llaman por teléfono, da unas indicaciones a su secretaria y propuso que saliéramos del INI, indicó que iríamos a caminar «por el solecito» hasta la librería de El Ágora, donde debía retirar un libro que le habían ubicado. Anduvimos lentamente por la avenida Revolución. En la calle habla muy bajito, como si fuera comprimiendo las palabras una a una, suavemente, apenas le oía. Llegamos a Barranca del Muerto y entramos a El Ágora, donde le entregan un sobre, subimos al café del lugar y lo abre con curiosidad: es un libro y una invitación del Obispo de México para una acto público. Su voz se transforma, lo escucho seco, telúrico, con un tono que parecía venir de los tiempos bíblicos, se lo hago notar y responde: «Yo sólo soy católico de dicho; aunque he leído del Génesis al Apocalipsis; los he leído y los he vivido».

Es cierto que uno con Rulfo al comienzo se desilusiona; uno espera un Séneca, un Demóstenes, y se encuentra con un campesino latinoamericano, pero, a medida que transcurren los minutos, todo él deviene en una especie de encantamiento, porque es su trato cargado de una elegancia y amabilidad de indudable cepa provinciana. A todo el mundo que trata, al menos así es como lo veo, lo convence de que está muy agradecido de llamar su atención; en ningún momento le escucho nada que sonara a soberbia, aunque en las pocas charlas públicas a las que asiste, suele ser tajante:

«-Maestro, ¿qué similitud existe entre su obra y la de los escritores actuales?
«-¡Definitivamente ninguna!»

«-Maestro, ¿dónde aprendió usted a escribir?
«-Eso no se aprende» -luego venía siempre un sobrecogedor silencio en la sala que él no tenía la menor intención de quebrar, y otra pregunta.

«-¿Qué, pues, se necesita maestro para ser escritor?
«-Sólo una cosa: cultivar la inteligencia, y eso yo no lo he hecho jamás. Soy muy tonto».

«-¿Cuál ha sido su aporte a la literatura?
«-Ninguno… Eso no lo tengo que decir yo.»

En la Sala Netzahualcoyotl alguien le preguntó por qué no escribía más, respondiendo él con otra pregunta: «-¿Y qué quiere usted que escriba?»

De rasgos finos y pelo cano, pequeño cuerpo delgado, de figura adusta en el vestir, muy amable, sencillo y trasparente cuando habla, Rulfo es un hombre que hasta los colores se le suben si alguien lo elogia; se sonroja fácilmente, escondiendo la mirada serena detrás de sus anteojos de marco oscuro. En el café El Ágora se echa para atrás en el asiento, un rayo de sol toca un vértice de arrugas en su frente, y él toca al sol. En momentos, en la conversación, se envuelve en cierto silencio, ese algo soterrado que mencionamos, que uno debe respetar también guardando silencio. Luego retira los lentes de sus ojos y dice, muy lentamente: «¿Seguro que no quieres que te cuente por qué no escribo más?». Reímos y de él escapan carcajadas que hacen añicos su imagen adusta. Nació el 16 de mayo de 1917; algunos autores ubican su pueblo natal como Sayula, otros dicen que nació en San Gabriel; él mismo dice que nació en San Gabriel, por lo tanto, nació en San Gabriel, «el mismo pueblo que hoy se llama Venustiano Carranza, en Jalisco, al noroeste de esta Ciudad de México, donde llegué a vivir a los 15 años; antes también viví unos años en Guadalajara».

Mientras ordeno esta nota, pienso en que hace unas noches en un bar cercano a la Plaza Washington de la Colonia Juárez, la poetisa Guadalupe “Pita” Amor me presentó a Juan José Arreola, y estuvieron hablando de Rulfo mucho tiempo. «Pita» Amor dice que como buenos amigos se tienen «admiración mutua», y para ella misma: «los mexicanos tenemos tres escritores: Juan Rulfo, Octavio Paz y Xavier Villaurrutia y no necesitamos más». “Pita” dijo que antes solían reunirse en un café de Dolores, donde dieron nacimiento a la revista «América», de ilustre memoria en la historia de la literatura americana, pues reunió firmas que dan orgullo a las letras de nuestros países: Gabriela Mistral, Octavio Paz, Rosario Castellanos, Juana de Ibarborou, Emilio Carballido, Katherine Ann Porter, Alfonso Reyes… recordó “Pita”:

-«En «América» Rulfo publicó varios de sus cuentos que luego incluyó en «El llano en llamas», como ser «Talpa» y «La cuesta de las comadres»… yo creo que Juanito es un hombre de gran pureza y honestidad».

Juan José Arreola, esa noche, comentó que Rulfo era de lo más ordenado: «todo en su sitio, los discos de música clásica, las grabaciones, las fotos de su estrella de cine, de Dorothy McGuire desde luego… yo nunca he sabido, con toda la sinceridad de que soy capaz, si Juan es tímido o desdeñoso; en nuestra época, todos se pusieron de acuerdo y lo declararon tímido, y yo me sometí a la autoridad. Quizás es excesivamente modesto. Lo que sé es que es un clásico. Y un buen amigo, por supuesto. Además diría que Juan tiene poco sentido del humor, es más bien melancólico».

-«¡Estamos de acuerdo! -afirma Pita-. Yo le di a Juanito mi cura para la melancolía… Elementos necesarios: dos medidas de oro y una de cobre/ dos medidas de hierba de boldo y una de púrpura de Tiro/ la sangre de un maguey y la piel de tres manzanas más el corazón de una azucena. Preparación: tritúrese el oro y el cobre hasta convertirlos en un polvo tan fino como la harina. Mezclar con el boldo y la sangre del maguey. Agregar la púrpura, la flor y la fruta. Tómese al mediodía, todo mezclado con vino para quitar el mal sino. Pero no creo que Juanito se la haya aplicado».

Había oído decir, entonces, que Juan Rulfo era escaso de palabra y gesto, y no es así; lo que sucede es que no sufre en lo más mínimo de complejo de grandiosidad: es excesivamente modesto, «un hombre de pocas palabras», como él se dice, al que le aterran las multitudes, y para él más de dos personas son una multitud. Sin embargo, pienso que maneja bien su modestia; le recuerdo que en Chile en 1972 fue invitado al palacio de La Moneda donde el mismo Presidente Salvador Allende le dijo ser uno de sus lectores. Le digo que enfrentó con muy buen humor el tumulto de personas que querían siempre saludarlo mientras estuvo en Santiago. El solamente comenta que “una noche, pienso que fue la última, estuvimos juntos con María Luisa Bombal, y descubrí que el tiempo no transcurre entre las almas afines; fue un descanso hablar con ella después de tantos años de haberla visto, aunque solíamos escribirnos. La conocí a comienzos de la década de 1940 aquí en el D.F. Llegó María Luisa a realizar un trámite en Migración, donde yo trabajaba entonces, no recuerdo bien, pero supongo que iría por alguna visa; el caso es que yo la atendí y ella debió volver a buscar su documento. Me regaló un ejemplar de «La última niebla» que leí de un tirón, me pareció una novela maravillosa, escrita con toda esa simplicidad que es deseable, y lo comentamos con Efraín Hernández; también hablamos de ella con José Gorostiza, que trabajaba asimismo allí. Unos días después llegó María Luisa por su trámite y preguntó directamente por mí; yo recuerdo perfectamente mi impresión al verla, porque la acompañaba Dolores del Río, que ya era una estrella internacional. Yo era un oscuro empleado y era solicitado por ellas. La burocracia mexicana eso tiene de bueno, que está plagada de sorpresas porque fomenta la amistad. Yo creo que en esa época había publicado un solo cuento que… Dios nos libre, el olvido que ha caído sobre él nunca será suficiente; se llama «La vida no es muy seria en sus cosas» y nunca debí publicarlo… quizás ya había publicado «Nos han dado la tierra», y posiblemente «Macario», no sé… pensé en regalar algún escrito de lo mío a María Luisa, pero no lo hice, me dio vergüenza que ella leyera algo mío, porque ni siquiera pensé en la posibilidad de acercarme a su prosa colosal… sólo mucho después le envié mis libros… esa vez Gorostiza y Efraín quedaron para siempre enamorado de Dolores del Río, y yo de la prosa de María Luisa Bombal. Cuando le envié una copia del “Pedro Páramo”, ella me respondió una carta muy elogiosa junto a un ejemplar de “La Amortajada”, que me pareció una joya, y hasta ahora lo creo así. Ella era naturalmente alegre, la recuerdo esa noche en Santiago, riendo y comentando graciosamente las cosas de la vida… yo no suelo andar riendo por el mundo, pero relaciono a María Luisa con un aspecto alegre de mi vida”.

Es notable que en su trato, Rulfo crea una cierta sensación de melancolía, a ratos, de lejanía, de que se va a otra parte donde nadie podría jamás acompañarlo; pero es algo en él absolutamente natural. En María Luisa Bombal también era costumbre esa cierta huida a la distancia, que no molesta al interlocutor. En ambos, cuando alguna cosa les anima, sin embargo, sus ojos se vuelven húmedos. A Rulfo le ocurre cuando habla de sus lecturas de las Crónicas de la Conquista:

«-He leído casi todas las crónicas antiguas, escritos de frailes y viajeros, los epistolarios, las relaciones de la Nueva España; es el estilo del siglo XVI y del siglo de Oro. Me gustan porque están escritas muy sencillamente, es una escritura fresca, espontánea… ahora no se aprecia lo que escribieron los cronistas y relatores de la Conquista, la gente cree que se trata de una antigüalla aburrida, pero conforma quizás lo más valioso de nuestra literatura. Yo creo que de allí arranca lo que se ha dado en llamar el Realismo Mágico, donde me involucran junto a mi amiga María Luisa Bombal, lo que es un halago si se trata de estar junto a ella. Hay dos cosas que amo: leer una crónica y escuchar música, particularmente la música de la Edad Media, del Renacimiento, y del Barroco. Me gustan los cantos Gregorianos, las misas, los réquiem… tengo tantos discos como libros».

No da consejos literarios; dice que no podría porque para él, el arte literario «es perfectamente inexplicable». Sin embargo, le escucho decir que «hay que aprender a tachar», y que se debe, antes que nada, “cuidar la velocidad que se quiere lograr”. En los relatos de Rulfo, el conflicto central descansa en el poder aplastante de la vida, incluso más allá a través de la aplastante posibilidad de la inmortalidad. Sus personajes están fundidos a la geografía como se funden las ciudades en la niebla. Pocos de sus protagonistas tienen contornos nítidos, la riqueza de ellos proviene de la más primitiva naturaleza, son seres en la más pura intuición, aterrorizados y, sin embargo, vivos a pesar de sí mismos; tienen formas borrosas, creyentes al extremo en supersticiones, viviendo en pleno ensueño. El color de la obra de Rulfo es el de la hora en que se une el atardecer a los primeros jirones de la noche, donde todo parece milagrosamente vivo. Sus protagonistas se mueven naturalmente en la sombra o en la luz infernal, así furiosos ora doblegados por el amo. A mi parecer, en nuestro idioma castellano, sólo es posible encontrarle paralelo en la obra de María Luisa Bombal, que, entonces, se ubica junto a Juan Rulfo como los pioneros del realismo mágico, la más profunda huella literaria del siglo XX (que brota de un aspecto muy delicado del ser humano) que en sí contiene innumerables autores del pasado y quienes les siguen, con nombres que hoy se estudian.

La habilidad de María Luisa Bombal y Juan Rulfo para entrar en el más allá y moverse en el mundo hueco con absoluta libertad, es análoga. Es raro otro autor con ese toque raro, con esa vibración misteriosa, en que lo irreal alterna sobremanera todo lo que roza, y esto sin recurrir a desorden alguno o a intencionado caos: su mérito está, además, precisamente en lograr esta conexión entre lo que es y lo que no es en manera absolutamente lógica y racional, o sea, el de ellos es el prodigio de crear una estructura ordenada del desorden, un mundo que sobrepasa las fronteras de lo racional, conjurado con un poder invisible, con un alma explicada por simples datos reales.

Lo real-y-mágico en literatura rompe con la convención de mantener al tanto al lector. Los protagonistas-narradores no cuentan la historia completa, sino que viven impulsados por el recuerdo incesante o por el estímulo de la circunstancia; muchas acciones quedan ocultas en el pasado de la narración; mucho se obvia o se insinúa fugazmente; sin embargo, lo que ignoran sus personajes, lo que no recuerdan o no consideran importante relatar, ocupa su propio espacio en la historia; son estos vacíos u hoyos negros, si se puede decir así, lo que los hizo novedosos, porque están inventados en forma tal, que, de inmediato se presintió que añadían un nuevo misterio a las letras. El silencio en sus criaturas está poblado de murmullos; es el silencio del deseo y la conciencia de la muerte, de la infinita pretensión humana en el espacio pequeño en que, quieta, se mueve. Son narraciones que no encierran un sentido único sino que se abren constantemente a las interpretaciones del lector. Por esta indeterminación que plantean los vacíos negros es que la crítica ha leído a Juan Rulfo (como a María Luisa Bombal) en formas diferentes, incluso excluyente, en la posibilidad de lecturas que resisten a todas. Es la razón del desconcierto que produjeron al editar sus obras antes de que formalmente se hablara de Realismo Mágico, cuando la crítica se preguntaba: «¿Dónde ubicar estas obras?». Luego se supo: en todas partes y en ninguna. Pero, al margen de este mecanismo, de lo más interesante, se debe sumar el fatalismo con que los protagonistas de sus historias aceptan su destino, de allí viene que la muerte aletee siempre entre sus páginas, la muerte que ellos ven como desplazada en la memoria, como arrinconada, como lo ineludible, lo sin vuelta que darle. En «Anacleto Morones», uno de los cuentos de Rulfo que forman «El llano en llamas», leemos:

«Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Y allí la dejé… Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arriba del ombligo y metérsela más arribita…»

Los pioneros del Realismo Mágico tienen una visión del mundo que siente la muerte como realidad cotidiana. El hacha de la muerte está por todas partes. Juegan con la muerte a las escondidas, la ignoran y se ríen de ella, pero la temen. Rulfo dice que en el «Pedro Páramo» todos los personajes están muertos: «La historia comienza narrándola un muerto que le cuenta a otro muerto, es un diálogo entre muertos en un pueblo muerto». ¿Y no es, acaso, «La amortajada» el pensamiento de una mujer dentro de su catafalco?. Una muerta que habla para quien la Bombal determina inmovilidad absoluta, total resignación al sino: «Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar, morir».

Este aspecto del Realismo Mágico es cierto que, al margen del folklore, denuncia esa forma del ser marginado del siglo XX, que vive con extremada cortesía y como mirando su propia muerte. Vive así en forma pura y directa, campeando el mito en su mundo. Pero, digámoslo, no se trata aquí del pensamiento abstracto que atribuye fuerzas sobrenaturales a los fenómenos físicos y que inventa prodigios. No. Los personajes de la literatura del Realismo Mágico viven naturalmente los prodigios, sin intentar explicárselos a ellos mismos ni explicárnoslo a nosotros, los lectores. Simplemente son seres que viven en estado de magia. Quizás sea ésta una de las razones de que ninguno de los personajes que frecuentan las páginas de Rulfo y la Bombal nos sean antipáticos; hay en ellos una ingenua humanidad, tan auténtica, que duele ver cómo se destruyen a sí mismos, ignorantes de cualquier esperanza, porque parece que ninguna posible salvación está aún al alcance de ellos. Hay una imagen, al respecto, en uno de los cuentos de «El llano en llamas» (en «¿No oyes ladrar los perros?») donde Rulfo relata cómo un macho anciano lleva a su hijo a cuestas para salvarle la vida; lo lleva atado a un cinto que afirma desde su frente, sobre sus hombros, con gran esfuerzo, mientras en el trayecto lo recrimina:

-«Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, cuando se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que tiene usted de mí, la parte que a mí me tocaba la ha maldecido. He dicho: «¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!» Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente…»

La visión de Rulfo es la de quien piensa que el presente anula cualquier esperanza posible que se soñó en el pasado. Para Rulfo el tiempo presente es trágico, es un gran desencantado, al igual que lo es la Bombal, a su manera, por supuesto, sin embargo, en momento alguno cortan la posibilidad de lo mágico en la vida, como ese rayo de luz que penetra en lo más profundo de la oscuridad, haciéndose único, vivísimo. El trabajo de ambos escritores, asimismo, evidencia una de las teorías que en el ámbito de la cultura tiene mayor solidez: la que sostiene que sólo lo auténticamente nacional puede ser universal; y sólo lo que alcanza valor universal puede expresar lo nacional. La obra de Rulfo transcurre en el México más profundo, que es el México rural. La obra de la Bombal, a su vez, transcurre en los campos del sur de Chile, en lo más recóndito del país, ya camino al manto blanco de la Antártica. Usaron ambos elementos atmosféricos sumamente propios para marcar la disociación de la vida: Rulfo el calor y la Bombal pura niebla. Es posible que los jóvenes aprendan hoy más de estos libros que en muchos de los textos de historia. En pocos casos puede verse con exactitud que la creación artística no es sólo la expresión de una necesidad humana, sino también el rescate mismo de la vida enfrentada a la naturaleza más primitiva. Un rescate que estos pioneros lograron con prosa sencilla, clara, directa; una prosa que no se anda por las ramas sino que va de frente a la raíz; incluso utilizando palabras, formas y giros incorrectos que usa el pueblo, pero legítimamente al servicio de la expresión.

A los pioneros del Realismo Mágico se les ha criticado desde diversos ángulos; mucho es noticia de aspectos parciales, otro tanto más es apoteósico. Al Rulfo escritor se le ha abordado, aludido, definido, descrito, pero quien lo toca tiene la sensación de iniciar un camino cuya dirección no lleva a ninguna parte: tan amplio es. Como escritores, la Bombal y Rulfo no son místicos, porque sus personajes no encuentran más destino o redención que penar eternamente en el infierno de sus páginas. En este sentido son magos de la Tierra, melancólicos, pero de la Tierra. La diversidad de interpretaciones que se han hecho de las obras de Rulfo, van desde complicadas estructuras lingüísticas a análisis sociológicos, pasando por relaciones mitológicas y del alma y juegos con el tiempo. En «Pedro Páramo» escribe:

«El padre Rentería se acordará muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir»; logrando una de las frases insuperables de misterio por un manejo del tiempo inusual. Digamos que este juego con el tiempo no es meramente casual, sino que obedece a la acumulación desordenada de la memoria, al sentido de sobre vivencia, a la lucha sin fin; con este plan secreto de vivir matemáticamente caótico que al fin siempre es aquí y ahora como si el tiempo ni importara; entonces, Rulfo logra crear, en primer lugar, una naturaleza viva, que implica en sí un conflicto existencial. ¿De dónde proviene esta técnica novedosa del tiempo detenido? Rulfo nos dijo: «Eso fue un experimento. Tal vez con influencia de autores nórdicos, en esa época los leía mucho». Sabemos que el sentido del tiempo es una inhibición para impedir que todo suceda de una vez, pero en Comala esto deja de tener sentido, y las acciones se suceden alternativa y simultáneamente. Todo se repite, todo se inicia nuevamente, de manera circular, porque, de alguna manera, es siempre hoy; leemos lo que está ocurriendo en el momento porque los personajes están condenados a la vida eterna. ¿De dónde sacó Rulfo el lenguaje para tal prodigio? Le pregunté, y él dijo: «Tal vez lo oí cuando era chico pero después lo olvidé, y tuve que imaginar cómo era por mera intuición. Di con un realismo que no existe, con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron».

Nadie más escribe así, quizás por eso Juan Rulfo, como María Luisa Bombal, no tienen discípulos: simplemente crearon una Escuela que los estudia y que hoy influye en la literatura universal, aunque pocos han logrado apenas el brillo que refleja su hermosa prosa, la belleza de sus palabras sólo es posible compararla a la inmensa humildad de sus personas. Es el Realismo Mágico una forma literaria que permitió expresarse a una mente masculina y a una mente femenina trizadas por la melancolía. Algunos de sus héroes ni siquiera tienen nombre, y pueden ser, desde luego, el narrador, el ser creado, el escritor mismo, un ente… están plagados de largos silencios sin que el lector deje nunca de presentir que algo hay allí, envuelto en una soledad evidente (la misma que envuelve a la gente de nuestros campos), quizás resabio de que, ambos perdieron a su padre a edad temprana y fueron hijos de familias de hacendados empobrecidos: esto se refleja en sus literaturas, plagadas de seres agónicos crucificados en la Tierra. En fin, es la de ellos una literatura desesperanzada, producto de una época (el siglo XX) en que la vida no era muy seria en sus cosas. Son pocas las páginas de sus libros, pero en ellos la palabra «poco» no se debe entender en su sentido cotidiano; «poco» aplicado a Juan Rulfo y María Luisa Bombal, adquiere un significado distinto, refleja la idea de excelsitud, de lo escaso por singular; digamos que ellos lograron conocer el tamaño de la perfección.

En 1981, por una información que anuncia la muerte de María Luisa Bombal en Chile, conversé con Juan Rulfo quien recibió la noticia muy consternado; publiqué entonces en “Vogue”: “El maestro Juan Rulfo tuvo palabras de recuerdo para María Luisa Bombal, que se ha devuelto a la distancia hace unos días en Santiago de Chile. Recordó su último encuentro, en 1972, en la antigua casona de la Sociedad de Escritores enclavada en la calle Almirante Simpson de la capital chilena, donde estaba ella, que había retornado a su país luego de una larga permanencia en el extranjero, y donde fueron ambos homenajeados una noche marcada: «Cuando nos vimos con María Luisa ella me traía un ramo de flores chilenas, y yo le di un beso. Recordamos cómo nos habíamos conocido, y le agradecí su apreciación de mi obra; le dije que sus páginas habían inspirado varias calles de Comala y dijo sentirse honrada. Era una mujer encantadora y muy alegre, fue curioso, parecía que el tiempo no había pasado; ¿por qué será que el cuerpo siempre envejece antes que la mente? Pareciera que el cuerpo no tiene otra función que recordarle a la mente que ya basta… esa noche bebimos mucho vino chileno, y nos reímos a carcajadas. Ahora, me he enterado de la muerte de María Luisa, y digo que sigue viva en el corazón de sus amigos, eso, ¡ni hablar! Digo Adiós a María Luisa Bombal con un beso».

Mi último encuentro con Juan Rulfo fue casual. En 1986 escribí:

Sin premeditarlo, he visto a Juan Rulfo y pude conversar con él. Lo encontré en la librería El Juglar; le han ofrendado homenajes nacionales y es célebre en toda América, pero anda solo. Pasó que, sin premeditarlo, miraba unos libros cuando él entraba un poco más allá. Fui a saludarle y antes de hacerlo interrumpió una persona provista de una grabadora que inició, de inmediato, un verdadero asedio de preguntas al escritor; oí como en un momento la persona le dijo:
«-Su obra es muy corta, ¿por qué no escribe más?»

«-¡Porque no me da la gana!» -respondió el maestro Rulfo.

Me causó mucha gracia la situación, lo miré de reojo y me sorprendí, porque él también reía de forma clandestina, reía casi a escondidas, como un niño luego de cometer una maldad, y al verlo inspiraba gran ternura. Su humor es un humor que circula dentro de sí mismo, que no necesita testigos ni nadie que aplaudan su gracia; el humor le baila a Rulfo entraña adentro. Para cuando le preguntan la inefable cuestión de por qué no ha producido más tiene una serie de respuestas ya clásicas:

«-No escribo más porque prefiero andar de vago».
«-Porque no quiero. Por eso».
«-Porque un escritor es un hombre como cualquier otro. Cuando cree que tiene algo que decir, lo dice. Si puede, lo escribe. Yo tenía algo que decir y lo dije; ahora no creo tener más que decir, entonces, sencillamente, no escribo».
«-Porque se me fueron las ganas».
«-La verdad es que me ha dado flojera».
«-Se me secó el manantial».
«-¿Cómo que no he escrito más? Si me tiene usted paciencia, ¡ahorita le leo mi nueva novela!»

Es como si todo el mundo quisiera arrebatarle unas líneas y él se resiste, porque tiene un sentido de agobiante responsabilidad ante lo que los demás parecen exigirle, y ello se le ha convertido en un peso tremendo que prefiere tomar con sentido del humor. Pero lo cierto es que Rulfo sí siguió escribiendo, y mucho. Claro, no es su creación que lo hizo famoso, pero a cualquier persona le basta tomar las publicaciones del Instituto Nacional Indigenista de México durante la última mitad del siglo XX para encontrarse con textos de él, aún cuando firmó solamente algunos prólogos. Me pregunto si alguien le propuso a Rulfo rescatar ese material. Es dudoso, porque, cuando le pregunté al respecto me dijo que ni él mismo podría definir cuánto de este caudal es estrictamente suyo y cuanto pertenece a los investigadores del INI, del cual se ha jubilado. El material existe.

Existe, además, su aporte oral, que es enorme, y que Rulfo entrega en conversaciones, no en entrevistas, porque no concede entrevistas: dice siempre que no; pero si alguien le sugiere platicar, y se da una circunstancia adecuada, habla como vivió siempre: pletórico de maravillas. Y cuando parece entretenido, habla sin posibilidad de ser interrumpido, narra fábulas y mitos que bastaría grabar para hacer libros. Es cierto que hablar no es lo mismo que escribir, pero quienes lo hemos oído, sabemos que él habla como escribe, en manera única. Es verdad que una vez oí a alguien sugerir el rescate del Rulfo oral, y él prefirió cambiar de tema, dando por terminada la sugerencia diciendo que él está entero en lo que ya ha publicado. Y es cierto, ¿es posible, acaso, exigirle mas a quien nos entregó los maravillosos textos que conforman su obra?.

Ahora, luego de su jubilación piensa tomarse «un descansito». Sueña con cultivar rosas y abrir su propia librería. Quiere tomarse un tiempo, además, para clasificar, por lugares y fechas, las fotos que ha tomado; quiere «un tiempecito» también para clasificar sus cartas y documentos: «Tengo muchas cosas en desorden por falta de tiempo. Debo clasificar mis fotos, ya quizás ni recuerdo dónde tomé algunas; son como tres mil, desordenadas, aunque los negativos están cuidados, están, al menos, limpios».

Al maestro Rulfo, desde siempre, le hizo feliz tomar fotos de las cosas, de las gentes, de los pueblos que veía: «me gusta manejar la cámara, aunque ya casi no lo hago; la mejor que he tenido es una Rollei-Flex, seis por seis; la perdí esa cámara…» Casi desconocidas hasta 1980, cien de sus fotografías fueron publicadas entonces en una edición limitada que el Instituto Nacional de Bellas Artes de México presentó con motivo de su homenaje nacional; son ellas un mínimo acercamiento visual a ésta su emoción: rescatar andanzas por el campo, por el mundo indígena, por esos sectores marginados que en toda América son similares; en que se conjuga lo insólito con la realidad común y corriente, ese mundo que vemos pero que no sabemos: mujeres de luto, tumbas, campesinos, indios, gentes hondas de rostros surcados por historias remotas; ruinas de piedras, restos de cosas, cruces, cielos borrascosos, campos resecos, las solas soledades; escombros, sombras, desolaciones concretas; un mundo más allá captado en blanco y negro, sin presupuesto y gran nobleza. Lo que llevó a las letras cruzadas de pueblos que desaparecieron de puro viejos; de almas en pena; silencio que se escucha; aullidos; lamentos; murmullos; humos; caseríos fantasmales a cada hora diferentes, en que las apariciones se desplazan como reculando… sabe mucho de fotografía, lo que se enriqueció por sus contactos con el cine, numerosos; 11 películas sobre sus cuentos y el «Pedro Páramo», que incluyen adaptaciones realizadas por él mismo y hasta una aparición incidental en la pantalla, en la cinta «En este pueblo no hay ladrones» de Alberto Isaac: «Allí aparezco en una cantina, vestido con pantalón y camisa remangada y un sombrero de fieltro oscuro; aunque de cine no hablemos; las cintas que se han hecho con mis narraciones, incluidas las que yo mismo adapté, son desastrosas, y es feo que yo lo diga». Sí estaba de acuerdo en que su visión fotográfica coincidía con la carga de dramatismo y humanidad que se respira en su literatura.

No le importan los premios («con los que tengo es suficiente, ¿no crees?»). Famosas son sus palabras al recibir el Premio Nacional de Literatura: «No recuerdo por ahora quién dijo que el hombre era pura nada. No algo, sino una pura nada. Y yo me siento así en este instante». Es cierto que nunca esperó algo de sus libros: «Nunca me imaginé el destino de «Pedro Páramo», ni siquiera me imaginé que a alguien le interesara publicarlo; como mis cuentos, que los escribí para que los leyeran dos o tres amigos, o más bien, los escribí por necesidad, nada más».

Cuando leí «Pedro Páramo» -le conté- me quedó grabado para siempre, pero intuí que su interés iba mucho más allá del hechizo de una primera atención que se le presta a su trabajo, frecuentemente disculpándose por haberlo publicado; le digo que sólo con relectura se capta, poco a poco, lo inusual del paisaje, lo poético de la narración y lo trágico del relato. Dice: «Lo más difícil que tuve que salvar para escribir el «Pedro Páramo», fue eliminarme a mí mismo, matar al autor, quien es, por cierto, el primer muerto del libro. Es cierto: lo más difícil fue eliminarme a mí mismo de la historia». Le dije que, si bien las interpretaciones que se han escrito acerca de «Pedro Páramo» son numerosas, es cierto que la generalidad de la crítica, así como la entiende uno, como lector común, llegan comúnmente al final al convencimiento de que la obra es en su esencia una visión melancólica de la vida. El está de acuerdo: «En el mundo hay poco de qué alegrarse» -afirma.

Dice que “Pedro Páramo” fue, además, ejercicio de eliminación: «Primero reuní unas trescientas páginas. Llegué a hacer cuatro versiones, y conforme pasaba a máquina un nuevo original, iba destruyendo hojas, iba eliminando divagaciones… me borré completamente. Primero la había escrito en secuencia, pero advertí que la vida no es una secuencia; pueden pasar los años sin que nada ocurra y de pronto se desencadenan los hechos muy espaciados, roto el esquema del tiempo y el espacio, por eso los personajes están muertos, no están dentro del tiempo o el espacio. Lo que ignoro es de dónde salieron las intuiciones a las que debo su forma: fue como si alguien me dictara».

Desde su aparición, en 1955, hasta ahora, «Pedro Páramo» se ha convertido en guía evidente de una tradición (no de «toda» la tradición, ¿qué puede serlo?), de aquella muy expresamente considerada la América profunda, ya desaparecida o en vías de hacerlo, la vida rural desintegrada por la escasez de medios, el olvido del centro y el fanatismo. El maestro Rulfo conocía estos elementos porque él forma parte de ese medio, sabía cómo eran quienes lo habitaban, pero nada más. Dijo:

«Tenía los personajes completos de «Pedro Páramo», sabía que iba a ubicarlos en un pueblo abrazado por el desierto, sabía cómo iba a transcurrir toda la novela; pero no sabía cómo iba a decirlo, me faltaban las formas. Y para eso escribí los cuentos de «El llano en llamas», para soltar la mano. En «Luvina» me nació aquel profesor que se va del pueblo abandonado que le cuenta al otro, que va a sustituirlo, lo que es aquello; se lo cuenta todo bebiendo (el otro no toma nada) bebiendo hasta caerse de borracho; aquella era la atmósfera que andaba buscando. Poco a poco fui encontrando las claves».

El paisaje en que hace deambular a sus personajes es pieza clave en este mundo mágico, y su veracidad no se puede discutir: son las tierras que rodean los pueblos de cualquier comarca de Latinoamérica; como anécdota en Juan Rulfo, su geografía es, además desnuda, árida, sin agua, envuelta en un calor que abraza todo. Dice en un párrafo:

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Así inicia su novela, citando a Comala, un pueblo cuyo origen está en el comal, ese recipiente que se pone sobre las brasas y donde se calientan las tortillas, un brasero, símbolo infernal por el que deambulará Juan Preciado, el héroe en búsqueda de sus orígenes, de quien comenta: «Lo elaboré durante años, pero no había escrito una sola página. Me daba vueltas y vueltas en la cabeza. Cuando regresé al pueblo de mi niñez, 30 años después, y lo encontré deshabitado, fue cuando obtuve la clave que me indicó que debía comenzar a escribir la novela. Mi pueblo tenía unos ocho mil habitantes, y sólo quedaban unos 150 vecinos; en tres décadas la gente se había ido, así simplemente. Está este pueblo al pie de la Sierra Madre, donde sopla mucho viento; a alguien se le había ocurrido sembrar de casuarinas las calles, y, esa noche que me quedé allí, en medio de toda esa soledad, el viento en las casuarinas mugía, aullaba, en ese pueblo vacío… entonces supe que estaba en Comala, el lugar ese… comprendí, entonces, que era hora de escribir y nació «Pedro Páramo», que es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo, nadie lo mata, nadie, sólo va muriendo por sí mismo».
Entonces, la creación inicia allí, en Comala, «sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno». Sabemos que su madre, que está muerta, es quien mandó a Juan Preciado a buscar a Pedro Páramo: «No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro… el olvido en que nos tuvo… cóbraselo caro», le dice, y a eso llega a Comala, a ese lugar donde parece que no habita nadie. La novela inicia, entonces, en dos mundos diferenciados: el Comala que recuerda la madre, el que ya no existe, y éste, un pueblo fantasmagórico, el que descubre Juan Preciado. Estos dos pueblos crean el lugar de espanto en que transcurre la narración, que es un reflejo terrenal de la transformación de las cosas, una imagen de la realidad impalpable de nuestro mundo. Es, según su visión, el Purgatorio en vida; porque «Pedro Páramo» narra la peregrinación de un alma en pena, que busca realizar una ilusión, la de entroncar con sus orígenes. Como la madre le «dio sus ojos para ver» así como «la voz de sus recuerdos», tiene el héroe vista, oído y memoria prestados; de ese modo, él mismo es dual, su madre -lo que fue- y él -lo que es- tal como aquellos seres poseídos por una fuerza invisible. Entramos al lugar, pues, de la mano de una circunstancia ambigua, ya física, ya metafísica. Tal será, desde ahora, el clima: espiritual y, paradójicamente, concreto. La aparición de Abundio Martínez, un arriero tan pobre que ni carreta tiene para atravesarnos el río de polvo, es, en honda medida, quien anuncia el círculo terrible que envuelve a Comala.

«Todos aquí somos hijos de Pedro Páramo», le dice, y Juan Preciado le comenta que no parece existir alguien allí:

-«No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
-¿Y Pedro Páramo?
-Pedro Páramo murió hace muchos años».

Cuando Juan Preciado entra al pueblo entra al infra mundo, donde los niños no existen: «Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos llenando con sus gritos la tarde». En todos los otros pueblos, pero no en éste, donde los muertos viven como vivos:

«Lo que acontece es que se la pasan encerrados. De día no sé qué harán; pero las noches se la pasan en su encierro. Aquí esas horas están llenas de espanto. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece empiezan a salir, y a nadie le gusta verlas. Son tantas, y nosotros tan poquitos, que ya ni la lucha le hacemos para rezar porque salgan de sus penas. No ajustarían nuestras oraciones para todos. Si acaso les tocaría un pedazo de Padrenuestro».

A quien escucha Juan Preciado es a una mujer, que está muerta, a una mujer incestuosa que vive con su hermano, su amante, y que existe, como todos en Comala, sin la gracia de Dios. El cura pecador no los absolvió, pero su culpa, según ella, es relativa:

«-Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había que poblar el pueblo».

La pareja, humana imagen adámica, da lugar a que la descendencia llegue a la vida en pecado aún antes de nacer:

«Y esa es la cosa por la que está lleno de ánimas; un puro vagabundear de gente que murió sin perdón».

¿Cómo él no iba a tropezarse con estas ánimas que comen y beben, van a misa, murmuran, riñen, matan, aman?. Todo hundido en el tórrido calor, en el tiempo que no existe, un sitio en el que todo cabe: «Como que se van las voces. Como que se pierde su ruido. Como que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es el sueño». Es «la maraña del sueño». Y lo onírico da lugar a que todo se enrede. Afirma uno: «Entonces se me heló el alma. Por eso me encontraron muerto». Sentencia otro: «Vamos a estar mucho tiempo enterrados». Y otro: «Cuando me senté a morir, ella me rogó que me levantara y siguiera arrastrando la vida…» Toda una incógnita, como los sueños, ¿no es un misterio soñar?

«-La semana venidera irás con el Aldrete. Y le dices que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de la Media Luna.
-Hizo bien sus mediciones. Me consta.
-Pues dile que se equivocó: Que estuvo mal calculado. Derrumba los lienzos si es preciso -dice Pedro Páramo.
-¿Y las leyes? -pregunta Fulgor Sedano.
-¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de hoy en adelante la vamos a hacer nosotros».

El cacique tiene derecho sobre todos, sobre las mujeres por su ley de «pernada», por eso, no es de asombrar que todo Comala se encuentre emparentado con él en una manera promiscua que invade el pueblo como aroma putrefacto… Es la única razón de que los dos hermanos originales no han tenido otro remedio que involucrarse íntimamente, de modo que Pedro Páramo es la legítima causa de la deshonra universal. Como murió hace muchos años es fácil saber que desde pequeño fue pobre; se «arrimó» por ello a su tía Gertrudis. Una vieja clarividente dijo del niño: «le va a ir mal»; también su padre opina que «se malogró». Sin embargo, «de cosa baja que era se alzó a mayor». Su única debilidad, su única pasión, la trama mayor de su vida es, por sobre nada, el amor, el ardor desenfrenado que siente por Susana San Juan, «escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su divina providencia…»

Ciertamente sabe que su obra es diferente: «Cuando llegué a la Ciudad de México desde Jalisco, los escritores contemporáneos a mí tenían una cultura muy extensa, yo apenas me iniciaba y ni siquiera intenté captar sus estilos; algunos tenían un estilo maravilloso; jamás pensé en superarlos siquiera, porque sabía que era imposible, entonces, yo seguí una línea contraria: busqué la simplicidad. Ellos buscaban la cultura europea mientras yo apenas intentaba acercarme a la cultura mexicana. Por eso, quizás, acuso una cierta diferencia». Le pregunto si podemos decir que, al igual que “La última niebla”, de la Bombal, el “Pedro Páramo” es la historia de un amor trágico. Y dice:

“-Sí lo podemos decir. Porque Pedro Páramo, en su esencia, es un hombre frustrado por un amor imposible. En lo más íntimo, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan, a la que soñé a partir de una muchachita que conocí a los 13 años; ella nunca lo supo y no la volví a ver jamás en la vida».

-«La sombra larga y negra… Era una sola sombra. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso. Tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan…»

De ella se dice que es muy bella pero que «no es una mujer de este mundo». Es «inocente» como todos los que se fugaron de la razón. ¿Cómo, entonces, podría amar a un hombre que es materia bruta?. Cuando ella finalmente reaparece en Comala, viuda de Florencio, y luego de muchos años de ausencia, se muestra alucinada y romántica pero, de hecho, muerta en vida. Su locura se agrava por el asesinato de su padre planeado por el mismísimo Pedro Páramo. Sin embargo, deducimos que la única real tragedia de Susana San Juan es la del amor cortado por la muerte, por eso, primero niega a Dios y luego, ilógicamente, lo afirma, increpándolo:

«Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más que de las almas. Y yo lo que quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?».

Pedro Páramo de niño ya soñaba con Susana San Juan. De joven la persigue e idealiza, y cuando de viejo la desposa, ésta ya ha perdido la razón, vive en el pasado; sin embargo, para él, todo está de más, sólo importa su amor que ha arrastrado como una carga, pero que es también lo único que le ha permitido el ensueño:

«Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se me iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento… El aire nos hacía reír, juntaba la mirada de nuestros ojos».

En ese tiempo mítico, el de la niñez, cuando Pedro Páramo y Susana San Juan juegan con el viento, se produce el único momento del relato en que Comala está verdaderamente vivo, recuperados todos sus sentidos por la fuerza del amor. Nada más. Es cierto que es un amor no correspondido: Susana no dice nunca «yo soy Pedro». Replegada en sí misma, inaccesible, mera presencia, Susana aniquila a Páramo. ¿Cuál era el mundo de ella?: «Esa era una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber». El busca saborear su único amor posible; ella ha encontrado en otro el sabor, y lo ha perdido. El es la tierra. Ella es el cielo. El desea lo material y ella sólo escapar de la realidad. Por eso vive en fuga la mujer, huyendo como el agua… El es el desierto y ella es el mar: ¿acaso no del mar surgió Florencio, desnudo?. El mar, para Susana, representa una purificación y el desborde de la sexualidad, por eso se baña desnuda:

«El mar moja mis tobillos y se va, moja mis rodillas, mis muslos, rodea mi cintura con sus brazos suaves, da vuelta sobre mis senos, se abraza de mi cuello, aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrega a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo…»

Tan distinta ella de él. Y, sin embargo: «El la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizás loca. Tan la quiso que se pasó el resto de sus años aplastado en su equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo».

Había esperado durante treinta largos años a Susana San Juan con la esperanza del amor, y ese amor irrealizado se convierte en odio desenfrenado; se ha roto por dentro y todos son culpables; ya para nadie es posible el perdón:

-«Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre. Y así lo hizo».

Desde entonces Comala se convierte en el pueblo que es, habitado por «gente que murió sin perdón y que no lo conseguirá de ningún modo».

La desolación de la tierra es la desolación de Pedro Páramo, quien es asesinado por Abundio Martínez, reflejo de todo el mal que engendró. El hombre, «…después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras».

Sobre ese montón de piedras, encima del catafalco de una mujer amortajada que piensa, es que se edificó el Realismo Mágico, la más bella escuela literaria del siglo XX. Ahora Juan Rulfo ha dicho sólo lo que quiere decir, sin calcular, ni importarle que sea considerado insuficiente. Es cierto que la literatura nace básicamente de un deseo, es el deseo la partida. Y Rulfo ha perdido el deseo. No es imposible, entonces, conjeturar que quizás no conoceremos una nueva obra suya, quizás, y tampoco importa. El ha cumplido; al cabo que la función más alta de un escritor es producir una obra maestra siendo todo lo demás absolutamente sin importancia. Rulfo ya ha creado una obra maestra; ha sido congruente consigo mismo; ahora, quizás, el instante maravilloso del verbo ha pasado en su vida, y tampoco le importa:

-«Hay tantas cosas que suceden y uno no se explica… quizás es porque no tienen, simplemente, explicación. Cuando trabajaba en los caminos, una vez debí atravesar unas montañas guiado por topiles, que así se llama a los guías. Entonces me caí de la mula y se me rompió un diente; me salió mucha sangre; yo quise seguir caminando, pero los guías me lo impidieron, me hicieron a un lado del camino y al ver que yo no tenía intención de quedarme, sencillamente me amarraron y me dejaron allí, solo. Casi era de noche, pero allí me dejaron, en ese camino que atraviesa las montañas. Me dijeron que el alma se me había escapado por la sangre, que tenía que esperar a que amaneciera para que, con luz, el alma me encontrara, porque no podría verme de noche si seguía. Y yo no debía moverme, allí debía esperar, que no querían gente sin alma cruzando esas montañas… hay tantas cosas que suceden y uno no se explica».

Publicado por Letras 5

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